25 nov. 2016

...la soledad la transmite Francia, y el dolor de la herida, se contagia desde el Oriente.


SEGUNDO Y LA JUEZA

¿Y ese joven abrazado a esa señora de tan corta estatura?
Sonríen –dice Carmen la vecina de la habitación contigua de Antoin y Rosa-, se miran a los ojos, se mueven contorneándose como en una danza eterna y parecen ajenos a la felicidad del resto de esta fiesta.

Ella es Sylvie
–oigo, desde mi rincón, sobre la tubería del agua caliente, cómo contesta Rosa-, una jueza considerada naïf por sus compañeros de carrera debido a su exagerada cifosis. Él es Segundo un muchacho que estudió geología. Su historia es, según me contó Ermessenda, la siguiente:

Segundo había acabado sus prácticas
de final de carrera en los Pirineos: Su trabajo había consistido en lanzar una sustancia colorante en los surcos subterráneos y descubrir su recorrido al aflorar el tinte aguas abajo. Con una "carraca" (pequeño aparato decantador) analizaba la composición mineral de las aguas ocultas. Decidió ir a París haciendo auto-stop y para ello atravesó el Port de la Bonaigua a pie a pesar de que aquella noche había nevado un poco.

El cielo había encanecido de nubes,
el viento frío había comenzado a sacudir y a hacer gemir y a las diaclasas(1) heridas aún no cicatrizadas de la piel de la emblemática montaña. Serpientes rojas y azules, fulminando, rompían la falda negra de las nubes, las aguas parecían ladrar en el fondo del valle, mientras que el trueno cantaba profundamente como un profeta de la perdición. Entre aquella súbita oscuridad densa e impenetrable, Segundo vio como una sombra plateada blanqueaba el paisaje y la pelusilla, ya amarilleada como oro despeinado, parecía levantar las manos. Era el "Tiburón" de Sylvie que se había detenido junto a él. El cristal de la ventanilla descendió y la dama se ofreció a llevar a algún lugar civilizado a aquel joven geólogo que ya estaba arrepintiendo de haber escogido aquel día como inicio de su viaje.

Segundo no lo pensó dos veces,
ocupó el asiento junto a aquella amable mujer y sintió cómo el calor le reconfortaba. Serpenteando por la carretera vio con preocupación cómo en el cielo, las nubes se rompían en pedazos y amenazaban con una gran tormenta. Tuvo la sensación que huía hacia otro mundo con una mujer que parecía tranquila ante las inclemencias del tiempo.

¿A dónde te diriges –le dijo Sylvie-
y cómo se te ocurre ir a pie por una carretera solitaria con este tiempo de perros?

-Sin mirar siquiera a la conductora Segundo contestó:
"he acabado mis estudios y me dirigía a Vielha y desde allí haciendo auto-stop, pretendía continuar viaje hasta París…, pero con este tiempo…".

-Yo también -¡qué casualidad!- voy camino de París,
si quieres puedo acercarte hasta Lyon… o quizá algunos kilómetros más. Todo depende de la hora de llegada.

Segundo, agradablemente sorprendido,
accedió no sin antes agradecer por tres veces a aquel ángel bienhechor. Se relajó y comenzó a explicar cómo había pasado aquel verano, trazando mapas en solitario sobre unos paisajes idílicos moteados de tomillo y romero. Ella explicó que había estudiado derecho en una época en que el mundo era optimista, y que, sumergida en el laberinto de las leyes, la vida se hacía cada vez más incómoda.

La carretera serpenteante
bajo una tormenta de aguanieve se hizo larga hasta que no alcanzaron la National 20 ruta amplia en muchos tramos en los que se podía alcanzar la velocidad de ciento treinta kilómetros por hora. El flamante "Tiburón" se tragaba las distancias con facilidad y hacía del viaje un paseo sobre el mar. Eran tiempos en los que Francia aún no había comenzado a construir autopistas. Durante ese trayecto Segundo ya se había fijado en la imagen de Sylvie.

No era lo que se dice atractiva
aunque su cara tenía la dulzura morada y blanca del mármol en la sombra. Sus rasgos aunque un poco marcados no eran secos y sus ojos, cortados como almendras, tenían la intensa voluptuosidad del terciopelo negro y nadaban en sus órbitas; una sonrisa fina y con todo llena de inocencia le pasaba por su mirada el espectáculo del idílico paisaje de la carretera. Además con aquella espalda encorvada que casi rozaba el volante, le parecía sentir, los latidos de un corazón de oro como el de la Esmeralda de Nôtre Dame de París.

Faltaba poco para el mediodía
cuando Sylvia detuvo el auto en un restaurante en cuya explanada había decenas de camiones. "Donde hay camioneros –dijo con alegría la conductora- la comida es buena y barata. Vamos te invito a estirar un poco las piernas y a comer algo". Hasta ahí todo le pareció completamente normal y estuvieron charlando en la mesa como si se conocieran de toda la vida.

Los acontecimientos cambiaron de rumbo
cuando después del último vaso de vino Sylvia propuso hacer una corta siesta en el motel adjunto al restaurante. De repente Segundo sintió en su estómago algo extraño mientras que involuntariamente su pene ganaba tamaño mientras observaba aquellas torsiones de Sylvie mientras intentaba abrir, nerviosamente la puerta de la habitación asignada. El cuerpo de Segundo empezó a experimentar una extraña reacción: así, sin más, le fue subiendo poco a poco la temperatura y sintió que las fosas nasales se le dilataban. La boca se le llenaba de saliva y al tragarla surgió de su garganta un sonoro "glup".

Por alguna razón
le picaban los lóbulos de las orejas. Y el órgano reproductor que durante todo el viaje había colgado desmañadamente, se tensó, se hizo más largo y grueso y acabó por alzarse. Debido a ello, en la parte baja de su vientre se formó una protuberancia. No comprendía cómo había llegado hasta la misma puerta de la habitación casi sin apercibirse de las intenciones de aquella educada Dama.

Cuando Sylvie torcía el cuerpo,
mientras abría la puerta de aquel improvisado dormitorio, sus brazos rotaban en las tres dimensiones, como una persona que practicara un estilo de natación peculiar. Y por alguna razón desconocida aquellos movimientos excitaban más y más a Segundo que se estremecía como si fuera la primera vez que estaba con una mujer.

Torpemente, le preguntó a Sylvie por esos movimientos.
Ella, un poco contrariada contestó: ¿retorcerme? ¿Te refieres a esto? –e hizo una demostración de la contorsión. Es el sujetador que me viene pequeño. Sólo eso. Sí, el sujetador. ¿Te enteras? ¿O acaso te parece raro que una chica jorobada lleve sujetador? Eso, que sepas que yo también tengo mis dos tetas. No soy una vaca, es cierto, ni me apetece llevarlas bamboleándose al andar. Como tengo esta constitución, el sujetador no se adapta bien a mi cuerpo. La forma de mi cuerpo es un poco diferente a la de una chica normal. Así que de vez en cuando necesito retorcerme y corregir la postura. Ser mujer es más duro de lo que te imaginas y no pocas veces la crueldad de algunos hombres mofándose de mi figura se hace insoportable.

Segundo cogió la mano que le tendía Sylvia
y la siguió hasta el lecho donde se tumbaron sobre la colcha como sin prisas. Sé lo que piensas –dijo Sylvia mientras se desnudaba- tienes curiosidad por saber cómo será follarse a una jorobada, ¿no? No le faltaba razón, pero, sorprendentemente, la excitación no cedía. Ella seguía hablando mientras acariciaba los cabellos del geólogo: "todavía hay gente a quien, a pesar de que el mundo está resquebrajándose, le preocupa si una chica es jorobada y la menosprecia por un estúpido sentir estético".

En esa época Segundo se empalmaba
con que apenas soplase el viento de poniente. ¿Quién es capaz de prever las sensaciones que pueden derivarse del hecho de acariciar una espalda redondeada con una mano mientras que con la otra se recrea en un pubis cuyo vello como una piel de astracán se extendía hasta el ombligo y también muslos abajo? "Déjame besarte –le decía Sylvia- como hace tiempo que no lo hago. En este mundo, todo suena de distinta manera. La forma de tener sed es distinta en cada persona. La mía es una sed antigua y casi inextinguible por ello te pido que me dejes beber en tu cántaro".

Después de quedar en parte saciados,
Segundo le confesó a Sylvia que también a algunos hombres solteros la vida no se les presentaba fácil. "A veces me siento –decía- como una alfombra persa de tonos claros, y la soledad, la mancha del Burdeos que nunca se eliminará". Ella corroboraba esa realidad diciéndole que la soledad la transmite Francia, y el dolor de la herida, se contagia desde el Oriente.

¿No estaremos haciendo algo ilegal
–preguntó Segundo al saber que Sylvie era una mujer casada? No temas, soy jueza de la Court de París y conozco bien la ley. Por otra parte mi marido, aparte de padecer estrabismo ocular y psicológico, es impotente y nunca jamás me ha penetrado obligándome a satisfacerme sexualmente yo misma porque no es capaz siquiera de acariciarme.

Después de dos días
sin salir prácticamente de la habitación, reanudaron el viaje hacia París. Ella era uno de los propietarios de este inmueble y al llegar aquí introdujo a Segundo en el ascensor de la escalera de servicio entregándole una llave con el número siete diciéndole que le esperara porque iba a aparcar el auto y dejar en la conserjería el equipaje.

Meses más tarde Segundo
se preguntaba dirigiéndose a Antoin y Rosa después del accidente fatal sufrido por Sylvie: "¿Habría arrojado su muerte una especie de sombra sobre mi ser? Tal vez le contara a su marido que mis genitales eran bonitos. Cuando estábamos en la cama, pasado el mediodía en aquel motel me decía sosteniendo mi verga en la palma de su mano como si admirase una joya incrustada en una corona real hindú: "Es precioso". Aunque yo no sabía si hablaba en serio el halago me excitaba hasta el punto de volver a penetrarla una vez más. Yo creía en sus palabras puesto que ella tenía unos criterios raros, muy diferentes a los del resto de la gente.

Con una tristeza infinita
Segundo abandonó su habitación y nunca más volvimos a saber de él. Por eso estamos tan contentos de que haya acudido a esta Fiesta de Mansardas.

                                                                                           Johann R. Bach

3 comentarios:

  1. Asun Ferrer
    9:25 (fa 3 hores)

    M'ha agradat moltissim. Quan unes lletres t'enganxen i no pots deixar de llegir, es magia. Gracies joan x compartir i deixar-me gaudir de això tant bo.

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  2. Griselda Corni Fino
    17:34 (fa 9 minuts)

    Pues menos mal que murio la contrahecha, no sabemos en que hubiesen terminado los devaneos de Segundo un tanto extraños por decirlo de una forma fina. No es que dude de que alguien se enamore de una persona no bella según los cánones, pero esa atraccion a botepronto parece una desviacion clara de una mente en trance de perversion

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  3. XANA ASTUR
    23:17

    ¿Qué más pueden desear la carne y el alma,
    si de sus almas solitarias llueven ahora trinos y besos?Es mucho más que una narración erótica,en " su íntimo universo"la soledad se aparca y ella sale de ese tedio hiriente con su marido y el rechazo de otros.Segundo supo captar su esencia de mujer.Me gustaría que la mujer pequeña en el baile fuese ella,pero eso a saber

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