22 mar. 2017

Y otra vez volvía a sentir sus dedos precavidos


UNA RODILLA HERIDA

Caí bajando por la tartera:
primero la rodilla, la palma de la mano, en seguida todo el cuerpo sobre la tierra pizarrosa empapada de lluvia,

pero aquella lluvia era tibia,
como un don que se nos otorgaba y fue así cómo uno contra el otro, muy cerca, y… allí se produjo el comienzo del deseo.

Con su brazo en mi cintura
y el mío en su hombro iniciamos la penosa salida de aquella zona tan resbaladiza.

Sin darnos cuenta
perdimos de vista al resto del grupo, la sangre que manaba de la rodilla se estaba coagulando bajo el pantalón hasta el tobillo.

Fuera ya de la tartera,
Francis quiso examinar mi rodilla y para ello me desabroché el pantalón dejando al aire unos muslos fatigados por la caminata. Él tocaba con el dedo la pierna herida, pero mi imaginación lo situaba bastante más arriba: tuve que girar el rostro para que no viera mis mandíbulas apretarse del intenso placer de aquella caricia y mis gemidos pudieran simular dolor. En veinticinco años de matrimonio no había tenido nunca un orgasmo que se extendiera por toda la columna vertebral cuyas punzadas llegaban hasta alcanzar el cráneo.

Una vez vendada la rodilla herida
pude comprobar que la cosa no había sido tan grave pues continuamos casi con normalidad el descenso y el paisaje acaso de ajedrea de jardín, de menta, daba igual todos aquellos arbustos juntos existían confundidos con nosotros mismos. Francis era un muchacho tímido que hablaba poco –cosa que gusta a muchas mujeres- y cogida de su brazo sentía la presencia del Hombre con sus ventajas sobre mi miedo.

Habíamos entrado en una zona de campo
de inclinación suave y, de nuevo, aunque más lejos, aquel estrépito del cielo de antes, otra vez con relámpagos, un poco menos seguidos y entre arbustos algo más crecidos que parecían estar al acecho de unos rumores, aquella vez más ligeros, como de alas que se agitan, como de minúsculas vidas invisibles, pero que no nos inquietaban, que nos rodeaban más bien como un nuevo sueño sobre la tierra.

Nada había ya inmóvil entre el aire y la tierra.
Intenté pensar en mi marido en su preocupación por nuestro retraso, pero la sensación de flotar en el viento, invadida de placer, era más fuerte. Cojeando al andar iba apoyada del brazo de Francis el improvisado compañero hasta aquel momento un desconocido, precisamente, en el momento en que el dolor parecía estar desapareciendo

de repente empezó a caer sobre nosotros
una tormenta de granizo. La temperatura estaba descendiendo y protegiéndonos a modo de escudo la cabeza con nuestras mochilas, el caminar se hizo tan penoso que obligué a Francis a detenerse. Él, como dándome esperanza, me señaló unas rocas diciéndome que debíamos buscar abrigo en ellas.

En efecto, allí, en un recoveco suficiente
para descansar nos acurrucamos, Francis sacó de su mochila una manta térmica que nos permitió, en parte, librarnos del frío, tapándonos hasta la cabeza de forma que nuestro propio aliento nos calentaba las mejillas. Nuestra situación pareció menos desesperada aunque el granizo y la ventisca continuaban.

Intenté pensar otra vez en mi marido
y en mi hija para evadirme de la proximidad de su boca. Pensé en cómo deberían estar preocupados por mí, pero mis labios se sentían atraídos por suyos con una fuerza ajena a mi voluntad. Con sus besos volvía a sentir aquellas punzadas en la vagina que ascendían hasta los pezones como corrientes eléctricas sutiles y placenteras.

"Escucha -le dije- no sé quién eres… el Ángel Montserrat que ha acudido en mi ayuda o el mismísimo diablo que no ha parado hasta haberme penetrado. Nunca he estado con otro hombre que no fuera mi marido y por ello dudo de que seas realmente un hombre aunque mi mano comprueba aferrada a tu miembro viril que eres de carne y hueso".

Me miraba los dedos
y jugaba a abrirlos y cerrarlos mientras los suyos continuaban acariciando mi pubis y buscaba en medio de aquel placer un nombre a todo lo que estaba sucediendo. La noche estaba cayendo cuando la tormenta cesó, el campo parecía un mar plateado, brillante, la oscuridad iba invadiendo el paisaje cuando apenas veía sus ojos abiertos como nunca los había visto en ningún otro hombre, cuando me quedé dormida sobre su pecho.

Él debió dormir también pues al despertar vi su rostro relajado y con su dulce besar me fue dando la pista de que no había ninguna otra cosa allí, como diciéndome que no había nada más. No me intranquilizó estar allí a su merced: en sus ojos no vi más que amor… Cuando se puso en pie, miré el reloj y sólo eran las seis de la mañana, lo cogí por la manga y casi le supliqué que yaciera junto a mí, que me penetrara otra vez, pues necesitaba saber que todo aquello no era el sueño de una cincuentona con un amante veinticinco años más joven.

Y otra vez volvía a sentir sus dedos precavidos
que me hacían olvidar la Tierra real y que nada, ni siquiera el hambre, era capaz de sacarme de aquella locura. A lo lejos sentí cómo seguían rugiendo los truenos hasta desaparecer en la lejanía mientras en mi tuétano se hacían sentir los torbellinos de color. El resto es fácil de imaginar: el cielo regresó sobre aquello que las palabras habrían de convertir en una especie de barro como en el Origen.

                                                                             Johann R. Bach

3 comentarios:

  1. Rosalva M P
    0:47 (fa 22 hores)

    Que manera de escribir Joan, excelente descripción...Gracias

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  2. XANA GARCÍA
    23:49 (fa 1 hora)

    " No me intranquilizó estar allí a su merced: en sus ojos no vi más que amor…"
    Pasión, ternura,erotismo en este relato,donde ella se encuentra a si misma y con sus sueños anhelados tanto que hasta duda de que todo pueda ser real. Y es que el amor es una caprichosa irracionalidad insensible a la lógica que llena de armonía y luz los más oscuros desiertos. Bello "accidente" pasional, poeta.

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  3. En cualquier lugar del campo o del mar
    surge un inesperado Amor
    solo hace falta sentir su sinfonía para amar.
    Ni se ve ni se oye, tan solo se percibe
    la alegoría donde el ser humano se puede entregar.

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