21 feb. 2014

Su cuerpo brillaba extrañamente apagado, como si fuera de aluminio oxidado

EL PURGATORIO

 

Con cuatro huesos metatarsianos rotos

a causa de un accidente de circulación, tumbado en la cama tuve un extraño sueño:

 

Era invierno

y estaba en un campo de almendros que parecía estar abandonado de años; estaba en realidad en el purgatorio, donde se oye gemir a las almas que voluntariamente se sometían a los tormentos para acelerar la extinción de sus penas.

 

Se las veía bien ordenadas,

rabiando de dolor entre las llamas, cociéndose en el aceite hirviente, pinchándose mutuamente con minúsculas horquillas como si fueran

 

tenedores de plata oxidada

de un viejo restaurante y emitiendo chillidos estridentes y aterradores como los de las lechuzas en la noche.

 

El resultado era una gran música ebria,

ñoña y viciada que se proclamaba a los cuatro vientos por todo lo largo y ancho del mundo como repitiendo indefinidamente una época yeyé, en sus tres acepciones:

 

el mundo que no tiene forma ni contenido,

es decir, la nada; el mundo que tiene forma y contenido, un mundo de figuras euclidianas rellenas de anuncios publicitarios

 

y el mundo del deseo

que cabalgaba en un universo pulsante que, de momento, avanzaba en una única dirección como las espigas del trigo;

 

y, en cada uno de ellos,

esa música venía a decir: aquí en el Purgatorio reina la paz.

 

Al lado de una roca basáltica

que se resistía, simplemente, a deshacerse había un hombre de gran estatura y fuerte parecido a Tomeu Penya que, viéndome, se dirigió a mí.

 

Su cuerpo brillaba extrañamente apagado,

como si fuera de aluminio oxidado.

 

Yo sabía

que él era una de esas almas en pena de las que ya se había habituado tanto al Purgatorio que ya no tenía prisa por abandonarlo.

 

“¡Todo se ha ido al garete! –me decía-

¡Sí, al garete! ¡Muchas pobres almas huyen del infierno! Vienen aquí buscando el fuego que en su Inframundo se ha apagado y ya lo ves: esto es un desastre”.

 

Aquella alma llena de tristeza

se disponía a continuar su relato cuando una suave música de jazz de mi radio-despertador me devolvió a mi universo.

 

Miré por la ventana,

oí el chirrido del típico tranvía de Sòller y vi cómo amanecía, cómo el cielo y la tierra tenían el color de la miel.
 
                                                       Johann R. Bach

 

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