18 oct. 2012

INVIERNO DEL 62

                       INVIERNO DEL 62

 

Volvía a llover

detrás de la ventana mientras seguías golpeando las teclas –con todos los dedos- de la máquina de escribir. Afuera la temperatura era de 12ºC. Demasiado alta para aquel octubre del 62.

 

En la radio oíste

que aquel invierno bajarían más las temperaturas que de costumbre, hasta el punto que las heladas ya serían constantes. Y la nieve anunciada lo cubriría todo.

 

Las bajas temperaturas

agrietarían la tierra y el humus que da origen a la vida haría que las abejas volvieran a rondar las corolas. Todo sería igual y al mismo tiempo muy diferente del año anterior.

 

Sí. Al igual que la poesía de Rilke

del siglo pasado, la nieve cubriría a muchos grandes autores de Catalunya. Pero en el mes de abril saldrían como las rojas amapolas en los campos de trigo.

 

La noche de Navidad, en efecto,

a hora convenida por los dioses – 00.00 h. GMT- empezaba a caer lo que sería al día siguiente, la mayor nevada del siglo: tranvías y coches quedaron sepultados por un enorme manto blanco que tardó una semana en deshacerse.

 

En casa estábamos acostumbrados

a las restricciones eléctricas por lo que aquella noche los quinqués mostraron la parte más agradable de su función. Desde el comedor te vimos cómo quitabas la nieve de la terraza.

 

Todos quedaron sorprendidos

de ver la alegría con la que manejabas la pala –lo mismo que la pluma- mientras unas pequeñas nubes del vaho de tu boca nos indicaban que no tenías frío.

 

Luego al poner tus manos

alrededor del vidrio, ahumado en parte, supiste que junto al olor del petróleo estaba el de la familia. Y viste en el techo y en las paredes las inmensas sombras de todos. No querían ir a dormir.

 

Aquel quinqué os reunía a todos,

entre silencio y silencio se escapaban algunas caricias y nadie quería moverse de su silla para apagar las velas del pasillo. Estuviste comiendo ¿recuerdas? turrón de almendra y de mazapán acompañado con un poco de pan mojado en vino.

 

Después de aquella Navidad

pasaron los años (¿cómo pasaron? –no te diste cuenta-), y tú, siempre al margen de los acontecimientos, no querías vivir tantas y tantas vidas y la tuya una sola vez. Quizá por eso soñabas casi todas las noches cosas bonitas.

 

Una sola vez viviste

algo como realmente tuyo. Fue precisamente aquel mismo invierno. Como una humillación propia sufriste el castigo que le impusieron a tu hermana mayor. Fue castigada porque le pillaron una carta de amor escrita por un primo vuestro, a permanecer encerrada -sin salir y sin comer- en su habitación.

 

Le llevaste a escondidas

un plátano, agua, un poco de pan y una novela rosa. Te hizo feliz poder preocuparte de alguien, que alguien te necesitara.

 

Te gustaba el misterio

de aquel amor rebelde de tu hermana, lo oculto como excitante y el apasionante peligro. Te pillaron en la puerta. Te castigaron a ti también, pero ella te dejó leer otra carta de amor que no había sido interceptada. Te gustó como si te la hubieran escrito a ti.

 

Te pareció comprender entonces

que sólo los castigados tenían tiempo y forma de pensar. Sólo los castigados crecen correctamente –aunque no lo parezca- conservando hasta el final todos los estadios de su desarrollo.

 

                                                                                        Elisa R. Bach
                                                                                   www.homeo-psycho.de

  

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