29 oct. 2012

CANTO DE GUITARRA BAJO EL POLVO DE LAS ESTRELLAS

                               POLVO DE ESTRELLAS

 

Te detienes ante un semáforo rojo.

Miras por el retrovisor. Una moto se ha detenido detrás de tu auto. Ves un hombre de cabeza grande, cara redonda, labios gruesos y sus gafas protectoras del viento no pueden ocultar sus ojos rasgados de lo que deduces que esos rasgos corresponden a un chino.

 

El hombre aprovecha la parada

para girar su cara y abroncar a una bellísima niña de unos seis o siete años que probablemente es su hija. El semáforo se pone verde y todos los vehículos arrancan.

 

En el siguiente semáforo rojo

detienes de nuevo el auto. La misma moto también se detiene, pero esta vez en la parte izquierda, junto a tu ventanilla semiabierta la cara de la niña queda muy cerca de la tuya.

 

La escena se repite.

Aquel hombre aún no se había vaciado de su mal humor y girando la cara hacia la niña la sigue abroncando. La niña me mira como pidiendo comprensión.

 

Sus dulces ojos quedan fijados

en mi retina. Intento que de mis labios salga la mejor de mis sonrisas. Ella también me sonríe aunque se le escapa una lágrima. Los coches arrancan y piensas que no volverás a ver a esa niña.

 

Oyes musitar allá abajo

en el jardín; no puedes olvidar la belleza de los ojos rasgados de la niña de la motovespa; cómo muy suavemente le había resbalado la sonrisa acompañada de la lágrima.

 

En el comedor las manzanas

hacen olor sobre la cajonera mientras la abuela enciende cirios dorados.

 

¡Oh qué benigno es el otoño.

Suenan tenues tus pasos sobre el viejo piso de madera mientras afuera los altos árboles se visten con sus mejores galas ocres y las plantas trepadoras enrojecen sin alcanzar sus copas.

 

¡Oh que grave se muestra

la faz del crepúsculo! Es el misterioso silencio rojo de tu boca, sombreado por la somnolencia del follaje el que se impone junto al oro oscuro de los quemados girasoles.

 

Un canto de guitarra

rompe el silencio desde un hostal cercano, al tiempo que las matas salvajes de sauco, allá abajo, ven rodar las castañas que se desprenden de sus claustros en estos días de noviembre.

 

Dejas una ventana abierta,

como es costumbre, para que entre el aire fresco y también la esperanza… Es el milagro anual del otoño que nos golpea y nos obliga a doblar las rodillas.

 

¡Oh noche!

 

Qué oscura te muestras

con la luna escondida como la llama purpúrea que se te ha apagado en la boca.

 

En tu silencio expira la música

de cuerdas solitaria del alma temerosa. ¡Deja, pues, que la cabeza, ebria de ese vino cargado de polvo de estrellas, caiga en la almohada del césped junto al romero!

 

¡Oh noche!

 

Deja que el polvo de tus estrellas,

empaquetado en diminutos clústeres, resbale sobre nuestros rostros como la lágrima de una niña.

                                                                            Elisa R. Bach
                                                                    www.homeo-psycho.de

                                                                 

 

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