6 feb 2016

Yo ignoraba ese drama: te veía únicamente adornada de una sombra azul


LA PÉRDIDA DE UNA HIJA

Cuando te vi,
aún flotaba en tus ojos toda aquella niebla de una especie indecible.

¿Cómo se puede,
y sobre todo quién puede renacer de la pérdida de un ser, de una hija que es todo lo que una ama, máxime cuando su muerte es accidental y en esa hija, casi una chiquilla, se encarnaban, objetivamente hablando (pues no eres tú sola quien me lo ha dicho),

toda la gracia, todos los dones del espíritu,
toda el ansia de saber y experimentar que devuelven una imagen encantadora y siempre cambiante de la vida a través de un juego completamente nuevo, locamente complejo y delicado, de tamices y de prismas?

Yo ignoraba ese drama:
te veía únicamente adornada de una sombra azul como la que baña los juncos al clarear, y no me cabía la menor duda de que venías de más lejos aún; de que,

a causa del derrumbamiento de esas perspectivas
que te eran tan queridas, hasta el punto de someter a ellas las tuyas, no habías podido refrenar el impulso de crear en ti la noche pura, y de que ya casi lo habías logrado cuando, de pronto,

a través de la única grieta que quedaba,
escuchaste una voz inesperada ordenándote regresar.

Cada vez que rememoras aquellas circunstancias atroces,
no hallo en mi amor otro recurso que espiar a hurtadillas, en el fondo de tus ojos, la señal que quiso que el terrible paso a nivel se tornase de golpe justo cuando te habías alejado ya tanto.

Sólo ella, esa señal,
es mi garante de tu absoluta presencia a mi lado y del retroceso gradual, totalmente necesario, de las zonas cuya contemplación a corta distancia no hace más que abrir los párpados de los ojos de té.

Sólo ella
dominó por completo la llamada de la sombra. La sentencia que esa emisaria te traía era imprescindible e inapelable: lo quisiera o no, estabas absuelta.

                                                                  Johann R. Bach

4 feb 2016

(la mariposa) descubre su triple ala cubierta de polvo de todas las piedras preciosas por las que la restregó.


MARIPOSAS EN EL PAISAJE
(fragmento de "Mariposas y Rosas")

La mariposa revolotea sobre el paisaje
y durante nuestro almuerzo campestre permanece inmóvil, de frente, semejando un hacha de luz plantada en una flor.

Algunos segundos más tarde,
al batirla, descubre su triple ala cubierta de polvo de todas las piedras preciosas por las que la restregó.

Su mínimo corazón parece haber dejado de funcionar,
el curso de su industria apenas material, realizada con instrumentos imponderables y desarrollada a partir del jugo floral, exige una pausa.

Y antes de marcharse volando
para dedicarse a diseminar la sustancia fecundante, de retomar la línea punteada y sinuosa que dirige su vuelo, la mariposa parece existir únicamente para ostentar ante la mirada la suntuosidad de esa ala.

Y, a la vez, habla
para explicar cuan consolador es el misterio que entraña cada una de las sucesivas hornadas de generaciones, cuánta sangre nueva circula incesantemente y, que la especie no tenga que padecer la usura del individuo, qué clase de selección realiza la naturaleza siempre a tiempo, consiguiendo imponer su ley pese a todo.

El hombre ve vibrar esa ala que,
en todas las lenguas, es la primera letra mayúscula de la palabra Resurrección.

Sí, los pensamientos más elevados,
los sentimientos más nobles pueden conocer un declive colectivo, así como el corazón del ser humano puede partirse, y los libros pueden envejecer, y todo debe morir exteriormente.

Pero una potencia
que no tiene nada de sobrenatural convierte esa misma muerte en la condición sine qua non de la renovación. Esa potencia asegura de antemano todos los cambios que velan para que interiormente no se pierda nada de valor, y para que a través de las oscuras metamorfosis, de estación en estación, la mariposa recupere sus exaltados colores.

                                                                            Johann R. Bach

La Rosa afirma –contra todo pronóstico después de cada incendio- que la capacidad de regeneración es ilimitada,


ROSA DE ABRIL

La Rosa apenas regada
por El Fraile Jardinero hace un momento manifiesta a bocanadas toda esa Montaña Mágica de Montserrat en la noche vibrante.


2 feb 2016

Sí, por mi parte, aquel espectáculo me había atrapado de lleno:


AUREMBIAIX I "ELS FRARES ENCANTATS"
(fragmento traducido del catalán por el autor)

En el sueño, Clara, mi gran amiga,
quería abrazarme; era en realidad, un macizo montañoso con un monasterio de reputación mundial.

Esa misma mañana, cubierta de bruma,
habíamos accedido a la montaña de Montserrat con el lento Citroën 2 CV. Al arrancar, nos habíamos complacido observando la disposición, del todo fortuita, pero al "estilo Aurembiaix" (como solía decir Clara).

Afuera el 2 CV estaba coronado
por una larga antena en cuyo extremo ondeaba una bandera negra (cosas del sueño, que sin duda se hizo con esos artilugios, agrupados en haces irregulares sobre el capó del motor, para vestir a la bohemia).

El chasquido de aquella banderola,
nos había acompañado todo el tiempo, justo hasta el instante en que otro fenómeno había captado nuestra atención:

El aspecto que, desafiando toda imaginación,
ofrecía la abrupta pared de la montaña, franjeada, veta a veta, por una espuma de nieve viva y reiniciada sin cesar con caprichosas y amplias paletadas azules.

Sí, por mi parte,
aquel espectáculo me había atrapado de lleno: durante un buen cuarto de hora mis pensamientos habían querido, de buena gana, volverse avena en aquella trilladora.

Por momentos una lechuza parecía
que consentía en deletrear un signo alfabético, nunca el mismo, pero el carácter exorbitante de toda aquella inscripción enseguida volvía a cautivarme.

Alguien ha hablado de música celestial
al referirse al conjunto rocoso de "Els Frares Encantats":

Cierto, aunque esa imagen
tan sólo cobra fuerza desde el instante en que una descubre que el reposo de los pájaros que allí anidan casa a la perfección con las diaclasas de esa muralla surgida repentinamente del fondo de un antiguo mar, de modo que el ritmo orgánico se superpone, a pesar de los históricos incendios, con justeza al ritmo inorgánico, como si necesitara consolidarse en él para sustentarse.

De repente sentí calor en las manos
y volví al mundo de los mortales. ¡Quién más sino Clara se hubiera atrevido a prestar el impulso de sus imaginarias alas al alud del despertar de mi temperamento!

Los distintos lechos de roca,
cuyo cimbreante perfil se desliza desde el plano horizontal el plano oblicuo formando un ángulo muy próximo a la vertical, están delineados por un maravilloso trazo de tiza en constante ebullición (pienso en "la gira" la colcha doblada, hecha en encaje de hilo con esa misma blancura, cuyas pequeñas flores, bordadas, azuladas me fascinaban al despertar, cuando era niña).

Qué maravilla que sean los pliegues mismos,
impresos en esos terrenos consagrados por las edades, quienes sirvan de trampolín a la vida en su aspecto más incitante: el arranque del vuelo, la lejanía rasante y la deriva fastuosa de los pájaros de esta Montaña Mágica de Montserrat.

                                                                          Johann R. Bach


29 ene 2016

el recuerdo de una botella de champagne empañada sobre una bandeja de plata,


LA POESÍA EN SU ESPACIO PRECISO

-Buenos días amigo lagarto.
Hoy te he visto que te encaramabas en lo alto del Muro con la diligencia del relámpago. ¿Es que anoche no cenaste?



Europa, dispuesta a volar en pedazos


EUROPA

Buenos días amigo.
Como puedes ver he cambiado mi vieja silla de ruedas por este moderno vehículo eléctrico que se desplaza en el mismo sentido de mi cuerpo.



27 ene 2016

Mira a ese hombre que camina despacio porque no sabe a dónde ir


LA RISA DEL DUENDE

Un poco preocupada
porque ya llevamos setenta días sin lluvia, acerco mi silla de ruedas al Muro y saludo como siempre al viejo lagarto:

Buenos días amigo –le digo-,
parece que hoy no quiere salir el sol.

Buenos días amiga –me contesta.
En efecto, esta mañana Betelgueuse la Diosa del Puerto sostiene en sus rodillas un acordeón de murciélagos blancos. Aunque creo que hoy tampoco va a llover.

Con esta sequedad, las calles se llenan de gente ociosa.

Mira a ese hombre
que camina despacio porque no sabe a dónde ir tan temprano como los que no tienen trabajo ni ocupación ni responsabilidades. Se ha detenido junto al Muro.

Escucha.

¿No oyes la risa del duende
que de repente pone en libertad al abrir un paquete de cigarrillos? Es como la mosca que con su zumbido desparrama la sal de la moda.

                                                                                   Johann R. Bach

25 ene 2016

No había oído nunca un relato más torturado que aquél.


CELOS Y MIEDOS

Ella, mi tercera pareja de hecho,
después de algunos meses juntas, ya no gritaba y en el momento del orgasmo su cara parecía expresar dolor y una extraña ausencia. Sólo mientras dormíamos permanecíamos cada noche tiernamente unidas. Nos cogíamos de la mano y ella olvidaba el abismo –el abismo de la luz del día- que nos separaba. Pero las noches no bastaban para que la protegiera y la cuidara. Cuando la veía por la mañana se me encogía el corazón con un nuevo temor: como la flor de árnica tenía mal aspecto y parecía enferma.


Os hemos esperado casi una eternidad. ¿Por qué habéis tardado tanto?


A PUNTO DE ENTRAR EN TRANCE


Atravesábamos el Sena por sus puentes, pasando continuamente de La Rive Gauche” a “La Rive Droite”


RECAPITULANDO EL GRAN PARÍS

Por fin vino Clara a rescatarme del Gran París, inalterado desde los tiempos de la gran reforma urbanística de Haussmann y melancólico por la nevisca que difuminaba un poco los edificios macizos, idénticos, cortados a la altura de un quinto piso y que brillaban a izquierda y a derecha heridos por algún rayo de sol...


Entre la muerte y la vida, en esta escala, he paseado mi cuerpo.


TODO ES COMO UN EMBROLLO DE LETRAS 
(fragmento)

A veces mirando hacia atrás
puedo sentir desazón
y cierta angustia que me seca la boca.


24 ene 2016

Estos son los fragmentos de un descalabro brutal del alma y los testículos,


TODO ES COMO UN DISPARATE

-Qué estas escribiendo amigo lagarto.

-¡Oh nada de importancia!
Algunas cosas que me pasan por la cabeza. Estoy pensando en el texto para poner en una maderita extraña para nosotros, de exótica talla, pero útil para los turistas y grabado en él un poema con la inscripción "made in El Jardín de los Sueños".

Cuando acabó, él se interpuso entre el cielo y mis ojos entornados


MEDIA LUNA BLANCA

Uno de los fracasos más decepcionantes de mi vida lo viví cuando acepté la invitación de Albert un alto funcionario de Bruselas. 

22 ene 2016

19 ene 2016

Clara anudaba sus brazos tras su cabello negro con mechas blancas,


ÚLTIMO VERANO EN CASA DE TIA CINTA

Así como en otoño, en el cielo brillante,
aparece la cadera redonda y fresca de la luna
y las estrellas palidecen envidiosas
y sus diamantinos fuegos no tienen ya valor;

Así has aparecido en mi vida,
de repente, con todo su poder,
haciendo que no pueda respirar,
que enferme de amor.

                                    Johann R. Bach

Aquel verano en casa de Tía Cinta,
con la alegre compañía de mi primo Fernando y con la incondicional Clara conseguí olvidarme por completo de mis dolencias. A ello contribuyeron sin duda aquellas noches en las que la luna arañaba en la dulce plata de las corrientes de suaves brisas el camino hacia la playa.

Los vecinos y turistas
permanecían hasta altas horas de la madrugada arremolinados en las terrazas con una leve música de acordeón de un bohemio que se divertía al tiempo que hacía de ello un modo de vida. Sólo la policía municipal estaba ausente de la fiesta cotidiana nocturna.

Antes de que Clara –al objeto de complacerme- me obedeciera y se quitara los zapatos, yo le entreabría la camisa. Sus dos pequeños senos, altos, eran tan redondos que, más que parte integrante de su cuerpo, parecían haber madurado en él como dos mandarinas; y su vientre (disimulando el lugar que en el hombre se afea como con el soporte que queda fijo en una estatua desalojada de su sitio) se cerraba, en la unión de los muslos, con dos valvas de una curva tan suave, tan serena, tan claustral como la del horizonte cuando se ha puesto el sol. Se quitaba los zapatos, se acostaba junto a mí, entregándome su dulzura como si yo fuera para ella una diosa.

Clara anudaba sus brazos
tras su cabello negro con mechas blancas, alzada la cadera, caída la pierna en una inflexión de cuello de cisne que se alarga y se curva para volver sobre sí mismo. Cuando estaba completamente de lado, había cierto aspecto de su rostro (tan bueno y tan bello de frente) que yo no podía soportar, ganchuda como ciertas caricaturas de Leonardo, pareciendo revelar la maldad, la codicia, la bellaquería de una espía cuya presencia en mi apartamento de Bruselas me hubiera horrorizado y que, sin embargo en casa de Tía Cinta, parecía desenmascarada por aquellos perfiles. Me apresuraba a tomar en mis manos la cara de Clara y suavemente la volvía a poner de frente.

Cierta noche acababa de dormirme junto a ella,
la habitación se había enfriado y nos obligaba a taparnos con una manta. Para pedírsela a Carlota –la asistenta de Tía Cinta- yo intentaba encontrar el timbre a mi espalda, no lo conseguía, palpando todos los barrotes de cobre del cabezal y le decía a Clara que se había bajado de la cama para que Carlota no nos viera juntas:

-¡No! –le dije a Clara-,
vuelve a subir un momento, pues no encuentro el timbre.

Instantes dulces, alegres,
inocentes en apariencia y en los que se acumula, sin embargo, la posibilidad insospechada del desastre: lo que hace la vida amorosa, la más contradictoria de todas, aquella en la que la imprevisible lluvia de azufre y pez cae después de los momentos más gozosos y en la que enseguida, sin tener el valor de sacar la lección de la desgracia, volvemos a construir inmediatamente en las laderas del cráter del que no podrá salir más que la catástrofe. Yo tenía la despreocupación de los que creen duradera su felicidad aún a pesar de la ausencia en mi cuerpo del orgasmo. Precisamente porque la dulzura que me procuraba Clara me hacía olvidar todos aquellos dolores debidos a mi insuficiencia endocrina.

                                                              Johann R. Bach