4 feb. 2015

El viejo poeta chino echa una mirada al muro y alucina:


UNA NOCHE DEL VIEJO POETA CHINO

Se despierta el casi anciano poeta.
Bien pasada la medianoche, hacia las tres el sudor y la acidez en la saliva lo sacan de su amodorramiento,

Se sienta en el borde de su bajo camastro
y con los brazos apoyados sobre las rodillas respira profundamente para reabsorber el gusto agrio del vino sin digerir aún.

La enclaustrada oscuridad
y el sueño al viejo poeta chino le ofrecen sus lotos. No para percibir allí donde todo es feo, corroído por la tuberculosis del tiempo, descorazonador

-esto es belleza;
no para desear allí donde la muerte es la única consumación- sabiduría.

El viejo sabio tiene calor,
se levanta, se mueve lentamente para no despertar la casa, desliza suavemente la puerta corredera y baja al jardín, se estira sobre la grava y mira a las estrellas,

alucina al oír un ligero cric-cric junto a su oreja.

Es un caracol que busca
desesperadamente a su amada pues teme el calor del amanecer. Necesita apresurarse para restregarse con ella unas cuatro horas y su escala el mes de junio es el último de su tercera vida.

El viejo poeta se levanta,
entra en la casa y vuelve al lugar con una jarra de vino espeso, oxidado en una esquina de la habitación que hace las funciones de dormitorio, escritorio y sala de visitas.

La premura le ha acelerado los latidos
y ya no oye el cric-cric de su amigo el Helix aspersa la especie que tiene siete vidas como los gatos,

respira hondo sucesivas veces,
al cabo de un rato alucina al oír de nuevo los latidos de aquel mínimo corazón que se mueve entre su hojarasca para participar en la danza del mundo.

El poeta descubre junto al muro
otros dos congéneres y… alucina pensando que aquel abrazo puede durar unas cuatro horas, tiempo que en nuestra escala significaría estar copulando siete días –sin sacarla como se dice vulgarmente-...

El poeta, con presteza, escribe:

"La noche es un inmensurable
y profundo silencio: pronto el amanecer vomitará los fétidos vahos de las cloacas de la ciudad.

¡Oh suprema belleza de la noche
que no conoce limitaciones!

-las estrellas o los dentados filos
de los dientes de la carcoma. Desesperada, mi mente la ha deseado: nunca mi sangre, cuyo pulso es un ritmo del mundo como el del caracol".

Vuelve el poeta su vista hacia el cielo,

piensa en el otro extremo,
en la inestable Beatriz musa y gran amor de un tal Dante Alighieri indiferente a los besos como a las matemáticas un mal alumno. Ella también es una mazmorra,

no un modo de vida;

una mazmorra de Occidente
que, sin duda alguna, eleva a muchas almas hacia la luz, no te da muerte; pero a fin de cuentas lleva al mismo punto.

Reflexiona, casi en voz alta,
el viejo sabio chino:

¿Cuál es, pues, la medida elemental?
Aceptar el mundo como es, aunque metafóricamente, revelando el caos de la naturaleza con un alma, moldeando transitoriedad con la eternidad.

El poeta, llegado a este punto,
bebe tres largos tragos de vino y escribe:

"Cuando las flores son pensamientos, y los solitarios sauces llorones fuentes de ambiciosos anhelos; cuando nuestras acciones son el poema del que

todas las geografías y arquitecturas
y toda ciencia y todos los trastos viejos son palabras, cuando el blanco voluptuoso de una diosa del amor hace juego con cierto candor del alma;

entonces se habrá encontrado,
la permanente y viva belleza.

No es –continua escribiendo el poeta- una gema cara
e inasequible; no es una almohadilla perfumada para olerla sólo cuando la gente se hace demasiado pestilentemente insistente.

No es un nacimiento de raros oboes,
no visible sólo desde las diez hasta las seis por licencia administrativa con sus tasas correspondientes, ni alguna cosa bien alejada, sino

una ética, una forma de creencia y práctica,
de fe y obras en su implicación con los auténticos hilos de la vida".

Yo no deseo este pequeño claustro,
mi humilde morada, para los sonrosados monjes que vienen de vez en cuando a visitarme…"

El lápiz se detiene en la mano trémula
para echar otros tres buenos tragos de vino antes del amanecer

El viejo poeta chino echa una mirada
al muro y alucina: allí siguen aún en su dulce abrazo los caracoles. Piensa en seguir escribiendo, en leer, y

cuando el pensar le falle,
sentirse inconmensurablemente más sutilmente, creativo tal vez a ratos.

                                                                Johann R. Bach

2 comentarios:

  1. Me encanta!
    Sobre todo donde dice: " Cuando las flores son pensamientos y los solitarios sauces llorones.....entonces se habrá encontrado la permanente y viva belleza. ....>_<

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  2. Me dejas ALUCINADA con tu prosa Johann

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