19 ene. 2015

se llamaba Regina, su hermana Carmen, su madre era peluquera

REGINA

 

La veía todos los días en el metro.

La esperaba siempre sentado en alguno de aquellos graníticos bancos. Ella lo sabía y no es que me huyera de mi mirar, pero

 

evitaba el abordaje –no sólo el mío-

y se hacía rodear de varias compañeras, de forma que nunca iba sola. Estirando la oreja cerca de aquel grupito

 

recababa mucha información:

se llamaba Regina, su hermana Carmen, su madre era peluquera y eso explicaba lo bien peinada que iba.

 

Con tan sólo quince años

dediqué muchas horas –como lo haría cualquier dios- a contemplar sus gestos, su sonrisa espontánea y limpia, adolescente,

 

la manera de llevarse el lápiz a sus labios

cuando, concentrada, remataba los deberes de aquella escuela de la que yo sólo sabía que las faldas a cuadros rojos eran parte del uniforme.

 

Os aseguro que aquel día

al salir del agua de la piscina del Club de Natación de Pueblo Nuevo el mismo Apolo se hubiera deshecho en las gotitas que caían de su cuerpo,

 

que, por otra parte, iluminaban

con reflejos irisados las doce del mediodía enlazando sus cabellos como las serpientes de la Medusa,

 

cuando justamente

los rayos del sol que penetraban por los grandes ventanales del recinto deportivo jugaban a hacer equilibrios

 

en su blanco rostro

y los dedos de los pies orlados por delicadas uñas pintadas de rojo.

 

Parecía que varios dioses

pudieran estar peleando con el mismísimo Apolo por ocupar un rincón en los bucles de algodón de su toalla mojada y,

 

mientras dibujaban su silueta de agua y salitre dulce,

el tejido no podía evitar que sus nalgas se grabaran en él como si fuera sobre la arena de una playa.

 

Yo también, de haber sido posible,

me hubiera peleado con cualquier criatura, monstruosa o no, por hacer resbalar mi saliva junto a aquellas gotas que discurrían por su espalda o

 

simplemente por aplastarme

levemente como la toalla contra sus pezones o contra la piel de sus párpados cerrados.

 

Aquel día sentí que la inmensidad

era el único teatro de aquellos ojos, como su teatro era ella, sola, sólo ella.

 

Nunca más la volví a ver

tan ligera de ropa. Guardé aquel momento y todo su color en los archivos de mi alma y me dispuse a irme de su vida.

 

A veces no hay que pensarlo tanto:

tienes que irte, desaparecer del mundo de la amada, introducirte en la calle y mezclarte entre los rebaños de los solitarios…

 

Pero es que Regina…

¡era tan bonita!

                                                          Johann R. Bach

                                                                                     

4 comentarios:

  1. Poema lúbrico, erótico. Si no fuera un dios sería tachado de pedofilo; pero a los olímpicos se les perdona todo, hasta soñar con braguitas de colegiala

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  2. Se está hablando de un tiempo atrás donde la belleza y la edad son equitativas ....y considero que el amoraunque sea platónico es bello y te llama sin que uno lo elija o lo fuerce....
    Así que creo que exageras Anónimo. >_<

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  3. Bueno, al escribir se manda un mensaje que es el 50% de la faena; el otro 50% lo pone el lector al interpretarlo como es lógico a su manera

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