15 may. 2014

Una tenue llama que de temor cubría sus extremidades de vergüenza de doncella y de misteriosos deseos

AGARICUS

 

¿A qué extraña deidad se le ocurrió

en un mundo tan inmenso, tan variadamente mugriento, rociar el manto de los bosques con esporas de Agaricus?

 

¿En qué maravilloso antojo

fueron las Formas de todos aquellos monstruos –desde el Tyranosaurus rex hasta el vegetariano Diplodocus- engendradas?

 

Aquellas esporas misteriosas crecían

bajo el humus de los bosques sagrados llenando de motitas blancas las rojas capuchas… distorsionando la caótica realidad.

 

Los griegos guiados

por las alucinantes historias de los marinos que refugiándose de la tramontana en las Costas del Edén comieron aquellas demoníacas setas y se establecieron formando una colonia denominada Emporium.

 

Allí, en aquellas costas,

surcando el mar azul con sus promontorios, se encontraba su esperanza, la esperanza de un mundo, la semilla de todas las glorias que estaban por llegar;

 

allí, también, debía, sin duda, vivir

aquella Diosa del Amor que sola podía medicinalmente dar alivio con su belleza al dolor del Dios Poseidón,

 

aquél que mirando con sus encendidos ojos

provocaba tormentas de gran aparato eléctrico que deslumbraba rocas y playas de arena blanca.

 

Como un haz de luz,

sus absortas miradas la cima de las montañas tocaban con una rápida llama, y en profundidad exploraban los valles, agrietaban el denso bosque y el sueño multisecular de abovedadas cavernas sobre cuyos lodos dormían apaciblemente los fuertes ungulados Centauros;

 

y el bramido

del más que humano vocerío subterráneo latía en vivas y palpables ondas de sonido de pared en pared, hasta que retumbaba en el aire;

 

y ante ese hueco grito

que de toda la enorme colina una declaración parece, de reír dejan los marinos encargados del pastoreo y quietos quedan.

 

Dormidas bajo el cielo del mediodía

las tiendas de los colonos se espabilan ante el paso de su ojo abrasador; y en sus ábsides,

 

cierran los ojos

los espantados remeros ante el veloz fogonazo que irrumpe de repente por cada resquicio de embarradas paredes, escuchando con temeroso asombro, durante los prolongados segundos, el estampido –que no sobreviene: son los que más miedo tienen.

 

Poseidón busca presuroso.

Más de una doncella hija de aquellos primeros habitantes de la península del Cap de Creus, al bajar con sandalias por acostumbrados caminos entre los olivos, cuyo espíritu vagaba por los más bellos parajes de la imaginación cuando

 

De repente empezaba,

del sueño totalmente despierta, a ver una luz que no era la del sol, una luz por ojos vivaces proyectada, deliberadamente brillante; y la sentía como

 

una tenue llama

que de temor cubría sus extremidades de vergüenza de doncella y de misteriosos deseos.

 

Anhelante y aterrada,

ocultando su rostro entre sus manos caía desmayada. Cuando la terrible luz había pasado se despertaba;

 

el sol aún relucía,

los olivos temblaban con un plateado susurro en la brisa y todo volvía a ser como fue,

 

excepto ella sola

en cuyos aturdidos ojos aquella luz inmortal había brillado: nunca, nunca desde aquel día en adelante ella olvidaría lo que es la felicidad en la estéril pasión de la tierra.

 

El deseo de un dios había buscado su alma;

nada sino ese mismo intenso fuego puede encender la muerta ceniza -mezclada con azúcar- en nueva vida, haciendo soportable durante todos sus años su solitario dolor.

 

                                                                    Johann R. Bach

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