1 jul. 2015

el tiempo es una utopía de nuestra sangre.


PAÍS DE MÁRMOL

Era un país de mármol
donde se escuchaba la voz de las estrellas. Una voz que decía que el espacio era finito y curvo, que

el tiempo es una utopía de nuestra sangre.

Que las estrellas que habitan cada átomo
de nuestro cuerpo nos están oyendo.

Que el clamor de millones de niños
rogando en el Monte Carmelo es total y desesperado.

Era un país de mármol
con ríos de leche oscura y barcos de oro fino. El muro esmaltado del cielo estallaba en buganvillas.

Una luz espesa como de sangre
llenaba las cosas y las almas.

En cestos de una paja anterior a la paja toquilla
morían cabezas humanas. Tras el horizonte saltaba un sol blanco herido, gotas de pus y mercurio se convertían en rayos.

Alineados como en un bosque talado
yacían cuellos de nieve deshaciéndose con el calor. Un puñal despedía olor a vísceras y espanto.

El verdugo
de aquel aquelarre de niños vengativos intentaba dormir junto al mar de Tiberiades. Buscaba inútilmente el sueño tranquilo.

Su particular Infierno de Diabetes
le había condenado a ver como los gusanos se le comían los genitales en carne viva.

Dicen que antes de morir,
retorciéndose Herodes de dolor, llegó a gritar: "Virgen, virgen, mata a tu hijo con el cuchillo del pezón".

Era un país de mármol
donde se escuchaba la voz de las estrella. Una voz que decía que habitan en cada uno de los átomos de nuestro cuerpo

Y que nos están oyendo
                                                                                                    Johann R. Bach

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