25 ago. 2014

Desde aquel día uno solo de sus finos dedos mezclado con una sola sílaba de su infantil voz eran suficientes

DEL MONÓLOGO DE PABLITO
(Segunda Parte)

Pocas semanas después de aquel suceso, en mi Primera Comunión, en el casamiento atroz de la clencha a la izquierda y con el traje azul de marinero, el primero de los tristes uniformes, llevé mi cristal. Colgado de mi cuello lo mecía, alejado caía sobre mis huesos, jugaba con sus múltiples caras, con su enigma: lagarto-madre de enigmas.

Avancé por encima de la alfombra central de la nave invadida por las luces de colores que penetraban a raudales por los inmensos vitrales, sin mar sin cielo, hasta el altar y comulgué,

Tomé sí el pan del dios de los cristianos
y lo sumé a mi pecho salvaje, antiverbal.

Allí, en aquella especie de cueva de átomos y hostias divinos, unido al estruendo de los ángeles custodios de su misterio alcé mi Guía, mi cristal.

Pablito estaba desnudo como yo,
Sentado sobre la cama y apoyaba su espalda sobre mi pecho. Con mi mano derecha le acariciaba suavemente su enorme miembro de forma que no le veía la cara, pero no me atrevía a cambiar de posición por miedo a interrumpir aquel monólogo que estaba penetrando mi piel a través de los poros abiertos y músculos horripiladores erectos.

Sus palabras eran como impulsos eléctricos que me invadían las sienes como la música Spiegel im Spiegel de Arvo Pärt y mi musculatura frontal abandonaba poco a poco el arco de atención de las cejas y mis ojos de té apenas veían su espalda.

"¿Hasta qué límite – continuaba diciendo -, sombra o nada puede ir la palabra que quiere, pero su tejido es selva y su selva tejido de la selva; dar con lengua y signo, la muerte la vida, que es tributo de posesión sin fuga por un cristal como este que llevo siempre en mi pecho?"

"Articulo mi idioma, ante el rechazo de mi voz, en el corazón de mi cristal y llevado por su leyenda irradiante rayo los enigmas y los transmuto en cosas". Porque todo es mensaje, comunicación, energía de dos relámpagos que calcinan el Mar de los Ruidos y la Tierra de los Silencios, el espacio devorador entraña del nacimiento".

Llegados a este punto los latidos del corazón parecían pedir salir a respirar fuera de las arterias y los impulsos iníciales de las sienes descendían por las carótidas hasta alcanzar el clítoris por primera vez en mi vida. Parecía que la piel iba a reventar, las mandíbulas se me habían aflojado de tal manera que la saliva fluía casi a chorro.

Un gusto agradable bajo la lengua, cerca de su raíz se confundía con un jadeo involuntario jamás experimentado por mí. Las corrientes eléctricas  surgidas de mi vagina iban subiendo como ascendiendo por la ladera de una montaña hasta alcanzar los pezones y de allí partían auténticos latigazos de placer-dolor que me castigaban la espalda de arriba abajo.

Todas las caricias del mundo habían sido insuficientes para provocarme el más ligero orgasmo y, sin embargo aquella voz atiplada arrojando palabras que nunca había oído ordenadas de aquella manera mágica en presencia de un cristal oscilando sobre aquel voluminoso apéndice pretendidamente inútil para Pablito y, sin embargo, digno de un culto fálico extraordinario.

Al notar que mi mano se relajaba y dejaba de presionar su pene, Pablito se giró hacia mí y con la punta de la sábana me limpió la boca y prosiguió diciendo, otra vez pensamientos que me parecieron salidos de los labios de un querubín:

"Para cegar, aunque no lleve a parte clara u oscura creer que lo que es fuego molesto para muchos vaya a excitar su hueso de pájaro o tigre; para hacer de un ciego momentáneo un niño en la noche sin luna saco mi cristal y es entonces que un millar de peces de nieve en llamas abren un cielo blanco".

Casi imperceptiblemente Pablito iba introduciendo su dedo pulgar en mi vagina de forma que los impulsos eléctricos que habían recorrido mi cuerpo comenzaron a activarse de forma que temí volverme loca de placer. Mientras yo me debatía entre el placer y el dolor de las punzadas  en mi vientre como rayos que buscaban mis senos Pablito continuaba hipnotizando mi alma con su monólogo.

"Es el amanecer mi amor, es la luna que alza el mar, son las ciudades que arden en el sueño. Así dicen los poetas y es mi cristal, invisible en su manifestación que los pierde". Lo llevo colgado de mi cuello y sigo su valle, su río, sus montañas aéreas que en su quietud me miran como tú amada mía, porque ya, el color igneofrío del cristal es toda la tierra lejana: sólo luz de colores".

Desde aquel día uno solo de sus finos dedos mezclado con una sola sílaba de su infantil voz son suficientes para hacerme tocar las estrellas con la mano. A mis cincuenta años había dejado de ser frígida. Y todo ello gracias a un ser maravilloso despreciado por todos y que, con sus silencios y su cristal Guía, sabía sortear cualquier obstáculo.

                                                          Johann R. Bach

ATREVIDO Y TIERNO
COMENTARIO DE PATRICIA 

Siento nuestros soles calentándose mutuamente como una misma supernova...

Tu electricidad suelta billones de electrones, que se acercan a mi ionizante motor de glóbulos viajantes en líquido rojo y los expande en un estallido de destellos cargados de un orgásmico amor...


COMENTARIO DE BÁRBARA

Doy fe de lo conseguido por una mágica voz que puede elevar los sentidos dormidos y llevarte a un paraíso en una vida monótona.
Una voz que electriza, que acaricia y te lleva a un cielo de estrellas y cometas.

Es maravilloso que Pablito supiera que poseía ese poder, de ahí el que lo siguieran las mujeres...

Siento pena por él porque no pueda llegar a conseguir parte de ese placer dado y le cree frustación.

Debe ser desesperante no sentirse cerca de las estrellas y poder tocar su explosión con las manos, y volver a comenzar otra vez.


¿Cómo ayudarlo??? ¿Existe algo que haga que por fín culmine su agonía??? Dime que sí.

RESPUESTA

Si los testículos no logran "bajar" (Hodenhoch en alemán) la voz no se vuelve grave en la pubertad y con el tiempo hay una atrofía que será irreparable al menos hoy por hoy. Pero la naturaleza halla siempre camino para el goce y esas personas se sienten recompensadas por el placer que producen y no por el que sienten...

                                                                                Johann R. Bach

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