13 feb. 2014

familiarizadas con las injusticias ancestrales, traicionadas...

TRANVIAS Y CEREZAS

 

Viajar a Stettin

buscando el mar es como volver a la infancia; incluso lo que debería haber sucedido hace tiempo…, solamente ahora se produce…

 

Viste en la calle cuatro viejecitas

como un montón de huesos llorosos echados debajo de los delantales de su última esperanza. En el suelo no había para vender más que un puñado de setas, flores y arándanos negros recién cogidos.

 

Sentadas en unas minúsculas sillas

junto a una modesta frutería eran miradas con el compasivo espanto del ser amenazado por algo que va a suceder prematuramente,

 

se esforzaban en hacer sombra

a los frescos productos de la tierra con la pantalla de sus manos para que el sol no los calentara demasiado, como retrasando algunas horas el nacimiento de una diminuta crisálida.

 

Y cuando acaso alguna vez

alzaran los ojos hacia los transeúntes, su mirada esperanzada acosaba hasta el delirio.

 

En verdad los transeúntes sólo transitaban,

así que de nuevo estaban sólo ellas a quiénes, de pronto, sacudió la explosión de las avispas que, como una nube de polvo, se habían levantado nerviosas al remover las cerezas de su cajón.

 

Y quietas como estaban,

familiarizadas con las injusticias ancestrales, traicionadas…, y sin embargo, echándose la culpa en cierto modo, no alcanzaban, ni siquiera a través de los demás, a seguir el ardiente vuelo amarillo de un puñado de insectos.

 

Su miedo era muy inferior al de su esperanza.

 

                                                                Johann R. Bach

 

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