12 sept. 2015

Era un torbellino bailando charlestón o montando en bicicleta


NOTAS PARA MI PRIMA LIBERTA (fragmento)

Cada vez que íbamos a casa de Tía Alicia, yo me ponía muy contenta pues sabía que me esperaba una buena merienda y un buen racimo de uvas recién cogido de la parra. Y además Liberta me explicaba historias de sus amigas de baile del Salón Venus, pero aquel día recién salida del hospital me pareció todo muy diferente: Los árboles de la avenida que moría en el manicomio ya no los vi tan grandes, ni la caminata desde la Plaza Virrey Amat final de la línea del tranvía 47 hasta aquel frenopático no se me hizo tan larga.

La prima Liberta no sólo ponía color a aquel barrio gris de calles llenas de polvo ardiente sino que era una auténtica referencia en la familia. Era atrevida y divertida: Aún recuerdo como perseguía al primo Arturito, comiéndoselo a besos y colocando su mano entre las piernas de un esquivo muchacho. ¡Venga, venga, no seas tonto que soy tu prima! Era un torbellino bailando charlestón o montando en bicicleta

Como otras veces, Liberta salió a recibirnos con brillo en su rostro, con  sonrisa encantadora, con calor en sus labios, con fuertes abrazos. La merienda consistió en una rebanada de pan regada con leche condensada y una pastilla de chocolate Torras -el sucedáneo chocolate de algarroba ya no existía-, sin embargo, aún era pronto para las uvas. Cuando le dije a Liberta que había escrito, tal como me lo había dicho, cosas que había visto en el hospital abrió los ojos como naranjas y se puso a temblar como un flan: no podía sostener mi cuaderno en las manos. Me propuso que le leyera yo misma con mi voz las anotaciones:

Martes

hoy he visto a la enfermera más corpulenta
-que lucía unas sombras verdosas bajo la bata que me permitían imaginar su combinación- agarrar la jeringa y acercar la larga aguja hacia el hueco entre las vértebras, reluciente de yodo como si lo hubieran escupido encima, y clavarla empujando a través de la piel. He visto cómo se detenía  un instante y luego empujaba de nuevo hasta que se ha oído un crujido audible incluso desde la cama contigua donde esperaba yo mi turno. He oído como Elisa -mi compañera de la cama contigua- ha lanzado un gemido de dolor e impotencia y he visto como sus lágrimas caían a chorro desde su rostro.

La han mantenido arqueada unos cuantos minutos más, con un algodón húmedo apretado sobre la zona de la punción, luego la han tumbado lentamente de espaldas y le han vuelto a poner el pijama.

Miércoles

Hoy Elisa no podía mover la cabeza y no ha podido ver cómo Paula ha estado llorando bajo las sábanas casi sin interrupción, Carmela no quería ver nada de lo que pasaba y se ha puesto de cara a la pared, y allí, al parecer, se ha sentido más tranquila. Únicamente yo y una señora -la única enferma adulta de la sala- aquejada de una parálisis facial aguda presenciábamos todo, yo jugando nerviosa con uno de mis rizos, ella, con una expresión de arlequín, sonriendo con la mitad del rostro, parpadeando con un solo ojo. Así me he entretenido toda la mañana; por la tarde mientras todos dormían la siesta yo he escrito en mi cuaderno.

Jueves

El médico ha pasado hace un rato por mi cama y me ha preguntado si ya había terminado de escribir. Todavía no -le he contestado. ¿Qué contienen esas páginas -ha insistido él- que has colocado en la mesilla y encima de las sábanas? Como yo no decía nada, él me ha dicho quizá para tranquilizarme: "no te preocupes que no voy a leer lo que has escrito". "Son notas para mi prima. Ella me dice que escribo bien y eso me gusta.

¿Eran obra mía aquellas palabras que escribía o de ella? ¿Podía distinguir acaso qué palabras eran suyas y cuáles eran mías? Vuelvo a tener miedo. Cuando cierro los ojos y pienso en ella, en su olor a almidón, me pierdo en el paisaje de su alegre cerebro, como si pisara arenas movedizas, zonas rosas y marfileñas; me hundo en el valle de la circunvolución de su hipotálamo, en sus cisuras laterales. Tengo la sensación de avanzar por senderos estrechos en el bosque oscuro de su paleoencéfalo (arqueocerebro tan querido por Laborit), me siento reflejada en las aguas del lóbulo posterior hipofisario. Siento purificarme al subir al mesencéfalo lleno de alegorías de reptiles y pájaros dentados, perdida allí, entre helechos arborescentes. A veces, incluso me parece explorar las seis capas extasiadas del neocórtex sobre el que hay una imagen parecida al cuadro Guernika. frentes planas, boca de labios gruesos y lengua desmesurada, el cuerpo proporcionado con manos dotadas de finos y largos dedos preparados para acariciar las teclas de un piano.

Me recreo a menudo, con sumo placer, por el laberinto de la mente de mi prima Liberta, piso los pedales que mueven sus rodillas. Miro mis dedos pequeños y blandos, con el esmalte de uñas levantado que me regaló Tía Rosita. Con ellos he sujetado el bolígrafo. Así que ¿quién ha sido el que ha escrito esto?¿Ella o yo?

                                                                                 Johann R. Bach

2 comentarios:

  1. relato amargo de la vida en un manicomio de la postguerra, con el contraste de la alegria en la casa de la tia.La reunion para la merienda, frugal, pero cogido recientemente del campo. Recuerdo mi niñez y adolescencia, en un interna, que se hacia interminable, y la vuelta a casa en Navidad. Tiempos un poco tristes de esa España felizmente superada.

    ResponderEliminar
  2. COMENTARIO DE GRISELDA CORNI

    Absolutamente maravilloso

    ResponderEliminar