25 jun. 2014

El mundo, con todo su séquito de belleza luminosa y feliz (pues en mí todo era un deleite indefinido),

¡Sí, ella era digna de todo amor!

 

En la oscuridad de la noche más larga

-aún más larga sin ella-, en aquel local en lo alto del Tibidabo, un punto de observación desde donde se puede,

 

con una sola mirada de reojo,

abarcar siete mil hogares humanos con sus lucecitas.

 

La gran Barcelona a lo lejos es,

como este monte, una ciudad vibrante con puntos brillantes como las de una galaxia espiral vista de lado.

 

Dentro de aquella sala,

en la noche de San Juan se deslizaban las jarras de cerveza sobre la barra, las vitrinas mendigando a los que pasaban y en

 

el cielo enrojecido por decenas de hogueras

una maraña de zapatos que no dejaba huella alguna.

 

"¡Sí, ella era digna de todo amor!

 

-Comenzaba un blues

abriéndose paso entre el jolgorio general del local; todos lanzaron su atención al trío: un trompeta, un bajo y un piano-

                                             

"Aún éramos jóvenes;

ningún pensamiento más puro moraba en el pecho de un serafín que el suyo,

 

pues mi amor apasionado

sigue siendo divino; yo te amaba como pudiera hacerlo un ángel, con el rayo de toda luz viviente que resplandece

 

en el altar del amor de la aurora.

 

¡Sí, ella era digna de todo amor!

 

No es, sin duda, un crimen

mezclar esa mítica llama, con una como la mía.

 

¡Yo no tenía existencia sino en ella!

 

El mundo,

con todo su séquito de belleza luminosa y feliz (pues en mí todo era un deleite indefinido),

 

el mundo,

su alegría, su parte de dolor, que yo no sentía, sus corpóreas formas de variado ser, que contenían los espíritus de las tormentas,

 

la luz del sol y la calma,

el ideal y las vagas vanidades de los sueños, terriblemente hermosos, las naderías reales de la vida de vigilia a mediodía,

 

de una vida encantada,

que me pareció -ahora que miro hacia atrás-, la lucha de algún demonio malo poseedor de poder que

 

me dejó en alguna hora maligna,

todo cuanto sentí o vi o pensé, acumulándose, confuso se convirtió (lleno de belleza ultraterrena)

 

en ella y en la nada de un nombre.

 

¡Sí, ella era digna de todo amor!"

                                                         Johann R. Bach

 

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