11 may. 2014

...flor y fruto a un tiempo de doradas tintas, mezcla esmaltada de alegres y diversos colores

EL SILENCIO DEL PLA DE LA CALMA

 

Nadie hubiera creído lo que vi

cuando, insomne en aquel Pla de la Calma, salí fuera de la borda conde nos habíamos refugiado de la tormenta de granizo.

 

De explicarlo

me hubieran tomado por el mismísimo Diablo ya que las sospechas nunca significan para los humanos un designio positivo.

 

Abandoné el calor de mi saco

y el blando colchón de paja de aquél refugio de piedras hábilmente colocadas por algún providencial pastor,

 

salí como la aurora

al campo completamente blanco. El granizo lo cubría todo con sus granos esféricos llenos de gotitas de aire,

 

caminé ligeramente para no enfriarme.

 

Junto al camino

había una enorme encina que parecía haber sobrevivido a los vientos de aquella meseta que parecía rozar el cielo. Me apoyé en ella y

 

vi aquello que nadie hubiera creído que vi.

 

Sintiendo que la temperatura del aire mejoraba

todo parecía como si de repente hubiera entrado en los confines del Edén, en donde un deleitoso

 

Paraíso, en aquel momento más cercano,

coronaba con su verde vallado como un rural baluarte la planicie de un erial escarpado -limpio ya del granizo caído-,

 

cuyos bordes hirsutos

de crecidos matorrales y espesa salvajez, negaban la entrada. Pensé si estaba soñando con el Valle del Silencio situado a los pies del pico Aquiana, en los Montes Aquilanos de la Comarca de El Bierzo en León.

 

En la cima de aquel paisaje

crecía insuperable una umbría de gran elevación. En ella estaban situados casi geométricamente cedros, pinos, abetos y copudas palmeras combinadas con granados y naranjos.

 

Era un auténtico y bucólico escenario

y a medida que sus ramas subían superpuestas, de sombra sobre sombra, se ofrecía un boscoso anfiteatro de una majestuosa visión.

 

Con todo –seguí grabando en mi retina-,

por encima de sus copas surgían unos muros secos que parecían proteger bancales de dorados olivos, de verdor y de belleza llenos.

 

Y por encima de aquellos muros

se veía una hilera circular de los mejores árboles, cargados de los más bellos y desconocidos frutos, flor y fruto a un tiempo de doradas tintas,

 

mezcla esmaltada de alegres y diversos colores;

 

en los que el risueño sol

imprimía sus rayos con más gusto que sobre nubes de una hermosa tarde en aquella meseta del Pla de la Calma,

 

o sobre el arco iris

cuando Dios ha rociado la tierra con la lluvia.

 

Tan hermoso el paisaje parecía

que casi me olvido de mis compañeros empeñados en la prolongación de sus sueños en un campo helado por el granizo en aquel gris amanecer.

 

Si les hubiera contado lo que ví…

 

                                                     Johann R. Bach

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