20 abr. 2016

mi erotismo no había salido de la fase de inhibición


EL MUNDO DEL ÁPEX

Comencé a sospechar
la existencia del Mundo del Ápex cuando se me hizo patente que memorizaba con facilidad todo lo que me gustaba y, en los recreos del "insti", yo disfrutaba más llenando la pizarra de frases de Cervantes que en boca de El Quijote me llenaban de satisfacción.

En relación a las demás chicas
me consideraba una maldita y despreciaba profundamente todo lo que emanaba de la educación reglada. Por supuesto que yo también emborronaba cuadernos enteros de versos con rima y métrica clásica, e incluso había empezado asimismo un diario que releí tantas veces que casi me lo sé de memoria.

Cada nueva lectura era para mí como una nueva vida.
Me metí literalmente dentro del espíritu de Kafka, Sartre y Rilke. Apenas observaba lo que sucedía a mi alrededor. Durante los años que duró esa crisis me acerqué tanto a la locura que incluso ahora siento cómo su hálito helado envuelve mi cráneo. Así como se desprende, poco a poco, la serpiente de la piel escamosa cuando se muda, se desprendía mi mundo del mundo real, se transformaba en una película paralela con la consistencia del sueño.

Fueron momentos
en los que mi erotismo no había salido de la fase de inhibición aunque, eso sí, con ausencia total de agresividad. Todo era paradójico, irresoluble. Buscaba en los libros y en los álbumes de arte pasajes eróticos y desnudos, pero, por otra parte, algo en mí se oponía a estos impulsos primitivos.

Llegué a creer que yo era completamente distinta
a las demás chicas -y realmente lo era- que el amor y todo lo que de él dependía no era para mí, que yo iba por un camino que podía llevarme más lejos a condición de vivir en un mundo distinto: El Mundo del Ápex.

Más aún,
a través de esa tendencia a absolutizarlo todo que sentía entonces con tanta intensidad, empecé a pensar que era precisamente el erotismo lo que impedía a los hombres de este planeta se realizaran, que el amor –y por tanto la mujer- eran las causas de tal banalización, de tal fracaso.

Durante muchos años después,
en aquel estado de extrañamiento –y de insensibilidad del cuerpo- que he intentado sugerir aquí, me fabriqué un monstruoso sistema de ideas a este respecto: El apasionante Mundo del Ápex.

                                                                                                                            Johann R. Bach

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