2 dic. 2014

Atónito ante aquella escena no pude mover ni un músculo,


CONTEMPLANDO EL DESVÁN COMO MI REINO 


Antes, hace muchos años,
cuando yo era otra cosa, vivía en estado letárgico. Pensaba, sí, pero no formulaba ningún pensamiento.

Deseaba, sí, pero no realizaba ningún deseo.
Mi castillo –como sueles llamarlo tú- estaba situado lejos de lo social, aún en la región de los anteproyectos.

Tenía mucha ropa demodé
almacenada en el desván. Casi toda de hermanos y primos mayores. Pasaba días enteros contemplando aquellas prendas, sin decidirme por ninguna.

Me fascinaban sus colores,
sus formas, sus texturas, aunque no tanto el poco brillo de cada una, como el abigarrado punto de los puños y cuellos.

Soñaba con los días
en que podría ponérmelos para poder andar por el mundo disfrazado de absoluto como una persona mayor.

En aquel tiempo –ingenuo de mí-
creía que podía ser como todas aquellas personas que habían abandonado sus ropas como la serpiente que cambia de piel

sin dejar de ser yo.

Y en efecto, yo ocupaba el espacio
de todas aquellas personas, aunque sólo en potencia. ¿Por qué no sus ropas?

Por no renunciar a nada me negaba a elegir: amaba mis propias ropas y sin embargo, tenía la impresión de ir desnudo.

Era una inteligencia pura,
una esencia sin velos, un yo fijo e inalterable que dominaba el universo desde las frías cumbres del universo.

Sólo mi tía Rosa conocía mis subidas secretas al desván.
Me tenía por un personaje dotado de un poder ilimitado. Observaba asomada sobre el último peldaño de la escalera

cómo me miraba en el espejo
de un viejo armario desnudo de cintura para arriba colocándome sobre el pecho diferentes prendas sin llegar realmente a ponérmelas.

Yo sabía que me observaba
porque a veces sus ojos se cruzaban con los míos. Sus labios entreabiertos denotaban sorpresa y admiración.

Sin embargo el silencio
se oponía a la palabra

mientras en mi vientre algo agradable se despertaba:
Un cosquilleo mucho más fuerte que el roce de las prendas de lana sobre mi piel alcazaba mis inflamados pezones.

Sospechaba el delirio
de mi voluntad de saber.

Se preguntaba por mis inquietudes
creyendo conocer las respuestas a pesar de la diferencia de nuestras edades:

Eran sus propias respuestas
proyectadas sobre mí. En su imaginación veía a un adolescente ingenuo al que poder enseñar los secretos de la vida.

Yo me desnudaba
como en un ritual frente al espejo ante su mirada atenta y sentía un extraño placer al saber que su mirada recorría todo mi cuerpo.

En esos momentos me sentaba
en una vieja silla como si de un lujoso trono se tratara, eternamente inmóvil, digno y orgulloso como un egipcio,

contemplando el desván
como mi reino y a mi tía como una esclava que no osaba acercarse a un joven dios, ni siquiera para dar un simple saludo.

El misterio de mis paseos,
desnudo ante unos ojos de té en estado de éxtasis, era mi arma preferida.

En la mesa, entre plato y plato
ella intentaba iniciar alguna conversación sobre cosas cotidianas para que la atmósfera misteriosa recobrase algo de alegría mientras que yo insistía en comentar la posible vida de los antiguos egipcios y sus misterios.

Estudiante brillante, altivo, impertérrito, 
exhibía frialdad de hielo ante la historia y me mostraba con la serenidad del firmamento.

Sólo Rosa veía en mis ojos la impostura,
la locura, el precio que han de pagar los hombres osados, y sin embargo aquel secreto nuestro la excitaba hasta el delirio.

Todo empezó a ser diferente
cuando un domingo en que todos, como de costumbre, habían salido Rosa se sentó al pie de la escalera que subía al desván.

En el momento de entrar en casa
subió arriba, al lugar sagrado que yo había tomado como Dominio, esperé un rato esperando que bajara.

Al ver que se demoraba decidí subir.
Sin saber por qué, lo hice sin hacer ruido y cuando mis ojos alcanzaron el último peldaño

La vi. Desnuda.
Mostrándose ante el espejo con un fular rojo sobre los hombros y un ancho cinturón militar ajustado a su cintura. Sobre la cabeza se había colocado la gorra de plato de su difunto marido.

Me miró con una cierta sonrisa
y se sentó majestuosamente en la vieja silla.

Atónito ante aquella escena
no pude mover ni un músculo, mis labios se entreabrieron ligeramente y comencé a sentir aquel agradable cosquilleo en mi vientre.

Fue de esa manera
que llegué a conocer lo que realmente pasaba por su cabeza: Se deshacía al ver que alguien la admiraba como a una diosa.

                                                           Johann R. Bach

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