29 nov. 2012

EL OLOR A MAR Y LAS IDEAS

                   Detalle del Jardín de Las Delicias
 

EL OLOR A MAR Y LAS IDEAS

 

La clase de esfuerzo que Marta Guillamón

hacía para soportar a tanta gente siempre fue un misterio.

 

Cómo lograba

que su pensamiento se mantuviera puro, inalterable frente a toda clase de presiones era una incógnita que ella misma intentaba explicárnoslo, pero nos faltaba madurez para comprenderla.

 

Solía decir que esforzarse

en conseguir que los vecinos te admitan como una persona más en la finca ya es reconocer el germen del fracaso.

 

Ella distinguía

dos clases de fracasados: los que sabiéndolo lo aceptaban y los que siendo también unos fracasados aún no saben que lo son.

 

Le gustaba señalar

las rocas y decir que todo el litoral con su agua salada (no pura) se mostraba a menudo indiferente cuando

 

de repente un ola se encrespaba

arrastrando botes de pintura, tablones de algún andamio y alguna vela de no se sabe qué barca.

 

A veces nos echaba el aliento

diciendo: oled mi aroma de mar, mirad como las mariposas juguetean encima de mi cabeza y como el vello trepa por mis piernas sin depilar. Todo aquello era para nosotros un misterio.

 

Todo eso indica mi naturaleza

-continuaba diciendo- de profunda cavilación (o de cavilar profundo -dirían los alemanes). 

 

Y esta especie de arrugas

-insistía- en mis mofletes y mis pabellones de las orejas carcomidos indican que mi sexo es tan fértil como mi imaginación.

 

Algunos profesores bienintencionados

la juzgaban como una persona con una cabeza bien amueblada, pero ella en su divertida modestia decía que algún día la carcoma vaciaría su cabeza de chorlito.

 

Algún poeta malévolo

llegó a decir que Marta Guillamón cuando se tiraba las manos a la cabeza tomaba la forma de una ánfora romana donde el resto del cuerpo quedaba oculto de modo que sólo se podía ver con el tacto.

 

La verdad es que Marta

solía apartar con delicadeza, al primer zumbido del despertador, la dormida cabeza para no dejar sus huellas digitales en la mejilla y abandonaba a solas su hueco entre las sábanas.

 

Su destino oscilaba

entre las playas y rocas de Cadaqués y la noche algo bohemia de Barcelona, pero cuando la luna se levantaba del mar como Afrodita ocultando las estrellas del Arquero

 

su corazón se iba hacia Escorpio.

En ambos lugares, entre el antes –su infancia- y el después – su madurez-, la luna era misma.

 

Ella se consideraba a sí misma

como estar sometida a la influencia de una estrella fugaz que se escapa de su constelación;

 

una mujer que no dio en el blanco

a pesar de que le llovieron los hombres y la fortuna material. Nosotros lo único que vimos es que la alegría de su rostro no desapareció jamás.

 

                                                                                            Sylvia M. Folch
                                                                                  www.homeo-psycho.de

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