27 jun. 2014

Mi brazo ya no lanzó más el alma a lo lejos en días que el sol volaba bajo, tan bajo como el pájaro. La noche los apagaba a ambos ante mis ojos.

DEJÉ DE SONREIR

 

Dejé de sonreír

en la mañana más fría de mi vida.

 

A veinte bajo cero,

con las manos en los bolsillos, recorriendo las calles cubiertas de nieve y hielo dejé de sonreír.

 

Dejé de sonreír

porque la alegría se había alejado bruscamente de mi corazón. Caí sobre la acera helada

 

quedándome sólo la tristeza

al saber que vendrían días de infelicidad al percibir con angustia infinita que había olvidado cómo fueron los días de desamor de épocas ya olvidadas.

 

Me aferré a mi dignidad

como náufrago a su tabla como una obligación ética antes de considerar el suicidio ante tanta desesperación.

 

El dolor que me sobrecogió,

con la caída, en la espalda era incomparablemente más dulce que el que me embargaba el corazón.

 

Una idea única se abrió paso

en mi atribulada mente: marchar y no volver nunca más a ese país donde el hielo invadía hasta el corazón humano.


Rogando al destino

que no me abandonara, que, por piedad, no me hiciera sufrir más me bebí mis lágrimas

 

fingiendo

con una mueca extraña en los labios que sólo el dolor de huesos de la caída se hundía en mi alma.

 

Nunca hice teatro de mis penas;

 

No tuve más remedio que aprender

cuando comprendí que el amor se había retirado irremisiblemnte. Me marché de la ciudad fingiendo indiferencia

 

aunque ella sospechara

que era yo quien, en silencio, sufría

 

Aprendí a ahogar la pena

y enmascarar el gran dolor pues sólo las personas alegres encuentran alegría sustitutiva.


Retuve oculto el hoyo en mi pecho.

Camuflé el infierno surgido del hielo y que quemaba pasión.

 

Aprendí a guardar el llanto

como indicaba en sus canciones Charles Aznavour

 

hasta más no poder.

 

París fue consumado por mí

dos días más tarde. Allí decidí vivir aunque fuera provisionalmente.

 

Mi brazo ya no lanzó más el alma

a lo lejos en días que el sol volaba bajo, tan bajo como el pájaro. La noche los apagaba a ambos ante mis ojos. tan bajo como el pájaro. La noche los apagaba a ambos ante mis ojos.

 

Aprendí a amarlos.

 

Claro que ella era tierra

de noche baja –casi boreal- y de hostigamientos que se colaban por insospechadas rendijas de mi memoria,

 

pero supe al fin

que no estoy solo por estar abandonado. Estoy solo porque estoy solo, almendra cercada dentro de su huerto.

 

                                                               Johann R. Bach

 

 

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