24 feb. 2014

Sin perder un ápice de nuestro entusiasmo por la vida pedimos que se nos preserve aquello que amamos

TARDE DE ROBLES

 

Después de finalizar un poema

-como devolver unos gemelos de oro blanco cincuenta años más tarde de lo esperado-, vuelvo a ver

 

cómo se mata a golpes a la noche.

 

Es en una noche propia de un cumpleaños,

cuando poema, hombre y naturaleza son uno, pero en ascensión y jadeando como en una pendiente en cuyo final se halla la casa.

 

En noches como ésa se detienen

nuestros aprendizajes dispuestos a servir a otros, después de nosotros, después de preparar minuciosamente un nuevo reencuentro.

 

¡Fértil es el frescor de la tarde

después del derrumbamiento del sol!

 

Ataca el infinito

pero ninguna nube perturba el salvamento de las risas de un anterior naufragio.

 

Una y otra vez comienza la noche

y se adhiere -como el titanio al hueso- a cualquier solicitud de la vida dispuesta a acabar en primavera, a volar como pétalos de flor de cerezo:

 

se colorea de herrumbre

cuando consiente en entreabrirnos las rejas de sus jardines.

 

Para la mirada de la noche viva,

el sueño no es sino la hiedra que trepa por los troncos de los viejos robles y no hay que encender su corazón.

 

Es menester que lo oscuro prevalezca

allí donde las encinas cincelan el rocío de la mañana y bajo su corpulencia la joven cepa se sienta segura mientras

 

la noche solamente se sucede a sí misma.

 

La atalaya de la copa de los pinos marítimos

no es sino una concesión interesada de la noche desde la que los gorriones observan cómo de los sarmientos brota su vino.

 

Así después de una tarde soleada,

entre viejos amigos -el poema ha respirado por las manos de huesudos dedos del amigo contiguo-

 

se puede observar cómo de

la reconducción de nuestro misterio se cuida la noche;

 

y el aseo de los elegidos

es la propia noche quien lo lleva a cabo.

 

Ella es la que despabila

a nuestro pasado más humano, inclina su psique ante el presente, pone indecisión en nuestro futuro.

 

Entretanto nos colmaremos

de una tierra celestial que nos ha permitido llevar nuestro testimonio más allá de lo esperado

 

sin perder un ápice

de nuestro entusiasmo por la vida y pedimos que se nos preserve aquello que amamos.

 

                                                              Johann R. Bach

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