15 oct. 2014

bajo un techo demasiado bajo para su estatura

DESLUMBRADA

 

Tendida cara al cielo,

en lo alto de la doble litera de madera, demasiado cerca del techo, despierta una mujer entre sueños.

 

Esa mujer,

por solitaria doblemente entristecida siente un gran cansancio, un horrible dolor de cabeza y un sudor frío invadiéndole la frente y la espalda.

 

Quisiera abrir la ventana que,

a pesar de dar al patio interior de la manzana, le permitiera un poco de aire fresco

 

para calmar,

toda implorante, su desolación.

 

Sorprendida percibe

cómo el pequeño espejo, situado sobre un lote de libros aún por leer, duplica su sufrimiento;

 

en él observa la sombra de sus ojos

agrietada por una lágrima nocturna (tal vez involuntaria), el rojo de los labios tiñéndole las mejillas;

 

se siente ridícula

con su retrato garabateado entre las manos, pidiendo eternidad frente a su enfermedad terminal, y

 

comprende que ha sido inútil

todo su inocente entusiasmo en aprender a tocar el piano y varios idiomas, leer cantidades ingentes de literatura acríticamente,

 

en vagabundear por Europa

desde Nevers a Berlín pasando por Barcelona, Santiago de Compostela y París

 

esperando ¡Oh cielos!

que algún semidiós se atreviera a acariciar sus bellas manos y a besarla en las largas noches de invierno.

 

Esa mujer que jamás poseyó otro delirio,

demasiado tiempo ha quedado sentada bebiendo sobre su cama, mirando alelada cómo

 

unas polillas giran furiosas

alrededor de su lámpara de verde opalina hasta quemar sus alas y caer muertas sobre los viejos libros y flores marchitas.

 

Esa mujer se imagina volando

hacia ese centro luminoso del Ápex con el rostro de su amante confundido con las sombras blancas de la luna,

 

pero sospecha

que aquella luz no le pertenece; una luz terrible que calma su sed en el manantial de los ojos que observan su espalda desnuda,

 

una luz de amarillo-cadmio

que la deslumbra, le hace perder altura, eternidad y, sin embargo, quiere remontar el vuelo, pero como quien mide su desesperación

 

sólo atina a levantar los abrazos,

mover sus manos en círculo cuando toda ella, aún plena de luz, estalla como una carcajada en la oscuridad

 

bajo un techo

demasiado bajo para su estatura en la buhardilla de madera más oscura de Berlín, deslumbrada por su propia luz.

 

                                                                Johann R. Bach

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