7 jun. 2016

Todo en esta Casa de Huéspedes –concluye Clementine en su pensamiento-, tiene un comienzo agrio,


UNOS ENTRAN, SALEN OTROS

El teléfono podía sonar en cualquier momento,
pero nadie de los que estaban cenando aquella noche en la Casa de Huéspedes haría caso de los insistentes timbrazos a menos que no fuera la tercera llamada.

Clementine estaba hasta cierto punto feliz
de ver que en su casa convivían apaciblemente nueve soledades, resignadas, sí, pero con un rayo de esperanza en los ojos como si el Nuevo Tiempo estuviera a las Puertas de París. Atrás habían quedado los días en los que su paga de funcionaria había sido la única entrada de dinero en La Casa. El recuerdo de aquellos tres horribles días que pasó en el suelo, inconsciente hasta que el silencio sepulcral alertó a los vecinos.

Buscaba, es cierto,
minutos a solas para mirar la foto de su último marido, para cerrar los ojos y rezar –a veces rápidamente- un padrenuestro antes de que las voces de los huéspedes o la música de Chopin que sonaba continuamente en La Casa volvieran a llamar su atención. Aquella música de piano que tanto gustaba a Cassia tendía un hilo de amor hacia la luz, un sendero de paz y de descanso. Luego, horas más tarde, el silencio cruzaba los amaneceres rotos. Entrada ya la mañana, entre el aroma del café recién hecho regresaba a sus quehaceres sintiéndose útil, serena, extrañamente feliz.

Ahora, durante las cenas
sentía placenteramente como los huéspedes discutían, reían –y en algún caso lloraban-, se abrazaban o chocaban las manos en señal de acuerdo en volver perderse como las aguas libres de un altivo acueducto. Las mañanas también eran blancas y ruidosas mientras todos hacían cola en la cocina para recoger su taza de café y las tostadas untadas con mantequilla dispuestas a recoger su dosis de mermelada de naranja amarga.

Durante aquellos desayunos
Clementine se sentaba cerca de la ventana y miraba largo rato los rostros de sus huéspedes y en su mente rememoraba los días en que cada uno de ellos había llegado a La Casa. Unos entran, salen otros –pensaba-, en pareja o solitarios, de camino o de vuelta. Sólo ella –esa era su impresión- quedaba dentro cuando la tarde cerraba las puertas de La Casa como las de un vagón de tren que arranca para su destino. Qué fácil hubiera sido -musitaba monjilmente- encontrarte aquí, tener un rincón en el comedor a donde volver a sentarnos después de largo tiempo. Pero tú estás vivo en algún lugar del Mundo de nuestra juventud y yo ya no sé si todavía los planetas giran alrededor del sol.

Todo en esta Casa de Huéspedes
–concluye Clementine en su pensamiento-, tiene un comienzo agrio, luego se endulza con la amistad de los que aquí conviven para que no desfallezcas y más tarde, inevitablemente, la amargura se apodera de nuestros corazones por exceso de hiel… Y así hasta que el teléfono suene tres veces consecutivas en la misma noche, aunque tiempo habrá para que Cassia termine sus dibujos y Ermessenda complete sus relatos.

                                                                                      Johann R. Bach 

1 comentario:

  1. XANA GARCÍA
    23:55 (fa 1 hora)

    Me agrada saber algo más de Clementine ,y lo que más me gusta es la atmósfera de convivencia,serenidad y amistad que hay en la Casa,sin duda los pensamientos agrios ante un cambio tan brusco se suavizan,son un bálsamo gracias a ese sentimiento de unión fraternal:reír,llorar,abrazarse,escucharse con tiempos de intimidad y silencio, aunque luego regresen momentos terribles de angustia dado el estado de tránsito e incertidumbre en el que se hayan inmersos ,pero ahí están las "soledades" en compañía mutua...ante la tercera llamada consecutiva en la misma noche,esa ,la del intrigante desenlace

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