1 ene. 2013

INDUCCIÓN FÁCIL AL COITO. Cap 50 de "La Chica de Kiefholzstrasse

                                  Calypso y Ulises

 

·         Inducción fácil al coito

              PHOSPHORUS C200

 

Me pongo ante el ordenador.

Debo escribir lo sucedido ayer y no sé por dónde empezar. Parece como si detrás de la pantalla hubiera alguien leyendo lo que voy escribiendo. Miro detrás del ordenador y debajo de la mesa para convencerme de que estoy sola y nadie va a leer mi relato, por lo menos en los próximos diez años.

 

Todo empezó en el cine.

Entré no por la película, sino para hacer tiempo. Había quedado con mi amiga Rafaela para ir a cenar a algún restaurante de Prenzlauer Berg. La sala estaba casi vacía.

 

Tomé asiento en la última fila,

casi en el centro. Casi inmediatamente se situaron dos chicos y una chica en la fila de delante, pero dos butacas hacia mi derecha de forma que yo podía apreciar mirando de reojo el perfil del chico más cercano.

 

Cuando la luminosidad de la pantalla aumentaba,

se apreciaba un busto, como el de una estatua griega del siglo VI a.C.: la cabeza algo grande con un fuerte mentón y nariz recta estaba cubierta por una abundante cabellera de pelo rojizo y crespo. Sus labios casi inmóviles eran gruesos y sólo su nuez de adán destacaba en la misma proporción. No podía evitar el mirar esa preciosa imagen casi continuamente.

 

El debió apercibirse de mis intensas miradas

porque de vez en cuando giraba el rostro hacia atrás y me miraba. Una de las veces se quedó mirando mis piernas más de lo esperado:

 

mis rodillas estaban a la altura de sus ojos.

Sentí como una oleada de calor que partiendo de mi vagina me subió hasta el rostro. Me tranquilizó pensar que en la penumbra de la sala ese rubor pasaría desapercibido, cuando otra mirada sostenida sobre mis piernas me provocó otra oleada de calor aún más intensa que la anterior.

 

Empecé a sentir una intensa titilación

entre las piernas que seguía el ritmo de las pulsaciones del corazón. Noté que me estaba mojando y sentí una necesidad imperiosa de mostrar mis genitales.

 

Abrí mis piernas y me remangué un poco la falda.

Evidentemente el chico no podía apreciar nada excepto mi erótica postura. Apoyé mi mano en el respaldo de la butaca delantera como ofreciendo en un gesto apreciable todo mi interés.

 

Él pareció comprender la maniobra

y extendió su largo brazo izquierdo por encima de las butacas alcanzando rápidamente mi mano.

 

Su mano era cálida y algo blanda en su palma

y al enredarse sus largos dedos entre los míos sentí que las palpitaciones de mi vagina se convertían en punzadas agradables.

 

Inclinando el cuerpo hacia adelante

acerqué  su mano a mis labios y la besé. De pronto se encendieron las luces y el encanto de la situación desapareció rápidamente. La pareja que acompañaba a mi erótico personaje no se percató de nada.

 

A la salida del cine me estaba esperando

y en su nerviosismo mal disimulado no atinaba a decirme una sola palabra. Yo esperaba algún gesto, alguna mirada que me diera la oportunidad de tomar la iniciativa.

 

Finalmente me situé a su lado

y cuando hubo despedido a sus amigos le tomé de la mano y comenzamos a caminar sin decir palabra.

 

Poco antes de llegar a mi estudio

de Elsenstrasse me preguntó cómo me llamaba. A partir de ese momento, cerré los ojos a cualquier realidad, obligación o conveniencia, sólo estabámos él y yo.

 

Así empezó una de las noches más eróticas de mi vida...

Había salido ya el sol cuando nos dormimos en un abrazo interminable.
 
                                                                                                          Elisa R. Bach
                                                                                              www.homeo-psycho.de

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