12 nov 2011

BARCELONA NACIÓ CON LOS GRANADOS (Cap 2)

Capítulo 2.

 

·         Exceso de trabajo

ARNICA 200 CH

NUX VOMICA 15 CH (cada viernes noche)

·         Fatiga

CHINA 7 CH

HEMATITE 8 DE

 

Honfleur

 

La primera vez que visité Honfleur

mi llegada coincidió con la pleamar.

Una campana avisaba con insistencia:

el puente se estaba levantando;

los barcos parecían nerviosos;

unos preparados para entrar

en el pequeño puerto

otros para zarpar

ya.

 

La operación se realizaba

con precisión matemática:

las compuertas giraban desconcertantes,

ante los espectadores

de uno y otro lado del puente levadizo.

 

Con la capota levantada de nuestro 2 CV

mirábamos atónitos la maniobra.

Al otro lado del puente,

sobre una enorme roca se alzaba

majestuosamente la Comandancia,

mitad castillo, mitad edificio atlántico.

Los rojos vivos, azules marinos

y blancos que lucen entre pescadores

se iban deslizando ante nosotros

como un escenario de teatro

donde nadie quiere que caiga el telón.

 

Sorprendentemente los habitantes

de Honfleur parecían no apercibirse

de la belleza de ese momento:

aprovechando la pleamar 

el pescado fresco encerrado

en las bodegas entra puntualmente

para deleite de cientos de turistas.

 

Más arriba,

junto a la Iglesia de Sainte Catherine

los habitantes de Honfleur

miran embelesados las paradas

del mercado, buscando variedad

de frutas y verduras y ropa marinera

que no comprarán: les alegra

los ojos el contraste de colorido

de las típicas rayas blanquiazules.

 

Los lugareños tienen la impresión

de que han nacido para un sueño,

en el que, callados, confunden

muchos mundos;  pues hablan rara vez

y cada frase es como un epitafio

para algo arrojado a tierra por la marea

-incluido el pescado que entra en el puerto-,

algo desconocido, que viene a ellos

sin aclarar, y permanece.

 

Y así es todo

lo que describen sus miradas

desde su infancia: algo no aplicado a ellos,

demasiado grande, desconsiderado,

allí enviado,

que aumenta más aún su soledad.

 

Ahora ya no existe el puente levadizo

que interrumpía como un descanso

el paso de los vehículos

y ya no suena campana alguna.

Pero el puerto de Honfleur sobrevive

como un juguete inolvidable.

 

Llegué a la Gare d'Austerlitz a las 10 de la mañana sin haber pegado ojo en toda la noche. Mi cabeza daba vueltas y vueltas sobre el mismo asunto como recomponiendo las piezas de un puzle. Sólo al detenerse el tren salí de mi ensimismamiento. Cogí la bolsa y me precipité al andén. Me estaban esperando Hervé y su novia. Fue como llegar a otro mundo, otro espacio donde nadie me iba a preguntar por mi comportamiento anterior. Y, por otro lado, personas casi desconocidas eran capaces de acogerme en su casa.

 

Dediqué mis primeros días en París a recorrer los muelles y las calles contiguas a la Rue Lecourbe donde Hervé y Monique estaban instalados. Era un apartamento situado en la planta tercera del edificio de sólo un dormitorio, así que debía dormir en el sofá del comedor y utilizar el lavabo en momentos en que ellos estaban fuera porque además de estar situado dentro del dormitorio, en lugar de puerta habían dos portezuelas abatibles como las de los salones de las películas del Oeste Americano.   

 

Al principio intenté salir a conocer el ambiente de los atardeceres, pero mi cerebro no me dejaba ver más que calles llenas de ojos planos, frontales, como cubiertos por cristales de reloj, en los que convergían, disueltas en agua, todas las imágenes que aún se agolpaban en mi memoria: infinidad de coches aparcados parecían mirarme con esos ojos faltos de hondura e igualmente faltos de expresión, vacíos, como si fueran peces que yacieran muertos sobre el mostrador de mármol de una pescadería. Decidí dedicarme a la lectura mientras me adormecía dejando que el calor agobiante de aquellas tardes del verano decayeran para salir a dar un paseo por la noche.

 

Estaba preocupada porque no tenía ninguna fuente de ingresos ni trabajo a la vista. Lo vivido recientemente me llenaba de inquietud y una bola enorme como un nudo se me instalaba en la garganta. La situación parecía ser desesperante. Y, sin embargo, tenía la sensación de que era la primera vez en que no me apretaba el tiempo para decidir que iba a hacer de mi vida. No podía permitirme el mínimo gasto, hasta el punto de considerar que tomar un café en la terraza del Cluny era un verdadero lujo asiático.

 

Robert, otro hermano de Dominique, trabajaba en Rouen y logró que me hicieran una entrevista en una fundición importante dedicada, entre otras cosas, a la fabricación de monturas de gafas. A las 10 en punto de la mañana de un lunes, a punto de comenzar las vacaciones (les grandes vacances como decían ellos) el taxi me dejó a las puertas de la gran fundición de Petit Quevilly. Un conserje me acompañó hasta el despacho de Mr. Tamelle, un hombre voluminoso, con el pelo blanco y extremadamente corto.

 

Mr. Tamelle me hizo unas cuantas preguntas sobre mis estudios y donde vivía en aquellos momentos. Era hombre que además de su enorme inteligencia debía tener un poder extraordinario y tenía un aire como el de esas personas a las que no les gusta que se les lleve la contraria. A los quince minutos de comenzada la entrevista me dijo con frases concisas e imperativas lo que yo debía hacer.

 

Me dio un empleo en la Societé Prestil de Choisy le Roi, justo al sur de París. Debía presentarme a trabajar el 1 de septiembre. Me ordenó más que recomendarme que aprovechara todo el mes de agosto para perfeccionar mi francés. Me dijo que fuera a una escuela de verano y que la factura la pagaría la empresa con cargo a los fondos de Formación Profesional Continua. Dando instrucciones a la secretaria para que se ocupase de todo, me despidió con un cálido apretón de manos. Con toda probabilidad no nos volveremos a ver –me decía riendo y sin soltarme la mano-, pero si alguien intenta molestarte le puedes amenazar diciéndole que se lo contarás a Mr Tamelle.

 

Salí loca de contenta a la calle. Tenía ganas de dar saltos como si a mis sandalias le hubieran salido alas. Hacía sol pero numerosas nubes iban dejando su carga de vez en cuando. Tan pronto se ocultaba el sol y caía una lluvia fina que me bañaba el rostro, como de repente volvía a reír el tiempo apacible. Cuando llegué a París, Hervé y Monique me esperaban con una mesa especialmente preparada con velas para celebrar el acontecimiento. Alguien les había dado ya la noticia por teléfono. Las manos me temblaron de emoción durante toda la cena y no pude dormir en toda la noche. Estuve haciendo mil planes para aprender francés desde escuchar Radio FIP a todas horas hasta pedirles conversación a mis amigos.

 

 Aquel mes de agosto lo pasé leyendo frenéticamente todo lo que caía en mis manos, desde un libro a anuncios de publicidad, pasando por los periódicos y revistas de todas clases. Hasta cambié de caligrafía: las mayúsculas de la letra cursiva desaparecieron para dar paso a unas letras capitales de imprenta y las letras ligadas artificiosamente para dibujar palabras, se soltaron separándose como si hubieran madurado y buscaran cada una su independencia.

 

Cuando leía en voz alta para aprender a hablar con soltura, una voz parecida a la mía -pero que no era la mía- se esforzaba por entrelazar palabras y frases de forma contraria a lo que me ocurría con mi caligrafía: Era imposible decir tacos en francés y las exclamaciones se me hacían imposibles. Pronto me di cuenta de los obstáculos que debía superar debido a mi lengua minoritaria. Era imposible hablar como lo hacía en español y ya no digamos expresarme como en catalán a pesar de que poco a poco iba alcanzando un nivel de lenguaje en francés aceptable. 

 

También me dio tiempo de ir un par de veces a conocer los bellísimos paisajes de la costa normanda. Visité Honfleur, Deauville, Trouville, Cabourg, Saint Michel además del impresionante centro histórico de Rouen. Era un verdadero placer viajar en el 2 CV de Hervé con la capota levantada impregnándome de aires normandos que se iban diluyendo con el oxígeno barcelonés que aún llevaba dentro de las maletas de mis pulmones. También fue un placer conocer como todo lo cocinable los normandos lo embadurnaban de crema: músculos de roca a la crema, carnes a la crema, verduras a la crema, etc.

 

También me rechifló descubrir el Calvados (aguardiente extraído de la manzana), la sidra y el Camember. Compré un libro (un tratado de Moldeo bajo presión) en el que se describían máquinas de inyección de plásticos y/o metales fundidos que casi me aprendí de memoria para hacerme con el lenguaje de la fabricación de monturas de gafas por moldeo bajo presión. Así fue como aprendí palabras de un lenguaje especializado que hasta entonces eran como frutas exóticas de otro mundo: noyos, coquillas, cuello de cisne, zamak, correderas, junta de colada, rebaba, talones de limpieza, temple, junta de ataque, circuito de refrigeración, ilzro 12.

 

Las fórmulas matemáticas que relacionaban temperatura de fusión, tiempo de solidificación de una pieza después del rellenado del molde y la consiguiente apertura del molde se convirtieron en cálculos apasionantes donde conceptos de termodinámica y comportamiento de fluidos me abrían las puertas de nuestro sistema solar y las de mi universo interior.

 

Me sentía a gusto estudiando un lenguaje especializado en el que hasta el más extenso de los diccionarios tiene dificultades a la hora de traducir fielmente el significado de palabras técnicas, a veces de origen local y de sentido no unívoco. Todo ocurría como si desde dentro de mi pecho saliese una voluntad de maniatar al día aquel parisino calor extraño de finales de agosto, como si quisiera acallar sus mil voces de alegría.

 

¿No tienes en el pecho un bosque,

un soplo cálido, un silencio,

una brisa suave y una primavera?

 

Números, letras y flores, con pasión reunidos

¿estarán arrepentidos de habitar en ti?

                                                                                                         Elisa R. Bach

11 nov 2011

Sara Viotti nos envía su versión italiana del cap 25 de "Niños a la Deriva"

Capitolo 25

 

·         Malinconia

PHOSPHORICUM ACIDUM 200 CH

·         Nostalgia

CAPSICUM 200 CH

·         I bambini amano con i loro insegnanti

MYGALE LASIODORA 200 CH

·         Fughe durante la pubertà

CALCAREA CARBONICA 200CH

·         Nervosismo e fobie

ARGENTUM NITRICUM 200 CH

 

Quando si è visto l'Atlantico

nella solitudine della Costa da Morte

dietro una cortina di rocce

e schiuma bianca come un lenzuolo,

la notte non è più triste,

le stelle si toccano con la mano,

 

e le loro allegre scintille s'uniscono

alle gocccioline d'acqua

che bagnan le labbra di quelli

che sanno ascoltare nel vento

unite dall'ARTE le lettere

"a" d'amore e le tre altre di Morte.

 

L'esilio degli atlanti oltre il mare

Fue sempre una sfida.

Gaudì li situò nella Pedrera plasmata

In solido granito di Porrino

Perché non fosse mai dimenticato

Il pradiso che descrisse Verdaguer.

 

Io stessa ho assaporato i baci

Della fresca Atlantide

Tra le sue braccia ne riconobbi

La bellezza della matematica voce

Dai dolci tocchi sillabici.

 

 Sono molto nervosa e comincio a sentirmi prigioniera della stessa angoscia provata quando mi hanno rinchiusa in carcere. Non sono incline alla claustrofobia perché diversamente non potrei sopportare l'atmosfera dell'ospedale, ma in quest'occasionenon vedo l'ora di andare a svolgere questo nuovo incarico sull'atlantica Costa da Morte.

 

Tutti mi dicono che posso essere orgogliosa di me stessa, mi ricordano spesso la mia risurrezione dalle mie stesse ceneri, come sia stata capace di risalire il pozzo dov'ero sprofondata a sessant'anni, come abbia ripreso il timone della malridotta nave della mia vita. Nonostante la retrospettiva che mi propongono i colleghi dell'ospedale,io non solo non mi sento confortata, ma attraverso  spesso crisi di malinconia e nostalgia dell'infanzia.

 

Certamente mio figlio ha risvegliato dal sonno la mia forza vitale e l'appassionante lavoro con i bambini mi ha portata a intraprendere nuovamente, con più entusiasmo che mai, gli studi di biologia e medicina, ma il valore aggiunto di vera gioia alla mia professione è stato l'innamorarmi di Igor.

 

L'amore che mi dispensa rende possibile che io abbia molte volte la sensazione di volare nelle lunghe notti artificiali sotto le stelle, uniche testimoni dei nostri interminabili amplessi. Eppure, ho continuamento bisogno dello stimolo di qualcuno che, a prescindere dalla mia età e dai miei meriti professionali, mi deseri appassionatamente scoprendo la scintilla nei miei occhi e mi morda i capezzoli mentre le sue dita si avvinghiano al mio pube ormai cinerognolo.

 

Mi scorre ancora sulla pelle il piacevole formicolio che sale dal mio basso ventre quando ricordo come _Manuel mi abbia eccitata con il suo sudore di metà pomeriggio e le unghie bianche nonostante fossero appena state ripulite dalla calce del lavoro, la sua struttura apollinea sulle impalcature per salire su tetti e scale, e vederlo arrampicarsi su cornici. Un fremito mi percorre la pelle evocando la sua tranquillità nell'accettare cose così inevitabili, la vista di come gli stavano bene i pantaloni da lavoro con le tasche laterali vuote, la sua espressione di sorpresa ed eccitazione quando strinsi le sue ginocchia fra le mie sotto il tavolo. Quasi non riusciva a parlare quando gli chiesi di accompagnarmi alla pensione in cui avevo prenotato una camera e sulla porta del piccolo albergo, per evitare che se ne andasse, lo baciai a lungo sulla bocca. Gli dissi di non voler dormire sola quella notte. Sembrò non capire, ma accettò.

Si verificò qualcosa di magico e irripetibile in quella notte paradisiaca, passata a scoprire uno sconosciuto. Offrendomi alla vista e al tatto di quel semidio con cui fino a quel momento avevo avuto a che fare vestita, provai la sensazione viscerale di distacco fuori del comune. Quell'occasione mi pemrise senza veemenza, come si trattasse di qualcosa di paterno o fraterno, di sciogliere le corde, slacciare la cintura, aprire la cerniera dei suoi pantaloni, liberare i suoi enormi genitali.

 

Gli abiti caddero a terra come spighe mietute dal desiderio. Il minimo rumore alterava il mio sonno incipiente con il desiderio tra le mani, con gli occhi di Manuel che mi guardavano attentamente, pronto com'era ad amarmi ancora dopo averlo fatto molte volte.

 

All'alba,mi rimase impresso sul petto il tatuaggio dell'istante in cui mi fu dato di rubare il fuoco sacro dell'alito dello sconosciuto Manuel.

 

Dopo quella notte, andai al commissariato di polizia a riscattare e porre sotto la mia tutela Pedro, un ragazzino di soli 12 anni che aveva avuto un'avventura amorosa con la sua insegnante di geografia. Questo aveva provocato l'allontanamento dell'insegnante con destinazione ignota. Pedro, orfano di padre e dal carattere ribelle, aveva deciso di scappare di casa, senza una meta precisa. LA disperazione contro il mondo lo portò a vagare e rifugiarsi in baracche nei campi per giorni e giorni. LA polizia lo aveva trovato in una stazione di autobus mentre batteva i denti dal freddo e in uno stato miserando.

 

Lo abbracciai con la stessa tenerezza con cui forse l'aveva abbracciato la sua insegnante e con la mano sulla sua spalla lo invitai a lasciare la stazione di polizia. In silenzio siglammo una delle più profonde amicizie: entrambi avevamo sperimentato cos'era l'amore senza pregiudizi.

10 nov 2011

El Hipérico

La hierba de San Juan

 

Por encima de nuestras cabezas

se alzaba orgullosa La Mola

de un Sant Llorenç macizo y húmedo,

en el camino las moras te saludaban,

y en los amarillos campos de Can Robert

 

la hierba de San Juan esperaba

 

a que tu padre cortara sus flores,

las bañase en aceite, las aromatizase

como a las princesas y las pusiese,

durante nueve días, a tomar el sol

como cada año.

 

En una botella de leche, transparente,

 

se acomodaban brillantes

como prismas ópticos de miles de criaturas,

las amarillas inflorescencias.

Su dulce mirar madrugador y tierno,

sobre prados verdes lucía encendido,

 

el hyperico.

 

Con miles de ventanas sobre las hojas, dispuestas  a dejar entrar la luz

para sembrar los márgenes abandonados

de los caminos y laderas lejos de las sombras;

se apretaban en racimos aún frescos,

 

y te acompañaban en el lento serpentear.

 

Desde la cumbre se veía el mar,

quieto y agazapado recibía

agradecido la tormenta de luz,

la suave brisa y nuestras miradas

sólo de vez en cuando aparecía

 

sobre nuestras cabezas la promesa de lluvia.

 

Desde El Montcau llegó de pronto

una ráfaga de viento

picándonos en la cara con su colada fantasmal.

Seguimos el camino hacia ese macizo,

-demasiado dulce para haber probado la sal-

 

compactado para ti por cabras y caballos.

                                            Elisa R. Bach

EXCREMENTOS REGALOS DE LOS DIOSES

 

Estoy entusiasmada con el poema del capítulo 25 de "Niños..." que evoca  la Costa da Morte; la autora es increíble, domina todas las geografías. Esta parte del Atlántico siento que es mi territorio e identifico el ritmo del acento cantarín que la poeta define, de forma inteligente y precisa, "con suaves golpes silábicos". Muy buena la sutileza. Santi

El poema de introducción  de "Barcelona nació con los granados" me parece ideal para presentar la novela. Leo en él una página preciosa, desconocida para mí, de la historia de Barcelona. El poema  del capítulo 1, "Hermes. El abuelo", también me ha encantado, creo que es un retrato perfecto del abuelo minero encabezando el grupo que se dirige a la mina en un día de su duro trabajo. Los versos lo aclaran todo sobre él: cómo son sus gestos, sus miradas, cicatrices, lo que oye, lo que piensa...¡qué precisión!. Carmen   

La primera parte del texto en prosa me recuerda mis años de facultad. Aunque no he vivido esta etapa en Barcelona, el ambiente que describe es el que se respiraba en otras ciudades universitarias de la España de los sesenta. Está muy bien la recreación de la época, y el estilo narrativo, al que nos tiene acostumbrados la autora, es ameno, ágil, picaresco... ¡me engancha!.  Marta  

Excrements, regals del deus

M'ha agradat molt de saber l'origen del magraners a la nostra geografia...i  el detall  amb què ens és explicat: es poden veure els elefants sembrant la terra i veure l'esclat fúcsia de la flor de magraner amb tota la seva esplendor...Una lectora.

Traducción:

Excrementos, regalos de los dioses

Me ha gustado mucho saber el origen de los granados de nuestra geografía… y el detalle con el que se explica: se pueden ver los elefantes sembrando la tierra y ver el estallido fucsia de la flor del granado en todo su esplendor… Una lectora

4 nov 2011

Barcelona nació con los granados

Barcelona nació con los granados

Barcelona nació con los granados,

entre alegres flores fucsias

como una granada de astros.

 

Corrían los tiempos que

caballos de madera y elefantes

ganaban batallas y  daban vida.

El delta del Llobregat procuraba

reposo, agua y terrazas sobre el mar

a familias púnicas enteras

resguardadas por murallas

de montañas inexpugnables.

 

En sus tierras fértiles crecían

sin dificultad las verduras,

los higos maduraban

como los versos y los campamentos

reían ajenos a la batalla de Cannas.

 

Los elefantes, verdaderos artífices

de las victorias cartaginesas también

descansaban a orillas de los ríos

prepirinaicos. Desarrollaban tareas

agrícolas, domésticas y pacíficas.

 

Gozaban como niños de baños diarios,

y juegos infantiles; se adormecían

con la música de las olas

y el olor a vino de los soldados.

 

Entre los fermentos

de sus enormes excrementos

usados como el mejor abono,

una semilla blanca

que en su origen tenía

el mismo color de sus flores,

surgió una planta extraordinaria

que viendo la luz del mar

decidió crear sus propias colonias. 

 

Ahora, después de más

de dos mil doscientos años

ninguna necesidad tiene el granado

que venga de tan lejos y me detenga

a contemplarlo en su milagro,

a que admire sus hermosas flores fucsias.

Nada es necesario para el granado

salvo la luz, la noche, el agua,

los fermentos, la brisa mediterránea

y el vuelo de las abejas.

La rotación incesante de la tierra.

 

Para ser, el granado no necesita que

me detenga a contemplarlo.

No mora el Punica granatum en mi palabra.

Mi palabra es lenta, sólo evoca

un granado que florecía en Cadaqués

junto al mediterráneo.

 

Existen

una avenida que va a Roma

y una ventana que da a la playa

para guardarlo, y en mi memoria

avenidas de diáfanos cristales

por donde llegó el granado

de Amilcar Barca que contemplo.

 

Barcelona nació con los granados,

entre alegres flores fucsias

como una granada de astros.                        Elisa R. Bach

 

Capítulo 1

 

·         Pérdida de un ser querido

IGNATIA 200 CH

·         Pérdida de algo muy apreciado materialmente o

·         Miedo a perder algo considerado un capital

VERATRUM ALBUM 200 CH

 

Hermes. El abuelo.

 

Como en la extraña mina de las almas,

estaño silencioso, iba avanzando

como vena por la oscuridad.

Entre raíces colgando,

puestas al descubierto por las picas,

brotaba la sangre que se escurre

hacia los hombres

con el aspecto pesado

del pórfido1 en la oscuridad.

Nada más allí, era rojo.

 

Allí había rocas

y bosques irreales

en excavaciones a cielo abierto.

Puentes sobre el vacío

y el gran lago gris, seco,

en el que estaba suspendido

sobre el propio fondo lejano,

como encima de un paisaje,

un cielo de lluvia.

 

Y entre praderas suaves,

llenas de paciencia,

apareció la pálida franja,

el único camino, extendido

como una larga lividez.

 

Por este único camino veníamos.

 

En cabeza,

el hombre esbelto con capa azul

y casco de minero,

que impaciente y mudo miraba ante él.

No masticaba tabaco ni otras hierbas,

pero su paso devoraba el camino

a grandes mordiscos. Las manos

le colgaban fuera de los pliegues

del manto, cerradas y pesadas,

sin ya saber nada de la cicatriz ligera

que llevaba enclavada

en la mano izquierda

como sarmiento de rosal

en un tronco de olivo.

 

Y sus sentidos estaban como partidos:

 

Por un lado, la mirada se adelantaba

corriendo como un perro pastor,

que se giraba, venía, y ya estaba de nuevo

esperándose lejano en la curva más cercana.

 

Por otra parte, como un olor,

el oído se quedaba atrás,

y le parecía a veces sentir

incluso el caminar de aquellos 

que también tenían que hacer

toda aquella penosa subida.

 

Después volvía a ser el eco

del propio ascenso y el viento

de su manto lo que llevaba detrás.

Pero él se decía a sí mismo

en voz alta que vendrían

y sentía como resonaban

en los oídos sus palabras.

 

Hermes, el abuelo, era experto

en interpretar los significados ocultos

conocía todo el mundo de los difuntos,

tranquilizaba a todos los que iban

a atravesar los límites de este mundo.

Su potente imaginación le permitía

entrar y salir del Inframundo sin problemas.

 

Hermes, el abuelo, nos enseñó

los símbolos del gallo y la tortuga

para el madrugador y tenaz caminante,

el zurrón para no ser capturado

ni envenenado en posadas,

las sandalias aladas indicativas

de la diligencia del mensajero,

el pétaso o casco precursor de moteros

y su caduceo o vara de heraldo.

 

Y los que veníamos detrás de él

a lo lejos, queríamos aprender

sus ciencias de la vida y

sus conocimientos sobre el Inframundo:

éramos muchos, pero caminábamos

con pasos suavísimos, callados.

                                                            Leo P. Hermes

 

*1)Pórfido. Roca compacta y dura formada por una sustancia amorfa y cristales de feldespato y cuarzo, generalmente de color rojo oscuro, muy apreciada para la decoración de edificios.

 

 

Fue en abril de 1.96… Me vi obligada a cambiar de alojamiento. El dueño de aquel enorme piso de la calle Joaquím Costa, a escasos 300 metros de la Facultad, había decidido vender el inmueble entero y nos echó a todas las que compartíamos aquella vivienda de techos altos y puertas hechas para gigantes. Excepto a Dominique no volví a ver a ninguna de ellas. Dominique y yo habíamos compartido una de aquellas frías habitaciones. Ella, nacida en Dinan (Bretaña) estudiaba historia en la Facultad de Letras, era simpática y hasta llegó a presentarme a su hermano Hervé y a su hermana menor Gaëlle. Durante un tiempo nos seguimos viendo en el bar de la Universidad.

 

Gracias a Dominique encontré un estudio en arrendamiento en la calle Princesa a tan sólo 50 metros de la Vía Laietana. Realmente era un traspaso que me ofreció un amigo común de Pau Riba y de Dominique. El  estudio estaba en la última planta de un edificio antiguo, sin ascensor. El alquiler era muy barato (aparte del traspaso que pagué no sin dificultades). Tenía una pequeña entrada desde la que se podía ver el gran comedor-cocina. En la parte derecha junto a la ventana había una pequeña escalera de madera que conducía a lo que fue mi habitación. La amplia cama estaba situada a la misma altura de una ventana que tenía vistas a los tejados vecinos.

 

Cansada de buscar habitación, acepté la situación: daba un dinero de entrada difícilmente recuperable si no era a base de encontrar a alguien, como yo, que aceptara aquellas condiciones. Por eso cuando ya estaba a punto de entregar el dinero Germán me habló de Giner, una especie de "mayordomo" que se traspasaba también con el estudio. Germán me quiso tranquilizar diciéndome que a él le habían transferido el estudio con Giner y que los anteriores ocupantes también habían tenido a Giner como compañero. Giner ocupaba una habitación frente a la mía sin luces ni ventilación.

 

Giner se ocupaba de todo lo que hiciera falta en el estudio, (limpieza, etc.) y nunca se mezclaba con los amigos de los inquilino; era discreto hasta el punto que era difícil de toparse con él en la escalera o en el propio estudio. Por fortuna mi habitación contaba con un pequeño lavabo y un wáter. Acepté a ese "mayordomo adherido" al estudio aún sin conocerlo. Abajo, en la calle Princesa había siempre gente hasta altas horas de la madrugada y atravesando la Vía Laietana, La Plaça Sant Jaume tenía un aspecto alegre.

 

Mi cuarto, en los primeros días, me pareció bastante acogedor. Por la cocina "económica" de hierro forjado y por la ventana larga y estrecha en altura, rozando ya las tejas, de vidrios muy fraccionados, se podía adivinar la edad de la casa. Por aquella ventana podía ver como caía la lluvia sobre los tejados rojos y adormecerme con las últimas luces del día, bajo una gruesa y pesada manta de lana. También los primeros rayos de sol, reclinado como un globo ardiente sobre los tejados, entraban por esa ventana sin cortinas, inundándome los ojos de una claridad coincidente con los fuertes timbrazos de un viejo despertador como los sonidos de un timbre de bicicleta.

 

La escalera era empinada y los siete pisos costosos de subir, pero en pocos días me acostumbré y el estudio me parecía aún más acogedor cuando, jadeante por el ejercicio de escalar, escalón por escalón, aquella oscura y fría escalera alcanzaba el confort del viejo sofá. Era como trepar por un árbol huyendo de toda clase de alimañas y a veces me sentía como una niña luchando por alcanzar el desván. En una palabra, estaba contenta, sobre todo porque los vecinos parecían no existir y a veces lo único que subía por aquella escalera era la música de un organillo que parecía también se había afincado en el portal.

 

Desde entonces han pasado los años por el país. La época de la que hablo está para mí en las tinieblas del pasado, y los vivos colores de los sucesos se han vuelto pálidos y difusos. Tengo la sensación de estar hablando de cosas que no me ocurrieron a mí sino a otros, tal vez a Dominique. Por eso no he de tener miedo que el amor propio me induzca a mentir: Escribo con claridad y honradez y me atengo al hecho que el número 12 de la Calle Princesa y el número 36 de la calle Joaquím Costa todavía existen y que las personas que en aquella época íbamos al comedor no universitario más barato, en la misma calle Joaquím Costa, pueden dar fe del ambiente del barrio.

 

Paco, el camarero del bar de la Universidad, ha dado, durante más de cincuenta años, testimonio de todas las transformaciones del ambiente estudiantil y estuvo al corriente de nuestras vicisitudes con más comprensión que la de un hermano. Decenas de miles de estudiantes conocieron al gentil Paco.

 

En aquel entonces yo no pasaba mucho tiempo en casa. A las siete y media de la mañana iba camino de la Facultad y antes de las ocho aún me daba tiempo de tomar un café servido por Paco. Eran tiempos en que hasta los conserjes ganaban concursos como los de "Un millón (de pesetas) para el mejor" y los estudiantes quedábamos atónitos ante la erudición de aquellos "poco ilustrados" funcionarios. Y siempre que podía, pasaba las tardes en casa de mi novio.

 

Si, entonces yo estaba "prometida" (como se decía entonces). Ramón –voy a llamarlo así- era una joven promesa del mundo científico, amable y culto y –lo que más contaba para mis coetáneos- rico.

 

Ramón había nacido en el seno de una tradicional familia de comerciantes que mediante el trabajo y el ahorro llegó a tener una casa a la que también gustaba de ir la juventud masculina porque, pese a todo aquel refinamiento, reinaba en ella un ambiente alegre y abierto que no dejaba que entre las tazas de té se instalara el aburrimiento.

 

El hijo menor de la familia, Ramón, era por cierto el preferido de todos, porque a su cultura añadía una cierta amable frivolidad que convertía en interesante y agradable la conversación más anodina. Tenía más sensibilidad y más temperamento que sus hermanos mayores, era un carácter franco, alegre, y está fuera de duda que yo le quería y estaba orgullosa de él.

 

Puedo hablar abiertamente. Más adelante, un año después de quedar disuelto nuestro compromiso, se casó con una muchacha de familia noble, pero murió tras haberle dado el primer hijo, una niñita rubia.

 

Yo solía quedarme en su casa, donde se reunía a diario un grupo bastante numeroso de personas, hasta las seis de la tarde; después daba mi paseo, iba al Capsa, (teatro situado entonces, en la Calle Aragón) y regresaba a casa sobre las diez de la noche para continuar con el mismo género de vida. Me aficioné a las matemáticas y otras ciencias para estar más cerca de él.

 

Por la mañana, cuando yo bajaba despacio mis siete pisos, me encontraba siempre en el portal  al portero, que fregaba las baldosas de mármol blanco de la entrada. Él saludaba e iniciaba una corta conversación. Así día tras día. Primero el tiempo, luego que si estaba contenta con mi estudio y cosas así.

 

Como el viejo nunca quería terminar, yo siempre le preguntaba por sus hijos, y entonces él suspiraba y murmuraba apretando los dientes "¡Eso sí que es una cruz! ¡Qué preocupado me tienen, chica!". Y aquello era el final. Una vez, era un martes, pregunté, sólo por decir algo, quién era aquel "mayordomo" que ocupaba una habitación en mi estudio. Contestó a la pregunta de la misma manera que yo: de pasada, sin pensar mucho. "Un pobre chico que apenas si gana para poder comer haciendo pequeños trabajos aquí y allá.

 

Había olvidado ya hacía semanas aquella información cuando llegó Giner jadeante, sudado y al mismo tiempo con la ropa totalmente empapada. La tormenta le había sorprendido ya cerca de casa. Era un domingo por la mañana. Yo había dormido más de lo habitual y me disponía a salir paraguas en mano, mientras que él, con un librito en la mano parecía que regresaba de la iglesia.

 

Su aspecto era mísero: entre los flacos hombros que se vislumbraban claramente porque la camisa mojada así lo permitía, destacaba en su cara una nariz larga y afilada y las mejillas hundidas. Los delgados labios, ligeramente entreabiertos, dejaban ver unos dientes poco limpios. La mandíbula era angulosa y prominente. En aquel rostro sólo llamaban la atención positivamente los ojos. No es que fueran bellos, pero sí grandes y muy negros, aunque carentes de alegría. Sólo sé que la impresión que me causó aquella criatura con el pelo totalmente mojado no fue grata en absoluto. Creo que él no me miró. Por otra parte, apenas tuve tiempo para pensar en aquel encuentro banal, porque instintivamente cogí una toalla y se la ofrecí para que se secara el pelo y la cara.

 

Aquella noche tuvo lugar en casa de mi novio una velada perfecta donde se discutió amablemente sobre todos los temas de la época. Resultó perfecta y duró hasta muy avanzada la noche. Esa noche, precisamente, Ramón me pareció encantador. Una agradable sensación de contento saturaba mi pecho como un calor bienhechor. De ahí que a las tres de la madrugada resultara aún difícil la despedida. Los pocos que marcharon a pie se dispersaron pronto en todas direcciones. Yo tenía un camino por delante de unos veinte minutos por lo que aceleré el paso, dado, además, que la noche de final de junio era brumosa y lloviznaba. Pensando en aquel aleteo de mariposas en mi bajo vientre, sin darme cuenta llegué a casa y entré.

 

Ante mí estaba él. Apenas visible porque su cabeza tapaba la pequeña bombilla y su cara quedaba en la zona oscura. Sólo sus ojos se adivinaban. Hasta mí llegó un desagradable olor a sudor idéntico al que embargó mi olfato por la mañana. Estaba tan cohibida y asustada que no dije palabra, aunque tampoco me aparté. Sentía asco por aquella figura, pero no me aparté. Sentía sus ojos sobre sobre mis labios mucho antes de que me los besara. Cuando quise darme cuenta sus dedos corrían ya entre mis piernas. Como corrientes eléctricas las punzadas salían de mi vagina alcanzado los pezones en oleadas.

 

El olor de sudor, su piel pegajosa y sus labios sobre los míos me producían un profundo asco y al mismo tiempo un placer que nunca había experimentado antes. Me sentí como una diosa poseída por un diablo que conocía mi cuerpo mejor que yo misma. Me poseyó varias veces antes de que amaneciera. Finalmente caí exhausta en un profundo sueño. Me desperté a las cuatro de la tarde oliendo a demonios; me fui directamente a la ducha. Nunca me había sentido tan sucia. Afortunadamente él había salido.

 

En los días que siguieron a aquel encuentro todo pareció volver a la normalidad. Pero el sábado fui a casa de mi novio y para sorpresa mía toda la familia se había ido de viaje. El portero me dio un sobre con una nota. Una nota escueta que decía así: "Queda roto nuestro compromiso. Un tal Giner nos ha explicado con todo detalle la doble vida que llevas con él."

 

Salí huyendo con el pecho herido. Con la velocidad del rayo lo comprendí todo. Fui en busca de Dominique. Le expliqué todo lo ocurrido y le pedí ayuda. Me acompañó hasta la estación de Francia. Me pagó el billete hasta París y me dio algo de dinero para pasar unos días en casa de Hervé hasta que pensara en lo que debería hacer en aquel verano. Tardé tres años en volver a Barcelona.