13 nov. 2012

MIS DEMONIOS Y MI SALIVA

                           MIS DEMONIOS Y MI SALIVA

 

Mis episodios angustiosos

aumentaron exponencialmente a partir de los treinta y nueve años.

 

Hasta entonces no había sentido

el aliento mercurial de la vejez salir por mi boca. Mi hipófisis demostró –en los análisis clínicos- que repartía equitativamente sus sus hormonas entre la pléyade de glándulas endocrinas;

 

el caudal de mi juventud

permanecía invariablemente en mi riego sanguíneo dentro de los parámetros de referencia. Aún me gustaban los hombres.

 

Todo empezó con un dolor

insidioso en la rodilla derecha –la rodilla de la viuda- que no cedía de forma natural.

 

Me miré en el espejo;

pero aquella vez observé mi rostro como si no fuera el mío. Vi en él la angustia de las abejas y su color amarillo y las venas de las sienes se transparentaban como queriendo salir a respirar a la superficie.

 

Ni que decir que los fuertes latidos

de mi corazón aumentaron ante aquella imagen como la inquietud del que presiente un terremoto.

 

Necesitaba hacer algo;

no podía tumbarme tranquilamente en la cama junto al hermoso cuerpo de mi amante: Eran sólo las tres de la madrugada. No quería molestar su profundo sueño.

 

Me puse a dibujar;

a inventar muebles con ruedas al objeto de poderlos mover más fácilmente en noches como aquellas que es mejor modificar su posición en la casa que destrozarlos con un hacha.

 

La vulgar recomendación

de hacer ejercicio me había llevado a comprar una máquina de correr de esas que pretendidamente refuerza la musculatura, rebaja las grasas e induce al sueño,

 

pero el ejercicio me abría el apetito

y me modificaba el metabolismo hasta el punto de perder mis ya escasas reglas. La libido se convertía en otra angustia permanente y aumentaba hasta cotas insoportables.

 

Los demonios terrestres

-lares, genios, faunos, sátiros, incluso ninfas, hadas, elfos y gnomos- me mordían, hacia la medianoche el epigastrio hasta el punto de hacerme creer que me estaba volviendo loca.

 

No eran demonios inofensivos

pues me hacían cambiar el carácter: me negaba a veces a salir de casa porque la melancolía me invadía nada más pisar la calle.

 

La boca seca –signo de ansiedad-

llegaba a agrietarme los labios, pero al mismo tiempo una fuerte hidrofobia me impedía ingerir líquidos.

 

La presencia de agua me irritaba

y me ponía de muy mal humor, pero al mismo tiempo necesitaba abrir el grifo y oír el discurrir del agua para poder orinar.

 

El médico oficial del Monasterio

fue el único que me dio una explicación satisfactoria, el único que me dijo que no tenía "furor uterino" (término monjil para definir la ninfomanía). El único que me libró de los demonios.

 

Su medicina consistió

en diluir mi propia saliva –con el demonio de la rabia en su interior- en un vaso de agua y después tomarla a pequeños sorbos para no bloquear la tráquea por los espasmos oclusivos.

 

Desde entonces me aficioné

a observar el olor de mi saliva, de mis mucosas y a saber cuándo necesitaba aquel maravilloso preparado.

 

Y curiosamente descubrí

que aquella pócima ennegrecía mis cabellos, detenía el encanecimiento de mis sienes y hacía que mi corazón admitiese más ternura.

                                                                             Sylvia M. Folch
                                                                  www.homeo-psycho.de

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