10 sept. 2014

Yo era ambicioso –lo reconozco-, Pero… ¿has conocido esta fiera pasión?

DIADEMA FEBRIL SOBRE LA FRENTE

¿Cómo explicar tantos cambios
contenidos en unos pocos lustros?

No he sido siempre como soy ahora;
la diadema febril sobre mi frente, la reclamé en tiempo y forma.

Ante el silencio administrativo habitual
o la contumaz negativa de amigos que no eran tales, afanosos vecinos, familiares envidiosos y clérigos celosos de mi fama en potencia, no tuve más remedio que

ganarla usurpándola;

Sí, sí; la misma herencia dio Roma al César, esta a mí.
La herencia de una mente regia y de un espíritu orgulloso que ha luchado triunfalmente con la especie humana y, en general, con la vida arraigada sobre este planeta.

Con el rocío de Los Pirineos
mi alma se imbuía de un sentir profano viviendo, en sueños, con sigilo su esencia que a mí se aproximaba.

¡Qué suerte la suya! –decían-;
nunca oí decir que todo lo que conseguí fue gracias a miles y miles de horas de continuado esfuerzo.

El mundo
con todo su séquito de belleza luminosa y feliz (pues para mí todo era un deleite indefinido),

el mundo, su alegría,
su parte de dolor, que yo no sentía, sus corpóreas formas de variado ser, que contienen los espíritus incorpóreos de las tormentas,

la luz del sol y la calma,
el ideal y las vagas vanidades de los sueños, terriblemente hermosos, las naderías reales de la vida de vigilia a mediodía

de una vida encantada,
que parece, ahora que miro hacia atrás, la lucha de algún diablo malo poseedor de poder que me dejó en alguna hora maligna,

todo cuanto sentí o vi o pensé
(lleno de belleza ultraterrena), acumulándose, confuso se convirtió en ti, y en la nada de un nombre.

¡Sí! Yo era orgulloso;
y tú mi diosa, que conoces algo de la magia de esa palabra reveladora, tantas veces pervertida,

comprenderás mi desprecio
hacia aquellos que nunca me hicieron aprecio, cuando este mail llegue a tu ordenador.

O bien comprenderás cuando oigas
en el viento que era quebrantado el espíritu orgulloso, que ardía en agonía el corazón orgulloso a una palabra o muestra de reprensión de aquellas personas a las que me acerqué tan inútilmente.

Yo era ambicioso –lo reconozco-,
Pero… ¿has conocido esta fiera pasión?

No, tú no, mi amor.

Siendo yo un simple observante de los cielos,
señalé como mío un escaño, un sillón sobre la mitad del mundo. ¡Y me quejaba de tan humilde suerte!

Pero me abandonó,
como un sueño que con paso ligero huye como la escarcha bajo el sol, ese ardiente pensamiento, y desde entonces,

ya no me agobia el rayo de la belleza
que dura toda la vida, más bien me preocupo de permanecer junto a él aunque caiga a centenares de kilómetros sobre otro mar.

                                                                Johann R. Bach

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