19 ene. 2014

Casa deteriorada por la humedad y el viento en Moselstrasse, Berlín

LAS CASAS VIVEN Y MUEREN

 

Una tras otra

las casas se levantan y se derrumban, se desmoronan, las amplían, trasladan a otros lugares sus piedras, vigas y partes enteras de puertas y ventanas,

 

las demuelen y a veces las restauran,

pero al igual que las cucarachas, las casas viven y mueren:

 

Hay un tiempo para la construcción,

un tiempo para habitarlas y engendrar y un tiempo para que el viento arranque el cristal desprendido -de los junquillos carcomidos-

 

sacuda la tarima

en que trota el ratón de campo y, el tapiz en jirones donde se halla bordado un lema silencioso que recordará a una ciudad antigua.

 

Durante mucho tiempo

sobrevivirán las aceras donde uno se protegía tras la fila de árboles de los vehículos que pasaban.

 

Entretanto las estrechas calles peatonales

insisten en continuar -con sus luces encendidas- mostrando su orgullo como si fuera imposible otra cosa.

 

Hasta la ciudad hipnotizada

bajo el calor eléctrico ha perdido el temor y en la neblina cálida, la luz sofocante  es absorbida, no refractada, por los ladrillos rojos.

 

Duermen las dalias

en el silencio vacío que precede a la lluvia. Esperan al primer búho que llegará con la noche.

 

No debiéramos hablar

de la sabiduría de los ancianos sino más bien de su locura, su miedo al miedo y al delirio,

 

su miedo a la pérdida de memoria,

a la posesión, a pertenecer a otro, a otros, a Dios.

 

La única sabiduría

que podemos esperar adquirir es la sabiduría de la humildad: La humildad infinita de reconocer que todas las casas que se construyeron no eran más que repetición de erigir castillos y que tarde o temprano

 

las casas yacerán bajo el mar.

 

                                                           Johann R. Bach

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