7 feb 2012

Invierno del 62. "El canguro se traslada a base de saltitos lógicos" (CAP. 15 DE BARCELONA NACIÓ CON LOS GRANADOS)

Capítulo 15   

 

·         Carácter reflexivo y filosófico. Caluroso y diarreico

              SULFUR 200 CH

·         Carácter complaciente. Friolero y estreñido

              SILICEA 200 CH

 

Invierno del 62

 

Eres música

 

que cae sobre sí misma al dormir,

pero aquella mañana despertaste

bajo el silencio de los blandos copos

de un crudo invierno.

 

Era el año 1.962

 

y tu sueño de nieves del norte

llamaba a tu ventana.

Excitados y jubilosos tus hermanos,

exhortaban a celebrar la navidad.

 

Tú, con apenas 18 años

 

No viste aquel tranvía 24,

de cuatro puertas, varado

en la Travessera de Dalt,

cubierto de nieve, ni sentiste

 

el viento helado

 

resbalando por la calle

Ntra. Sra. del Coll;

os habíais mudado a una casa

alcanzable con el tranvía azul

 

o subiendo lentamente

 

Por la Avenida del Tibidabo a pie

en un movimiento extraño

de un mundo que avanzaba

a paso de tortuga.

 

igual que un sueño

los árboles estaban helados

y los veías como tu próximo destino:

hoteles solitarios y con una historia

que pudiera contarse como única.

 

¿Te acuerdas de la nevada del 62?           Elisa R. Bach

 

Mientras preparábamos el viaje a la Costa brava yo iba sacando de cada rincón de mi memoria anécdotas que estaban dormidas como si no hubieran sido importantes, pero a medida que estiraba del hilo iban saliendo más y más momentos vividos intensamente. Recuerdo aquel invierno del 62, el invierno de la gran nevada. Llegó prematuramente con las grandes lluvias de un 25 de septiembre. El agua arrasó miles de casas construidas junto a rieras en Rubí y Terrassa. Fue una gran catástrofe.

 

Recuerdo que en aquel año el curso en el Instituto comenzó alrededor del 5 de octubre y en esos días aún se pedían voluntarios para paliar los efectos de aquella catástrofe. Mis hermanos acudieron en ayuda de los damnificados. Yo no pude ir porque consideraron que yo era todavía una niña. Yo no me tenía como tal, pero ya se sabe la pequeña de la casa siempre es la pequeña: no es un problema de años. El curso empezó con gran alegría para mí.

 

El Instituto donde estudié todo el bachillerato era el más bonito del mundo. Estaba levantado en mitad del Parque de La Ciutadella, rodeado de cuidados árboles, con una cascada monumental y el lago artificial formando parte de sus encantos donde había cisnes paseando plácidamente sobre la piel del agua. Junto al Instituto había también un jardín botánico y hasta un zoológico. El Instituto Cinto Verdaguer era femenino y todas llevábamos un uniforme inconfundible. Constaba de un vestido de cuadros verdes y un jersey azul marino. La mayoría de las chicas usábamos leotardos o pantis para combatir el frío en las piernas.

 

A las horas de entrada y salida del Instituto se formaba una nube de cuadros verdes en la entrada de los vagones del metro en la parada de Triunfo, mezclándose con la vorágine de cuadros rojos y jerseis grises de las chicas que estudiaban magisterio y ya venían dentro de los vagones porque ellas subían una parada antes que nosotras: Urquinaona.

 

Los chicos que viajaban en el metro junto a nosotras provenían del colegio religioso de la Calle Caspe o del Instituto Jaime Balmes. Se ruborizaban ante tantas chicas y bajaban sus ojos incapaces de soportar tanto erotismo desbordado. Y es que las chicas en grupo éramos temibles como abejas celebrando la primavera. . A veces algunos chicos haciendo campana nos acompañaban por el parque en nuestros paseos a la hora del recreo y cuando alguno de ellos lograba robarnos un beso nos hacíamos fosfatina.

 

El Instituto era para mí una fuente inagotable de cosas nuevas. Las compañeras explicaban qué habían hecho durante el verano y hablaban por los codos dentro y fuera de las aulas. Recuerdo a todos y a cada uno de mis profesores. El de matemáticas nos revelaba cada día algo nuevo, algo apasionante. Comprender que un número entero podía ser expresado por un par (a,b) de números naturales me hacía sentir un cosquilleo en el pecho indescriptible, pero cuando descubrí los números imaginarios fue la leche. ¡Números imaginarios! ¡Números que se escapaban de lo real (de la Recta Real)! Mi imaginación había entrado en un universo nuevo.

 

En literatura teníamos un profesor que era Académico de la Lengua. Era un engreído del culo. Nos decía que teníamos mucha suerte de tener un profesor como él. Nosotras calladamente, mirábamos hacia atrás para que no nos viera la sonrisa maliciosa que aparecía en nuestros labios. El estudio de la poesía consistía en un recuento de sílabas, estructura de versos que rimaban jocosamente y, por supuesto no era la literatura nuestra asignatura preferida.

 

Recuerdo que una compañera de clase se llamaba Martínez Ruiz y naturalmente le pusimos de mote La Azorina. Se dedicaba a ridiculizar sistemáticamente al profesor con toda clase de recursos. Aquel profesor olía a sudor como de ajo y era un poco guarro: borraba la pizarra con la mano y luego se restregaba los restos de tiza en los bordes de la chaqueta –siempre la misma de color azul marino- En ese momento se levantaba La Azorina y con un cepillo de la ropa traído de su casa le cepillaba su brillante chaqueta.

 

La Azorina no fumaba –ni ninguna de nosotras-, pero en cuanto el profesor se ponía el cigarrillo en la boca La Azorina salía disparada desde su asiento, catapultada hacia él para darle fuego. Nosotras coreábamos lo típico: ¡Pelota! ¡Pelota! Pero La Azorina estaba orgullosa de sus travesuras y levantaba las manos en señal de triunfo.

 

El Profesor de francés era un viejecito que no se quitaba el puro de la boca ni para explicar la clase. Nosotras para imitarle nos poníamos un buen trozo de regaliz en la boca imitando el puro del profesor e intentábamos copiar el "auténtico acento francés". Cuando el profesor nos decía que no debíamos tener el regaliz en la boca al hablar saltaba La Azorina diciéndole que así el acento francés era más puro (refiriéndose al puro que él llevaba en la boca. Nos tronchábamos de risa.

 

En aquellos años si querías presumir de "progre" tenías que ser una furibunda defensora de las teorías de Darwin, pero dentro de las aulas debías mantener la boca cerrada porque esas cosas se discutían en la universidad y en ambientes "revolucionarios o liberales". Aquellas teorías de la evolución de las especies no me preocuparon mucho en aquel entonces, pero cuando fui con Yvette al zoo de Saint Etiènne, reconozco que me inquietó un poco la polémica –siempre viva- sobre ese misterio de la vida y sus criaturas. Ya pasado Le Grand Quevilly, Yvette conducía despacio, con su ventanilla abierta, atravesando el precioso bosque de hayas, resbalando entre el aire fresco de la mañana y entusiasmada, me explicaba sus ideas acerca de la Teoría de la evolución de las especies.

 

Ya en el zoo me decía: "Mira, La Fontaine preparó –creo- la teoría de Lamarck. Sus animales sesudos, moralizantes y razonables eran un material vivo precioso para la evolución. Ya se habían repartido los mandatos entre ellos". Sonreía y yo todavía no captaba su humor.

 

"La razón artiodactilar –continuaba Yvette su discurso- de los mamíferos viste los dedos de éstos con un cuerno redondeado". "Mira mi amor –insistía, ya carcajeándose- cómo el canguro se traslada a base de saltitos lógicos". "Fíjate, ese marsupial, en la descripción de Lamarck, está constituido por unas patas delanteras débiles, es decir, resignadas a su inutilidad, unas patas posteriores muy desarrolladas, es decir, convencidas de su importancia, y una prótesis poderosa llamada cola".

 

"Esta teoría de la evolución ha encontrado refugio –continuaba diciéndome Yvette- dentro de los jardines de Luxembourg y se ha cubierto de pelotas y faldillas". Yo ya me había apercibido de que en París no había niños y en les Jardins de Luxembourg, junto al Bd Saint Michel, se exponía la única muestra existente de ellos como una especie en vías de extinción. Para Yvette Lamarck era de la raza de los antiguos afinadores, que tecleaban con sus dedos huesudos en las mansiones de otros. Sólo tenía permiso para las escalas cromáticas y los arpegios infantiles. Napoleón –con su reconocimiento- le dejaba afinar la naturaleza porque la consideraba como una propiedad imperial.

 

"En las descripciones zoológicas de Linné –continuaba Yvette sin descanso- no se puede dejar de advertir el legado y cierta dependencia del zoológico de feria. El amo de la barraca ambulante y/o su charlatán contratado se esfuerzan por mostrar las excelencias de la mercancía. Qué poco se pensaban aquellos pregoneros que llegarían a tener un cierto papel en el origen del estilo de las ciencias naturales clásicas. Mentían como bellacos, el hambre les hacía decir disparates, pero, al mismo tiempo inducidos por el entusiasmo, llegaban a creerse lo que decían".

 

Linné de pequeño, en su pequeña Upsala, no podía visitar las ferias, no podía no prestar atención a las explicaciones, plantado delante de la barraca de fieras ambulante. Como me pasaba a mí también, se quedaba boquiabierto, sintiendo lo mismo que yo una pena profunda por aquellas

criaturas cautivas y dignas de un mejor trato.

 

Al traer a colación aquí y hacer la comparación entre las obras del naturalista sueco y la elocuencia de un charlatán de feria no tengo, de ninguna manera, intención de desprestigiar el trabajo de Linné. Sólo quiero recordar el hecho que un naturalista es un narrador profesional, un presentador público de nuevas especies interesantes. Los coloridos retratos de animales que contiene el "Systema naturae" de Linné (parecido al de Rodriguez de la Fuente en la televisión española) podrían muy bien ser colgados en la pared al lado de ilustraciones de Goya o Rubens.

 

Salí del zoo, cogida de la mano de Yvette, con la convicción que Linné iluminó a sus monos con las pinturas coloniales más tiernas. Mojaba levemente su mínimo pincel en lacas chinas, trazaba las líneas con pimienta marrón y roja, azafrán, aceite de oliva y zumo de guindas. Y creo que cumplió con su tarea con inteligencia y alegría, como un barbero que afeita a un contramaestre textil, o como una ama de casa holandesa que muele café con un molinillo antiguo sobre su falda.

 

Pasado ya el mediodía volvimos a atravesar el bosque de hayas. Nos detuvimos en uno de los solitarios merenderos. Nos sentamos en uno de los bancos de piedra. El sol no lograba penetrar a través de las altas copas de las centenarias hayas. Fue un picnic maravilloso: ante su sonrisa y el fuego que despedían sus ojos le pedí a Yvette que me besara como la primera vez.  

 

Aquella noche no pegamos ojo. La discusión sobre el origen de las especies nos había robado el sueño y como dos colegialas continuamos hablando sobre el tema bajo las sábanas. Era fascinante lo que Yvette conocía sobre el tema. Decía que la lectura de los naturalistas sistémicos (Linné, Buffon, Pallas) influía maravillosamente en la disposición de ánimo, dirige el ojo y le otorga al alma una tranquilidad mineral como la de la turmalina lítica.

 

Linné me sonaba. Me era conocido como botánico porque había descrito miles de plantas. Pallas me sonaba a griego. Pero Yvette con pocas palabras me puso al corriente de que era ruso. "Aquel que no aprecie la música de Hayden, Gluck y Mozart –decía- no entenderá ni una chispa de Pallas". Él transfirió –aclaró- a las llanuras rusas la redondez corpórea y la afabilidad de la música alemana.  Con sus manos blancas de concertino recogía setas rusas. Setas de gamuza húmeda, terciopelo florido, pero si las partes por el medio, dentro hay azur.

 

Hayden y Mozart me eran algo conocidos , pero Gluck –a juzgar por lo que Yvette decía debía de ser muy importante y desconocido para mí. Gluck no hablaba de la música –me enteré por el diccionario- como "subordinada y auxiliar de la poesía", sino de la música como "elemento secundador de la poesía" y, comparándolo con el arte (por influencia de Diderot y de otros enciclopedistas), la música era concebida por él como el color dentro de un cuadro, o sea la vida, lo que animaba y vivificaba "el dibujo correcto y bien compuesto sin que ello alterara los contornos del dibujo".

 

Yo alucinaba con el tipo de vida al que me arrastraba constantemente Yvette. Ni en sueños podía imaginar aquellos placeres. "De todas las cosas materiales –solía decirme-, de todos los cuerpos físicos, el libro es el objeto que inspira a la persona una mayor confianza. Un libro fijado a un atril puede asimilarse a un lienzo tieso encima del bastidor en el que se halla preparado para ser pintado (o bordado).

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