15 nov 2012

NO AL PESCADO. LA DIETA REVOLUCIONARIA DE ELISA

                          La Dieta de Elisa.   Ataque de gota

 

•             Ataque agudo de gota

                               COLCHICUM AUTOMNALE 15 CH

                               ANTIMONIUM CRUDUM 9 CH

                               BENZOICUM ACIDUM 9 CH

                               FORMICUM ACIDUM 15 CH (o FORMICA RUFA)

 

En cierta ocasión,

en sólo dos días pasé cuatro veces por la majestuosa Unter den Eichen de Berlín. De noche, allí, la luz de las farolas se refleja en las aún abundantes hojas de los robles, dando al paisaje un color amarillento brindando un espacio acogedor a los que, cogidos de la mano gozan del aire puro cobijando, bajo esos robles, un amor.

 

Si de noche la belleza

de la antigua carretera que conduce al centro de Berlín desde Potsdam es fresca y encantadora, en la tarde la exuberante gama de ocres produce un estallido de color en la retina. Sobre un manto de hojas octubreando, se anuncia lluvia, viento y nieve; se invita al paseo suave, lento, reflexivo…

 

Habiendo recorrido dos Km desde Steglitz,

ya en la profunda Eichen Tor1, junto a los nobles árboles situados en la acera norte, descubrí una imagen que se correspondía perfectamente con el otoño de la vida, cuando ya toda floración ha terminado excepto la del cólquico que comienza con fuerza.

 

Una silueta enigmática

encajaba con la caída rápida de las hojas. De lejos aquella imagen, compitiendo con el monolito de la milla prusiana, parecía una estatua inmóvil, llena de masculina belleza, como en una obra de Rodin.

 

Allí sentado en un banco,

con la apariencia de una edad de 45 años se hallaba un hombre algo cabizbajo; la fina lluvia caía sobre su rostro. En su cazadora de cuero, embutido y empapado, jadeaba.

 

Los pantalones elegantemente ajustados y los botines marrones denotaban el origen no humilde de aquel hombre que se había descalzado, despreocupadamente, en el primer banco que encontró a su paso.

 

De su cara surgían unos labios

hinchados, una nariz algo prominente, y una frente amplia cubierta de arrugas horizontales. A pesar de su juventud, con un pelo crecido, crespo, relativamente bien cuidado y prematuramente encanecido sufría las penalidades de la persona excesivamente alimentada con carne.

 

Y, aun gozando

de buenos cuidados personales, el alcohol había logrado ya sus deletéreos efectos haciendo mella en su rostro, pero también en sus pies.

 

Sus dedos desnudos

estaban hinchados; avanzada ya la tarde, la luz del debilitado Febus hacía reconocible una coloración morada, lastimosa; el rictus de su cara, dolorosa en extremo surgía al compás de latidos punzantes.

 

El ligero sobresalto

que a menudo efectuaba delataba los aguijonazos irresistibles. Yo sentía en mi alma lástima y natural compasión; de buen grado me hubiera abrazado a él

 

y hubiera dejado libre

mi sensación de mariposas en mi bajo vientre, pero el mortecino brillo de sus ojos me indicaba que ya todo era inútil para su alma. Sólo sería posible aliviarle el dolor físico en espera del crudo invierno.

El consumo excesivo de carne,

alcohol y tabaco juntos estimula una alta producción de ácido úrico, destruye los tejidos, produce la enfermedad reumática de la gota y aún algo mucho peor: la alienación del alma.

                                                                                        Elisa R. Bach

 

(1)     Eichen Tor. Es el nombre propuesto a la berlinesa carretera que llevaba desde la Alexander Platz a Potsdam (Unter den Eichen) trazada por el mismo arquitecto de La Puerta de Brandenburgo y que en algunos tramos aún conserva cuatro hiladas de encinas.

 

                                          La dieta de Elisa

 

Observar en el cuadro de alimentos de la Dieta de Elisa la fuerte restricción de frutas y pescado y la total prohibición de los lácteos.

 

En efecto

 

La fruta contiene mucho azúcar y ácidos. Esos ingredientes son ya muy conocidos como nocivos para la salud.

 

El pescado no es deseable como alimento (en general) por su alto contenido en sal. También es conocido su efecto sobre la salud (hipertensión, retención de líquidos…)

 

Los lácteos tampoco son recomendables por su alto contenido en ácido láctico (levógiro), sal, azúcar y otros ácidos añadidos (ascórbico, omegas…). Especialmente hay que llamar la atención sobre la responsabilidad de la leche desnatada en la aparición de anemias (rojas y/o blancas), síndromes de fatiga y diabetes.

 

Tabla Alimentos Gota / Ácido Úrico para el tratamiento de la gota

y utilizadas en Dietas Gota, Dieta Ácido Úrico y Dieta Hiperuricemia.

ALIMENTOS

PERMITIDOS
    (A diario)

A LIMITAR
(Máximo 2-3 veces/semana)

NO PERMITIDOS
(Desaconsejados)

CARNES

Y

HUEVOS

Pollo, pavo, ternera y en general carnes con poca grasa. Clara de huevo.

Los que no figuran en los otros apartados. Huevos.

Vísceras (hígado, corazón, riñones, sesos, mollejas, lengua) y carnes grasas (cerdo, cordero)

EMBUTIDOS

Embutido de pavo, pato y pollo. Liebre

Jamón. Cecina.

Todos los embutidos grasos

PESCADO, MARISCOS

(pescado de rio)

Pescado azul (sardinas)

Huevas de pescado, gambas, langostinos, cangrejo, mariscos

SOPAS

Y

SALSAS

Caldos de verduras, consomés de carne poco grasos

Mayonesa, allioli

Caldos de carne grasos, extractos de carne, caldo de cubitos, salsas a base de mantequilla

ACEITES

Y

GRASAS SÓLIDAS

Preferentemente aceite de oliva. Aceite de semillas (girasol, maíz)

  

Manteca de cerdo, sebo, tocino, nata

 

 

 

 

VERDURAS, FRUTAS, LEGUMBRES

 

 

 

Todo tipo de verduras, ensaladas. Incluso con frutas mezcladas

 

 

Espárragos, puerros, rábanos, espinacas, coliflor, habas, guisantes, tomates, legumbres

 

 

 

 

       Frutas

excepto peras y manzanas.

    Setas

LÁCTEOS

Quesos grasos,

Lácteos

CEREALES

Harina, arroz.

Tartas, hojaldres. pastas alimenticias, germen de trigo y salvado, patatas, pan y galletas integrales

   pastelería y bollería industrial

AZÚCAR

Y

DULCES

Azúcar refinado, miel, fructosa, chocolate

  Si hay sobrepeso: edulcorantes

FRUTOS SECOS

Albaricoques y ciruelas pasas

Cacahuetes, frutos secos fritos

   

BEBIDAS

Té, café, vino tinto

    infusiones, zumos naturales, agua mineral.

Alcohol en todas sus graduaciones

ESPECIAS, CONDIMENTOS

Todos

  

  

                                  Sobre el ejercicio

 

Elisa tiene el mérito de haber sido pionera en resaltar varios aspectos de la salud. En su libro "Tus medicinas" explica cómo la dosificación de los alimentos alarga la vida y cómo los excesos alimentarios causan desequilibrios fisiológicos y mentales.

 

Respecto al ejercicio no es diferente el criterio de Elisa. Múltiples estudios científicos han demostrado que el ejercicio provoca apetito y obliga a ampliar la cavidad del estómago (aparición de la hernia de hiato); agota la potencial reserva de insulina (creando diabéticos); envejece tejidos y órganos por oxidación; y, entorpece las funciones cerebrales (intoxicación por exceso de oxígeno).

 

Desde un punto de vista más filosófico que científico se podría convenir en que

 

"NO HAY NADA TAN BUENO COMO PARA ABUSAR DE ELLO"

 

El ejercicio moderado, muy moderado, es conveniente para la preservación del cuerpo. No hay nada tan malo cuando ese ejercicio es intempestivo, violento o excesivo.

 

Galeno (Pathologias, libro 1, cap 16) dice:

"que el mucho ejercicio y el cansancio consumen los espíritus y la sustancia, refrigera el cuerpo; y los humores, que, si no, la fisiología natural habría digerido y expulsado, los altera y los hace enfurecer. Y, al estar así enfurecidos, afectan y molestan de diversas maneras al cuerpo y a la mente (produciendo melancolía)".
 
                                                                                Johann R. Bach
                                                                  www.homeo-psycho.de

14 nov 2012

ORDEN EN LA HUELGA GENERAL

                               ORDEN EN LA HUELGA GENERAL

 

Todo está en orden -son las 8.00 horas)-,

es decir, en silencio y en quietud como en un lago alpino; como en un sábado a las siete de la mañana o como en una huelga general.

 

Todo está en su hipotético sitio,

esperando que la mano elija; pero mire por donde mire, sólo hallo los años de la infancia y el lugar donde nació el héroe del drama y las primeras impresiones

 

aquellas que evocaban

el séptimo acto en la cima del desastre. Todo lo demás parece no contar: pronto se llenará la plaza de gente con la cara tapada en lugar de las máscaras clásicas, vociferando.

 

Ahora sólo las ropas

representan las tres emociones principales: el vestuario con los pliegues presto a la acción, el miedo en los intestinos y los petardos lanzados por sombras provistas de zurrón encenderán el cielo.

 

Entretanto, los hijos asesinados de Medea,

el veneno y el cuchillo esperarán su turno, encerrados en la caja de la vida hasta que ésta se haga intolerable.

 

Sí, sí. Ahí yacen vivos.

Puedes oír su respiración si acercas tu oreja a la tapa, pero hazlo con cuidado no vayas a abrirla antes de que silben las Euménides.

 

En esa caja roja

se encuentra el amor del cuerpo, y en aquella otra, azul, el amor del alma; no vayas a mezclarlos. En la huelga cada actor toma y sigue el papel que más le conviene, no el razonable de irse a casa a hacer el amor.

                                                                               Leo P. Hermes
                                                                     www.homeo-psycho.de

 

Noticia de última hora:

40 piquetes con la cara tapada agreden a un tendero en Barcelona.

                                                               (La Vanguardia. 20.00 horas)

LAS ENFERMEDADES DEBEN PEDIR PERMISO

                LA GRIPE ASIÁTICA      

 

Se te ha caído la aguja al suelo

-le dije a mi madre-; ella, asombrada, me preguntó cómo lo había adivinado.

 

No lo había adivinado;

simplemente había oído su sonido al estrellarse contra el suelo. Para comprobar que efectivamente podía oír las minúsculas vibraciones fue lanzando una a una varias agujas de coser.

 

Las oía en el momento de choque

como barras de acero caídas desde un tercer piso. No sólo eso, sino todo pequeño ruido llegaba de forma nítida a mis oídos.

 

Yo me hallaba postrado

en mi cama turca aquejado de la gripe asiática. Estaba muy débil y apenas me podía incorporar. Si lo hacía me mareaba y la sangre podía empezar a manar como una fuente de mi nariz.

 

Oía, con facilidad, el roce  

de una caja de cerillas entre las manos de mi padre. No sé por qué sabía que era de color blanco con una imagen de un torero lidiando a un toro. El diseño de aquellas cajetillas estaba pensado para ofrecer a los turistas algún motivo típico como recuerdo.

 

Uno de aquellos días oí

cómo sacaba una cerilla de la minúscula caja, su crepitar al comenzar a arder; y, al ser la última pegó fuego a la propia cajetilla antes de lanzarla a la chimenea.

 

Vi el reflejo de aquella llamarada

y cómo, por el movimiento de aquellas sombras, preparaban la comida. Mi hermana me trajo en un plato hondo un poco de sopa caliente.

 

Junto al humeante líquido

destacaba el olor a tomillo. Recuerdo su sonrisa carmesí y sus vidriosos ojos atacados por la gripe pero no tanto como los míos.

 

La sopa pelaba (quemaba)

como un demonio. Tenía que soplar cada cucharada y el tiempo me parecía que se dilataba haciendo su ingesta larguísima.

 

En la calle sonaba un violín

acompañando a un organillo que tocaba y tocaba sin fin. Imaginé cómo iría vestido el pobre pedigüeño que manipulaba la manivela mientras en la otra mano sostenía un platillo de cinc conteniendo unas pocas monedas.

 

Imaginé que llevaría puesto

un abrigo azul cobalto con dos hileras de botones dorados y alguna gorra marinera con un cordón rojo; el pantalón sería probablemente gris con sendas líneas rojas en los laterales. Todo como simulando que habría sido un funcionario y sin otros ingresos debía vivir de la caridad.

 

No sabría decir si el fuerte aleteo

de pájaros también era fruto de mi imaginación o realmente oí como si hubieran soltado al aire decenas de palomas. ¿Cuál era su origen y la razón de su presencia en aquel rincón del mundo?

 

Me apoyé en el diedro

formado por el cabezal de la cama y la pared. Las vibraciones de la música llegaban nítidamente a mi cabeza aunque la vista se me nubló al incorporarme: lo veía todo amarillo y sólo la bombilla pelada con su halo verde me indicaba donde estaba el techo.

 

Por la presión de la colcha

sobre mis pies supe que se habían sentado mis padres en la cama y me observaban en silencio. La luz me mareaba y me cubría el rostro con las manos como si quisiera apretar la penumbra contra mis párpados, oyendo al organillo repetir una y otra vez la misma melodía hasta que de golpe se detuvo y desapareció aquel sonido para siempre.

 

Me impresionó mucho

el Flautista de Hamelín contado por mi madre con tanto lujo de detalles que soñaba con él cada noche. En mis sueños me sentía como una rata enferma, como una rata más en medio de una multitud de ratas que éramos arrastradas hacia un precipicio por aquel demonio que tocaba la flauta con una melodía que anulaba nuestras voluntades de ratas.

 

Otras noches soñaba

con perros negros que, cerrándome el paso, me impedían ir a la escuela: con sus agresivos ladridos y enseñando sus temibles incisivos me amenazaban. Mi madre, durante esos sueños, me tomaba la mano de forma que al despertar se disipaban mis temores.

 

No hay nada que alivie más

a un enfermo postrado en la cama que tomarle la mano y pasarle a través del contacto el calor de la especie.

 

Todo sucedió en aquel año

que se declaró una temible enfermedad contagiosa denominada por los epidemiólogos y registrada en los antecedentes históricos como "gripe asiática".

 

Al principio de aquel torbellino

que se llevó miles de personas por delante vació la escuela por completo de niños, se abrían las puertas de las aulas sólo por dar la impresión de que no se cerraba el establecimiento docente.

 

Unos no asistían a clase

porque estaban enfermos; otros, preferían quedarse en casa por miedo al contagio. Sólo yo sentía en mí la obligación de ir a la escuela. Justo cuando ya empezaban a venir los que ya se habían curado, caí gravemente enfermo.

 

Siempre he creído

que los demonios se conjuraron para enviarme todos los males juntos. Nunca más volví a estar enfermo; por lo visto agoté en aquel entonces todas las enfermedades de mi vida.

 

Sé que no se puede presumir

de buena salud porque ésta pende de un hilo tan fino que no podemos esperar nada bueno de ella, pero el creer que ya había consumido todos mis males me ha ayudado muchísimo.

 

Y es que,

de alguna manera, podríamos pensar que hemos nacido libres; que, somos libres hasta de escoger muchas (aunque no todas) de nuestras enfermedades.

                                                            Johann R. Bach
                                                 www.homeo-psycho.de

                                                                                 

13 nov 2012

MIS DEMONIOS Y MI SALIVA

                           MIS DEMONIOS Y MI SALIVA

 

Mis episodios angustiosos

aumentaron exponencialmente a partir de los treinta y nueve años.

 

Hasta entonces no había sentido

el aliento mercurial de la vejez salir por mi boca. Mi hipófisis demostró –en los análisis clínicos- que repartía equitativamente sus sus hormonas entre la pléyade de glándulas endocrinas;

 

el caudal de mi juventud

permanecía invariablemente en mi riego sanguíneo dentro de los parámetros de referencia. Aún me gustaban los hombres.

 

Todo empezó con un dolor

insidioso en la rodilla derecha –la rodilla de la viuda- que no cedía de forma natural.

 

Me miré en el espejo;

pero aquella vez observé mi rostro como si no fuera el mío. Vi en él la angustia de las abejas y su color amarillo y las venas de las sienes se transparentaban como queriendo salir a respirar a la superficie.

 

Ni que decir que los fuertes latidos

de mi corazón aumentaron ante aquella imagen como la inquietud del que presiente un terremoto.

 

Necesitaba hacer algo;

no podía tumbarme tranquilamente en la cama junto al hermoso cuerpo de mi amante: Eran sólo las tres de la madrugada. No quería molestar su profundo sueño.

 

Me puse a dibujar;

a inventar muebles con ruedas al objeto de poderlos mover más fácilmente en noches como aquellas que es mejor modificar su posición en la casa que destrozarlos con un hacha.

 

La vulgar recomendación

de hacer ejercicio me había llevado a comprar una máquina de correr de esas que pretendidamente refuerza la musculatura, rebaja las grasas e induce al sueño,

 

pero el ejercicio me abría el apetito

y me modificaba el metabolismo hasta el punto de perder mis ya escasas reglas. La libido se convertía en otra angustia permanente y aumentaba hasta cotas insoportables.

 

Los demonios terrestres

-lares, genios, faunos, sátiros, incluso ninfas, hadas, elfos y gnomos- me mordían, hacia la medianoche el epigastrio hasta el punto de hacerme creer que me estaba volviendo loca.

 

No eran demonios inofensivos

pues me hacían cambiar el carácter: me negaba a veces a salir de casa porque la melancolía me invadía nada más pisar la calle.

 

La boca seca –signo de ansiedad-

llegaba a agrietarme los labios, pero al mismo tiempo una fuerte hidrofobia me impedía ingerir líquidos.

 

La presencia de agua me irritaba

y me ponía de muy mal humor, pero al mismo tiempo necesitaba abrir el grifo y oír el discurrir del agua para poder orinar.

 

El médico oficial del Monasterio

fue el único que me dio una explicación satisfactoria, el único que me dijo que no tenía "furor uterino" (término monjil para definir la ninfomanía). El único que me libró de los demonios.

 

Su medicina consistió

en diluir mi propia saliva –con el demonio de la rabia en su interior- en un vaso de agua y después tomarla a pequeños sorbos para no bloquear la tráquea por los espasmos oclusivos.

 

Desde entonces me aficioné

a observar el olor de mi saliva, de mis mucosas y a saber cuándo necesitaba aquel maravilloso preparado.

 

Y curiosamente descubrí

que aquella pócima ennegrecía mis cabellos, detenía el encanecimiento de mis sienes y hacía que mi corazón admitiese más ternura.

                                                                             Sylvia M. Folch
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12 nov 2012

ABUELO Y NIETA

                 TU PLANETA NO ES EL MIO

 

¡Qué luna la de esta noche!

Deja que te cuente. Con esta luna puedes ver como brilla mi barba de plata, pero no siempre fue así:

 

el planeta de dónde vengo poco se parece al tuyo. Deja que te cuente.

 

A pesar de haber sido el mío

un planeta con muchos años, el número de personas que nos decían -a tu abuela y a mí- lo que habíamos de hacer, iba en aumento.

 

Nos condenaban con sus "consejos".

En realidad venían a decir: hagais lo que hagais estará mal hecho.

 

Era un planeta lleno de jueces.

Pero deja que te cuente. Era un planeta en el que la mentira crecía en los árboles como las almendras, donde todos te engañaban.

 

Ya queda muy lejos aquel domingo

de mayo en el que aprendí algo importante. Era un día radiante como el que has visto hoy. Muy temprano

 

miré el libro sagrado

en la sacristía y a pesar de mis escasos nueve años comprendía ya lo fundamental de la liturgia: aquel día estaba señalado con la palabra "vir."

 

Era la abreviatura del color verde –en latín.

El párroco debía adornarse con la estola de color verde que reposaba -desde la última fecha "vir"- en el tercer cajón de un mueble de lujo,

 

inquilino extraño y mudo

de una sacristía con solera de mármol, techos altísimos, llena de aire frío que arañaba mis rodillas.

 

En el primer cajón

yacían las casullas de colores, mientras que en el segundo había un alba y sus correspondientes cíngulos de colores.

 

Aún no eran las nueve de la mañana

y ya los hilos de araña entraban a raudales a través de los verticales ventanales mientras la iglesia toda se llenaba de flores.

 

Mayo era el mes de las bodas.

 

Yo repetía –para memorizar-

en voz baja las palabras sagradas:  "Sanctus, Sanctus, Santus". "Agnus dei qui tollis pecata mundi miserere nobis".

 

Hasta después del Concilio

no me enteré que significaban: "Cordero de dios que quitas los pecados del mundo apiádate de nosotros".

 

El párroco estaba muy resfriado,

pero a pesar de ello comenzó a decir la misa. Mi compañero, un monaguillo ya experto me daba confianza. Disipaba las dudas que pesaban sobre mis tiernos hombros.

 

Los novios estaban radiantes

y en sus ojos no cabía más que un futuro prometedor. Los familiares estaban atentos a nuestros movimientos como vigilándonos para que todo en la ceremonia saliese bien.

 

Antes del Concilio el sacerdote

decía la misa de espaldas al público y nadie se enteraba de su murmuración monjil.

 

En un momento dado

metió su mano por la abertura del alba a la altura del bolsillo, sacó un fino pañuelo de aquellos de nuestro planeta, bordado con sus iniciales, y,

 

mocándose exclamó:

"Tengo la nariz como una patata". A lo que mi experto compañero, de forma jocosa respondió: "Sursum corda".

 

Acabada la ceremonia,

mientras los testigos firmaban las actas en la sacristía, mi compañero y yo pasábamos el platillo pidiendo algo de dinero por nuestra ayuda.

 

Pasábamos de buen oficio

primero por los pasillos laterales, donde por alguna razón extraña se situaban los parientes más generosos.

Los platillos se llenaron de billetes

pequeños y grandes y calderilla blanca y dorada. Al llegar al comienzo del pasillo central, mi compañero simulando un traspiés

 

hizo que se cayera de mis manos

el platillo con su preciosa carga. Rápidamente procedimos a recoger el dinero del suelo, pero ante mi sorpresa

 

aquel astuto monaguillo me "enseñó"

a meter los billetes grandes debajo de alfombra. Al llegar a la sacristía el viejo párroco, al ver sólo billetes pequeños y monedas

 

nos registró los bolsillos,

miró en nuestros zapatos y de muy mal humor por lo del "Sursum corda" nos ordenó recoger la alfombra ante de que nos fuéramos a casa.

 

Mientras enrollábamos la alfombra

los billetes iban apareciendo y nos alegraban el día; más por la fechoría que por el dinero que de todas formas se destinaría a los ingresos familiares.

 

Mi experto y litúrgico compañero

–considerado inicialmente por mí como un granuja- y yo nos repartimos aquel botín a partes iguales como hermanos.

 

Así que ya ves:

Tu planeta no es el mío y entre las pocas cosas que tenemos en común es que yo soy tu abuelo y que estos nocturnos rayos de plata   de mayo son los mismos para ti y para mí.

                                                                             Johann R. Bach
                                                               www.homeo-psycho.de