9 sept. 2014

he escuchado una voz que invadía -la de la diosa Vagalume-

VOLVER A LA VIÑA

Vuelvo, por enésima vez, a la viña de mi infancia.
La gatita ha crecido desde mi última visita y ya tiene un gatito el primero fruto de sus correrías nocturnas. Bórax aún no es adulta aunque su cabeza de mastín de Burdeos es enorme.

Duermen juntos
-a pesar de no ser de la misma especie- como el resto de las manchas de grasa en el garaje. Sólo buscan de sus dueños caricias y proteínas diarias.

Yo que he buscado la libertad
en las palabras, en el lenguaje de varios idiomas y no soy más libre -creo- que esos animales domésticos en sus silencios.

Miro el horizonte teñido de rojo por la viña
y tengo la sensación de que robé el hilo con que se zurcieron nuestras lenguas y habiéndolo cortado en pequeños fragmentos, como palabras traducidas, intento hilvanar solamente las sílabas más importantes...

Bórax –ese pequeño monstruo-
me empuja la pierna para que la acaricie: las horas de soledad guardando la viña hacen mella en su aún tierno corazón;

miro sus enormes dientes
que asoman, temblorosos, y no es a causa de que ría a carcajadas; son como una sierra que busca abrirse paso ciegamente hacia el futuro árbol a abatir.

Después de mirar cómo corretean
durante un buen rato dejo de observarlos concretamente uno a uno, y paso a percibir tan sólo un baile de formas y colores apagados,

una liviana coreografía de saltos
y carreras contra el ocre plateado del estanque colmado por las últimas lluvias.

En esos momentos la vida es
ese zigzagueo impredecible, un mapa de impulsos eléctricos que sólo parecen concertarse en los ojos del observador

como si la distancia euclidiana
fuera también un préstamo de tiempo capaz de igualarlo todo, de nivelarlo sin resistencias.

A la larga,
la erosión de los años deja en nada las muescas, los salientes, los detalles característicos, y eso justamente me parece sentir ahí en medio de esa sacra viña.

Con las manos en los bolsillos,
balanceándome apenas contra la valla que separa la finca del olor a bosque sagrado

oigo el rumor lejano de un tractor
y las voces de los compañeros paseantes que se mezclan extrañamente a mis espaldas.

Vuelvo a fijarme en la alegría de los animales,
en cómo celebran nuestra compañía, entregados libremente a su paseo junto a nosotros.

Es como si en su interior
tuvieran una mancha palpitante que muchos veterinarios confunden con el corazón,

un borrón que se mueve caprichoso
y que dicta sus brincos, sus carreras, sus vueltas y revueltas nerviosas sobre las primeras hojas caídas de los árboles caducifolios.

El nuestro –a diferencia del suyo-
es un mundo de palabras: a la quietud la llamamos "silencio", que es la palabra más simple de todas.

La naturaleza entera habla,
e incluso las cosas ideales emiten vagos sonidos con sus alas visionarias;

¡pero, ay, no es así
cuando de esta manera en los reinos de lo alto pasa la voz eterna del propio Universo y en nuestro cielo los rojos vientos cesan!

Me he quedado quieto,
no respiro, pues he escuchado una voz que me invadía -la de la diosa Vagalume-

¡con qué solemnidad!
el aire en calma, sonido del silencio para el medroso y duro oído al que los soñadores poetas denominan

"la música de las esferas".

                                                                                     Johann R. Bach

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