20 ene. 2018

Estaba sola en el mundo


A LAS PUERTAS DE LA GRAN CIUDAD

Por alguna razón
el tren se detuvo en una estación cercana a la Gran Ciudad y nos obligaron a bajar a todos los pasajeros. Leí en un cartel blanco y letras azules el nombre Montcada. Al otro lado de la vía se extendían campos desconocidos para mí.

Me quedé sentada en un banco
de aquella solitaria estación, luego, sin saber por qué, caminé por el raíl, por primera vez en mi vida, haciendo equilibrio. Si lo tocabas con la mano, estaba caliente.

Me alejé bastante,
hasta perder de vista aquel barrio de casitas bajas y luego regresé corriendo a la estación para beber agua de un grifo situado en el andén. Luego me dirigí al descampado. Entre las piedras pringosas de alquitrán crecían unas margaritas y unas malas hierbas de flores azules.

Cuando ya no se veían las casas,
era como si hubiera descendido al mundo de los cuentos. Me sentí de repente como una niña sola en un mundo infinito: eché a correr campo a través, hacia el horizonte, el sol estaba sobre mi cabeza y las sombras eran muy cortas.

En medio de aquella superficie desposeída
de grandes árboles y a pesar de las punzadas de hambre por encima del ombligo, fui tranquilizándome poco a poco, como si las amapolas hubieran absorbido, con sus bocas, las toxinas de pánico de mi cuerpo. Me senté en la tierra, entre sencillas flores silvestres y caí en una especie de duermevela.

Estaba sola en el mundo
en mitad de un territorio inmenso y fantástico envuelto en un cielo azul y aire cálido. La Gran Ciudad comenzaba allí junto a las vías del tren, en medio de casas humildes. De no ser por los retorcimientos producidos por el hambre hubiera continuado sentada sobre la tierra fresca en silencio contemplando aquel globo fundido del sol que había encendido millones de ásperas briznas de hierba.

                                                           Barcelona a 20 de enero de 2.018
                                                                               Ermessenda 

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