21 oct. 2014

Sólo puedo masticar pequeños trozos de caléndula que calman mi ansiedad,

BLUES PARA LAS CALÉNDULAS 

Aturdida aún intento saber qué pasa:
todo está oscuro y la boca la tengo seca y llena de barro; un pequeño hilo de agua discurre junto a mi mejilla y su helor aviva mi mente.

Poco a poco
me voy acostumbrando a la oscuridad y en el fondo de un pasillo medio destruido veo algo de luz.

Intento moverme y no puedo:
algo me sujeta por la cintura y mis piernas están doloridas, sobre mi espalda noto la presión de algo duro aunque no cortante.

Comienzo a tomar conciencia
de que estoy atrapada entre escombros que me tienen inmovilizada, oigo voces a lo lejos.

Sepultada entre las vigas
que han caído sobre mí, como fiera enjaulada respiro. Un rumor de palas me dice que trabajan desde fuera;

mis pulmones lo hacen desde dentro.

¿Cómo podría saber
que es a mí a quien buscan?

¿Cómo podrían saber ellos que aún respiro?
Un espantoso espacio hecho de arena y maderos atravesados impide que me puedan oír mis débiles palabras.

La disciplina practicada
durante años me indica que debo respirar profundamente para calmarme y pensar y … ¿qué otra cosa podría hacer? En primer lugar debo saber si estoy herida.

Tengo un golpe en la cabeza,
pero no debe ser grave porque no noto que la sangre corra por los cabellos,

muevo los dedos de pies y manos:
no tengo lesionada la columna vertebral. La rodilla derecha me duele aunque ese dolor ya me molestaba antes de estos magullamientos.

Observo con el tacto
de la mano libre la derecha qué cosas están a mi alcance: sólo un pequeño cesto de mimbre que contiene un ramillete de caléndulas que llevaba en la mano cuando se ha desplomado el cielo sobre mí.

Con auténticas dudas
sobre si es posible la esperanza tengo miedo, un miedo aún más paralizante que los escombros que tengo encima. Me tiembla la barbilla.

Sola por todas partes
como el propio convento en ruinas, poco a poco se va apoderando  de mi cerebro la idea de que si no estoy herida

ningún espectro podrá dañarme
ni serpiente alguna hechizarme: sólo destrona a la Fatalidad aquél que la ha sufrido.

Miro mi reloj
y por sus manecillas fosforescentes sé la hora que es aunque no puedo ver el día. Me parece que llevo aquí una eternidad.

Al ver que disminuye la claridad
al fondo de lo que creo fue un pasillo, la angustia se apodera de mí, el pecho parece que puede estallar de un momento a otro.

Me introduzco un pellizco de caléndula en la boca y dejo que lentamente la saliva disuelva sus alcaloides. Sorprendentemente la calma llega a mi espíritu hasta el punto de prepararme para afrontar la situación.

Respiro hondo… varias veces.
Para hidratarme bebo unos cuantos sorbos del agua que circula bajo mi rostro y el gusto amargo de la caléndula va desapareciendo.

El reloj marca las nueve,
afuera el rumor de las excavadoras ha cesado. Debo hacer como los que pretendidamente me buscan: dormir… dormir… dormir. Pienso en Hamlet.

Me concentro, punto por punto,
en aquellos lugares de mi cuerpo sobre los que me apoyo y punto por punto en los siento presión.

Parece que he dormido un poco.
Miro el reloj. Mi asombro es mayúsculo: Son las seis de la mañana. He dormido placenteramente. ¿A causa de la caléndula?

Afuera las excavadoras reanudan su búsqueda
apartando más y más escombros, mientras yo me revuelvo contra la idea de que no me encontrarán viva.

No tengo hambre, pero si sed.
Por suerte afuera sigue lloviendo y el agua llega a mi boca como los besos (mis primeros besos) del único amante que he tenido en mi vida.

Mis pies se entumecen más y más
y, sin embargo, aún mis dedos están despiertos. Por momentos el rumor de las palas cesa y me pregunto

¿Qué estoy haciendo
dentro de esta Apariencia de mí misma?

Antes de esta desgracia
creía conocer la Luz, ahora la puedo ver ahí al fondo del desdichado pasillo: es morir

Sólo puedo masticar
pequeños trozos de caléndula que calman mi ansiedad, beber pequeños sorbos de este milagroso hilillo de agua que llega hasta mi boca como la esperanza,

y soñar que Damián -el ladrón de mis sueños-
me besa los pezones y que va a venir de un momento a otro a rescatarme como el Orfeo que cada monja lleva secretamente en su corazón.

                                                         Johann R. Bach

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