21 abr. 2014

Debemos huir del polvo situado en las farmacias

LA BELLEZA DEL VIEJO POETA CHINO

 

Es corto el trayecto del poeta chino;

sale a media mañana de su pequeña casa, pisa con suavidad los pétalos caídos de las flores del cerezo.

 

En su zurrón lleva un mendrugo de pan,

un trozo de queso del que le regaló su nieta hace tres días, un diente de ajo y un pequeño odre de vino tinto.

 

Es corto el paseo que va a dar el poeta.

 

No irá mucho más allá

del puente de madera que cruza el estanque. Al pasar le saludan los peces de colores porque ya saben que a la vuelta les tirará las migajas que se han quedado en el fondo del zurrón.

 

Los privilegiados gorriones

serán los primeros en recoger los minúsculos trozos de pan seco. El viejo poeta no irá mucho más allá del puente de madera.

 

El pan duro para los pájaros

–musita entre dientes-, el vino para mí.

 

Al otro lado del puente

hay una roca que alguien puso allí para que el sabio poeta se sentara a mirar la belleza de las glicinas, a oír el trino de las golondrinas y a

 

confiar en el tiempo,

que es la esencia de la belleza.

 

Al viejo poeta, casi un anciano

no le hizo falta en su juventud estudiar matemáticas para medir su escala en el tiempo.

Después de tres largos tragos de vino,

mira en el estanque la quietud de las aguas en la que flotan los nenúfares y alucina ante las imágenes que se reflejan.

 

Saca de su pecho un cuaderno y escribe:

 

"Vivimos

entre las eternas degeneraciones de las apoteosis. El ocaso se deshace en una tenue nieve gris y en el profundo océano de la medianoche, inmensurable como el olvido y

 

se contrae en el verde charco del amanecer.

 

Las flores se reducen a polvo

con su propio resplandor. En las orillas de los viejos ríos resisten las patéticas cepas de las viñas y los fantasmas de los que ya nos han abandonado se esfuerzan por regresar a la vida…"

 

El viejo poeta repite la dosis de vino

y sigue escribiendo en el reverso de la página:

 

"Los bosques están llenos de olor a lo pasajero…"

 

Titubea el poeta,

mira fijamente la quietud de las aguas del estanque y observa detenidamente una araña de agua que de no moverse será pronto engullida por algún pez de color rojo.

 

Sigue alucinando

tras una tercera ronda de tres largos tragos de vino:

 

"La belleza, pues,

es ese instante de descenso en que la apoteosis inclina sus alas hacia el abismo, instante en que el pez mezclará en su jugo gástrico a esa alegre criatura que no hacía más que tomar el sol junto a los nenúfares.

 

Los límites de la curva

se pierden parabólicamente en algún lugar del infinito. Nuestros ojos sentimentales ven sólo el tramo intermedio de esta degeneración -que los científicos modernos llaman entropía-,

 

sin conocer ni los extremos superiores

ni los inferiores, que algunos han creído encontrar, ángeles primigenios y demonios de exterminio".

 

Alza, el anciano poeta, la vista al cielo;

acaba con los restos de vino y se pregunta:

 

"¿Acaso he dicho yo

que la mortalidad es belleza?"

 

Ha sido una debilidad –escribe-

El sentido del tiempo es un síntoma de anemia del alma, por el que fluye el angélico icor1.

 

Debemos huir del polvo

situado en las farmacias sobre los frascos de porcelana que contienen los venenos medicinales.

                                                                      Johann R. Bach

 

1.        En la antigua cirugía, líquido seroso que rezuman ciertas úlceras malignas, sin hallarse en él los elementos del pus y principalmente sus glóbulos. En la mitología griega este fluido era la sangre de los dioses.

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