30 dic. 2016

-¡Ay amigo Quentin! Bajo el espíritu del enamoramiento se ve belleza allí donde otros no perciben más que oscuridad y malos presagios.


AMOR ENTRE DOS DECORADOS

-Rosa me ha dicho
que tú fuiste una gran viajera ¿no?

-Sí, amigo Quentin, sí –responde Ermessenda con una entonación de un cierto cansancio-, aunque a la menor ocasión venía aquí a estas mansardas a visitar a Antoine y Rosa; de manera que puedo describir perfectamente cómo ha evolucionado todo, incluso sus paredes.

Entre las dos decoraciones de Las Mansardas,
tan diferentes una de otra, había un intervalo de varios años en París, en cuyo largo recorrido se encontraban tantas y tantas visitas de Cassia. La fui viendo en los diferentes años de mi vida, ocupando con relación a mí diferentes posiciones que me hacían notar la belleza de los diminutos espacios interpuestos, el largo tiempo pasado que había transcurrido sin verla, y sobre cuya diáfana profundidad se modelaba con misteriosas sombras y acusado relieve la rosada persona que tenía ante mí.

-Todo eso, Ermessenda, es muy bonito,
pero ¿no crees que exageras? A la gente de este distrito le horrorizaban las mansardas, de forma que preferían ignorarlas antes que visitarlas para cobrar el alquiler a los inquilinos.

-¡Ay amigo Quentin!
Bajo el espíritu del enamoramiento se ve belleza allí donde otros no perciben más que oscuridad y malos presagios.

Por otra parte, piensa que este relieve que ahora ves,
estaba determinado no sólo por las sucesivas imágenes de lo que Cassia significaba para mí, sino también por las grandes cualidades de inteligencia y de corazón, por los defectos de carácter, unas y otros insospechados por mí, que Cassia, en una germinación, en una multiplicación de sí misma, en una eflorescencia carnosa de colores, oscuros, había añadido a una naturaleza antes casi nula, ahora difícil de profundizar:

una figura que antes fuera sólo un perfil sobre el mar es más rica ahora, más sólida, más acusado su volumen; todo por la simple presencia del color irradiado por Cassia.

Por otra parte –es notorio-,
no era sólo el mar al atardecer lo que vivía para mí en Cassia, sino a veces el mar dormido en la arena las noches de luna. Recuerdo que a veces me levantaba para coger un libro de la estantería, mi amiga Cassia que me había pedido permiso para echarse en mi cama junto a mí, estaba tan cansada que no se despertaba aunque estuviera leyendo durante un par de horas con la luz encendida de mi flexo.

Tendida cuan larga era,
en una actitud de una naturalidad que no se podía inventar, me parecía como un tallo florido que alguien dejara allí; y así era: el poder de soñar que yo sólo tenía en ausencia suya, volvía a encontrarlo en aquellos momentos a su lado, como si, dormida, se hubiera convertido en una planta. De este modo, su sueño realizaba, en cierta medida, la posibilidad del amor: sólo podía pensar en ella. Cuando ella dormía, yo no tenía que hablar, sabía que ella no me miraba y, por tanto no tenía necesidad de vivir en la superficie de mí misma.

¡Caramba Ermessenda!
¡Eso sí que es un amor sobre todas las cosas!

                                               J. R. Bach

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