1 jun. 2014

una opinión madura en la polémica entre los partidarios de Lamarck y los de la epigenética y no es indiferente a los girasoles,

CAMPAMENTOS EN LOS ANDES

 

Cuando yo aún no sabía

que detrás de las estrellas había más estrellas y nubes de polvo cósmico que tapaban otros cielos llenos también de estrellas,

 

de puro amor propio mal entendido,

por falso orgullo, no iba a coger frambuesas, ni me arrodillaba para recoger setas.

 

Pero no porque no me gustasen,

sino porque prefería las piñas góticas y las bellotas con minúsculas capuchas de monje.

 

Me impregnaban las manos

del olor maravilloso de la resina. Me convencían. En su ternura protectora, en su embobamiento geométrico,

 

yo sentía,

como el embrión de la arquitectura de aquellas piñas, el genio que me ha acompañado toda la vida.

 

Quien inventa,

al contrario del que descubre, no añade a las cosas, no aporta a los seres sino máscaras, alejamiento del mundo natural, una papilla de hierro.

 

En los campamentos

donde se analizaban los descubrimientos de los asentamientos prehistóricos no sólo se rehacían sobre el papel posibles habitáculos sino que a la caída de sol las frugales cenas eran como una bendición para el alma.

 

Alguien explicaba

que detrás de las tiendas se había instalado un bronceado indígena que bebía Pisco, leía diarios, tiraba los huesos como si fueran dados y cuando oscurecía se acurrucaba detrás de una roca y bajo una polícroma manta de lana roncaba.

 

Otro comparaba el Diógenes de Sinope (El Cínico)

con una señora feudal japonesa, y que gracias a él se podían encontrar rastros de las civilizaciones antiguas, un tercero afirmaba a grito pelado que el Japón era un país de espías y de motoristas.

 

El objeto de la conversación

se exprimía alegremente, como un anillo -y su mano- que se pasea por la espalda, y el salto del caballo del ajedrez que siempre obliga a dar un rodeo, reinaba como un señor absoluto de la charla de sobremesa.                                                        

 

Yo me limitaba

simplemente a enumerar las virtudes de las biólogas modernas:

 

"No sé cómo debe ser para las otras,

pero para mí el encanto de una mujer aumenta si es una joven dispuesta a viajar,

 

y que sabe lo que es dormir

durante cinco días sobre el banco duro de un viejo tren andino durante una expedición científica,

 

domina el latín de Linneo,

tiene una opinión madura en la polémica entre los partidarios de Lamarck y los de la epigenética y

 

no es indiferente a los girasoles,

a las especies de colores del algodón, la chicoria dulce o a los efectos del cornezuelo de centeno.

 

Y encima de la mesa

improvisada sobre la roca se desplegaba una espléndida sintaxis de flores campestres enredadas, de alfabetos diferentes, gramaticalmente incorrectos,

 

como si todas las formas preescolares

de la existencia vegetal se hubieran fundido en un melodioso poema de antología.

 

¡Por fin toda la vida, cuando arranco la dulzura de aquellos huesos enamorados de su tierra y descubro cómo nuestros antepasados permanecieron cerca de las nubes!

 

¡Querían tocar el cielo!

 

                                                            Johann R. Bach

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