4 may. 2014

Caminaste por calles colgadas de las acacias, devoraste soles...

NACER ENTRE LAS FLORES

 

Ya sé mi amor

que naciste con flores y gemidos de tu madre; con las primeras luces en los ojos de tu padre.

 

Luego todo fue brotando.

Juegos en el almacén del laboratorio, mezclada con los canarios de oro blando y los gorriones de media tarde.

 

Algún domingo, temprano,

tus ojos se sorprendieron al ver cómo sentadas alrededor de la Caldera, varias vecinas, cargadas de hijos, ayudaban a tu madre a elaborar el jabón:

 

Escaramujo para dulcificar la piel,

romero para aromatizar (elemento de potente efecto organoléptico), tomillo destinado a funciones antisépticas y caléndula como agente cicatrizante.

 

Años más tarde descubriste

que aquella pasta era más que una sencilla amalgama aromática para lavarse las manos.

 

¡No, no! Huesos y cuero de bueyes,

pezuñas, cuernos y pelambre, hervían hasta hacerse una gacha, en aquella caldera.

 

Cualquier cosa servía

para abastecer aquella enorme olla removida entre el elemento graso hasta conseguir aquello que aprendiste en la universidad: lo contrario de la esterificación.

 

Algunos años después

cada cual te explicó cómo era el mundo a su manera; ninguna filosofía te satisfizo:

 

nada podía explicar

los pájaros brillantes, el patio inflamado de nieve a la luz de la luna. Tú los veías al margen de lo que había en el tono de aquellas voces,

 

en los puños que no querían lunas,

ni nieves, ni piedras ardientes.

 

Caminaste por calles

colgadas de las acacias, devoraste soles en los duros que maduraban tu carne para el tiempo en tu vuelo se uniera al de los gorriones.

 

No te quejes mi amor

pues has vivido tal como has nacido: en medio de la ola de las caras y los besos sintiéndote abierta y convulsa, y, aunque con un corazón demasiado grande para este planeta,

 

viva a pesar de todo.

                                                          Johann R. Bach

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