21 ene. 2014

huesecillos, ganglios, médulas, la voz y el dulce tacto, el cristalino y el pubis

  SEGUNDA ESTANCIA EN PARIS

 

Bajo el tierno y verde estandarte de la esperanza,

Marta Guillamon volvió a poner los pies en un París que enarbola permanentemente esa Torre de Hierro en el campo de Marte y,

 

Sin embargo, rendido a los pies

de la leyenda de una torre de marfil humano, algo menos conocida hoy y, por tanto menos discutida, la figura de Liane de Pougy.

 

Marta estaba fascinada

ante una persona que, contrariamente a la masculinidad de la Torre Eiffel, hizo frente a una competencia doble –no siempre desleal-, a veces con íntimas complicidades y treguas rubricadas bajo sábanas de seda.

 

Para Marta, la superioridad de Liane,

"ángel arrancado de un cuadro de FraAngelico", sobre sus rivales femeninas no admitía ninguna duda.

 

Durante semanas se dedicó

a rebuscar en las librerías de libros de segunda mano, un indicio o señal misteriosa que hubiera escapado a la sagaz investigación de los biógrafos de Liane que pudiera explicar

 

cómo pudo superar las fases de matrimonio,

de cortesana y, alcanzando el título de princesa, llegar a santa.

 

La respuesta la halló entre las hojas

de un ejemplar de Jean Chalón. En una simple hoja cuadriculada firmada por la mismísima Liane le pareció una fórmula totalmente válida para aquella esperanzadora década de los años sesentas:

 

"Esto que va y viene,

esto que se mueve continuamente, que llevamos o traemos de un lado a otro: huesecillos, ganglios, médulas, la voz y el dulce tacto, el cristalino y el pubis;

 

esto que cada noche guardamos

como diamante frágil, no es más que sangre, aliento, piel. La milésima parte de nada.

 

Aun así el amor algo es".

 

                                                               Johann R. Bach

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