25 ene. 2017

Me acostumbré a ir a su casa cada día


TIEMPO DE LO AUSENTE

Fue en julio cuando Clara y yo nos hicimos amigas. Yo había comenzado a ir a su casa al saber que le había dicho a mi madre que yo leía muy bien y rápido. Clara me había dejado "La Isla Misteriosa" novela que me la tragué en una sola noche. Al devolvérsela me dejó "La Vuelta al Mundo en Ochenta días" luego "Viaje de la Tierra a la Luna" y al ver que me entusiasmaban las historias de Julio Verne me dejó "Los Exploradores del Meloria" de Emilio Salgari y "El Escarabajo de Oro" de Poe y muchas otras novelas que estimulaban mi imaginación. Así descubrí el mundo de la literatura.

Me acostumbré a ir a su casa cada día hacia las nueve de la mañana pues mis padres bajaban a la playa temprano para tomar el sol sin peligro de quemarse. Me encantaba tomar una taza de chocolate mientras ella tomaba café. Comentábamos las novelas que me prestaba. Me hablaba con entusiasmo de todas y cada una de aquellas obras, como si aquellas fueran su razón de existir. Se había rodeado de libros, los saboreaba y subrayaba en ellos muchas frases que no dudaba en releérmelos.

Un día le pregunté el porqué de tanta lectura. Me sonrió y me dijo que a falta de vivencias personales, concretas, de la vida diaria, no podía hacer otra cosa. Para sobrevivir, hay que vivir otros mundos, saborearlos, recordarlos con sus características, incluso memorizarlos y vivirlos con sentimientos. Mira -me dijo– voy a dejarte una novela que yo leo a menudo y la guardo en un cajón secreto; la lees despacio y cuando me la devuelvas la comentamos. El título de "El amante de Lady Chatterley" en principio me pareció sugerente aunque no demasiado.

Hacía diez años que Clara estaba casada con Armando. Era hija de padre francés y madre mallorquina y había vivido siempre en Sóller. Sus padres habían muerto en un accidente automovilístico. Ella salió, milagrosamente, ilesa físicamente. Pude deducir que se había casado con Armando porque se había cansado de vivir con sus tíos. No tenían hijos. También observé que no se veían en todo el día excepto durante la cena y para ir a misa los domingos por la mañana.

 "Armando –decía ella- una vez que la confianza se había ya adueñado de nuestros corazones- se interesa únicamente por el Banco y el Ajedrez. Con eso tiene bastante. Esa reducción que ha hecho de la vida le llena". Ella en el fondo se lo agradecía, pero cuando caía la noche con su angustiosa oscuridad se sentía muy sola. Alguna vez la encontré con los ojos bañados en lágrimas de mar.

Llegamos a tener mucha confianza.

Se interesaba por mí y mis cosas. Hasta el momento mismo de conocerla yo creía ser una inútil al pensar que todo lo que hacía o pensaba no eran más que locuras de una doceañera. Clara, en cambio, me escuchaba y se tomaba en serio mis problemas y conversaciones, los meditaba, y me hablaba como si fuesen cosas tan importantes como los libros o ella misma.

Con ella no me veía ridícula y notaba cómo crecía una fuerza nueva dentro de mi cuerpo. Mirándola tenía la impresión de estar frente a una diosa de las artes a la que el mar podía obedecer si así lo requiriera ella. Dentro de mí nacía un aire puro, dócil, que me empujaba hacia la vida con ganas y seguridad. Y salía de su casa con la impresión de que mi mente crecía como lo hacían mis pechos… con un cierto dolor en los pezones.

Cuando leí El Amante de Lady Chatterley" comprendí cuan sola se sentía Clara. Pensaba muchas veces que la vida, junto a ella, debía de ser como volver a la alegría a la infancia que acababa de abandonar. Cuando iba a su casa tenía el extraño temor de toparme con Armando aunque mi condición aún de niña delicada no podía producir en él una celosía peligrosa. Lo odiaba. Su hablar era musical y mientras me señalaba una gramática que yo no miraba, me la comía con los ojos y me fui acostumbrando a un cosquilleo en mi vagina que me producía un nerviosismo difícil de disimular.

Es difícil describir aquel periodo de mi vida. Me sentía, por primera vez, verdaderamente atraída por una cosa real y concreta: Clara. El único temor que tenía era que en casa sospecharan que había algo más que buena vecindad y amistad con ella, miedo a que las malas lenguas corrieran algún indicio de en aquella casa se cocía algo más que una simple relación entre profesora y alumna. Lo cierto es que cuando, por primera vez Clara me besó en los labios y su lengua penetró en mi boca buscando la mía dejó de importarme lo que dijeran los demás. Saber que en el abrazo Clara encontraba todo el placer que Armando le denegaba me llenaba de una sensación más placentera aún que los múltiples orgasmos que sus dedos me procuraban.

En aquel verano crecí doce centímetros, mis caderas se ensancharon enormemente, el pubis se me pobló de vello casi hasta alcanzar el ombligo y mis pechos alcanzaron el tamaño de una mujer adulta. Mi carácter se asentó con fuerza y determinación haciendo desaparecer todos mis miedos y complejos: Me sentía amada; mi alma femenina reconocía que mi tiempo había comenzado como un laberinto recogido en un punto geométrico, fuente que resplandecía en la noche lunar, y era aliento de los dedos hecho viento, lengua no herida ya por el dolor del sentido de mi amada.

                                                                                                                J. R. Bach


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