5 ene. 2014

Una verdadera pléyade de cuerdas elásticas ... controlan desde el brillo de los púlsares a los minúsculos fotones

MIRANDO LOS CIELOS

 

Estuve mirando los cielos

hasta bien pasada la medianoche y mientras bañaba mi retina con las lucecitas de la Vía Láctea me olvidé de mi soledad.

 

La apertura de la cúpula del observatorio

dio paso al aire helado que se desprendía de las cumbres nevadas recordándome que debía abrigarme,

 

algo, por otra parte, tan trivial e ineludible.

 

Mientras caminaba,

atravesando un mundo de olivos, hacia el parquin pensé que no es indiferente el lugar donde se vive.

 

Algunas estrellas se acercan

entre sí peligrosamente. Situadas en la punta de un brazo de una gigantesca estrella de mar se niegan a escapar de ese monstruo del núcleo de donde parte

 

una verdadera pléyade de cuerdas elásticas

que dando la sensación de libertad de movimientos lo controla todo: desde el brillo de los púlsares a los minúsculos fotones que nos alumbran en la oscuridad.

 

Ya eran las dos de aquella noche silenciosa.

Mi cabeza daba vueltas sobre el descubrimiento –por parte de la chica cuidadora de mi tía- de

 

una caja de cartón llena de billetes

de los grandes en un armario revuelto.

 

La imposibilidad de saber

cómo aquella verdadera fortuna había llegado al armario de una pobre anciana con alzheimer me desveló completamente.

 

Entre los síntomas

que sufren las personas con alzheimer se halla la imposibilidad de administrar dinero. Aquel enorme paquete de dinero no podía haber salido del banco.

 

Cómo había llegado aquel dinero

al armario era un misterio y cuánto tiempo llevaba allí escondido, entre ropas que no se usaban desde hacía décadas, también lo era.

 

Estaba sola, completamente sola,

incuso el sueño nocturno que durante tantos años me acompañó, me había abandonado…

 

De pronto me pareció oír

no un murmullo humano sino unos sonidos, unos sonidos siempre en tres suspiros como viento y harina.

 

¿De qué podría tratarse

si la calefacción estaba apagada y el agua no circulaba por las tuberías? De repente  me dije a mí misma: "¡No hay tiempo que perder!".

 

Echándome el cabello hacia atrás

con un trago de vino me puse en pie y, desnuda, palpé en la oscuridad y un momento después la negra fiebre de mi mano abría el armario…

 

En el interior

las polillas agitaban los vestidos y la harina de sus alas flotaba en el seco y enrarecido aire…

 

Fue en aquel momento

cuando comprendí que

era más mortal que mi cuerpo.

 

                                                                   Johann R. Bach

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