21 dic. 2014

Y es que verle dormir te apaciguaba.


PLACER EN LA PENUMBRA

Al oír su respirar profundo
solías preguntarle en voz baja, casi imperceptible: ¿duermes?

Y es que verle dormir te apaciguaba.

Su aspecto
en esos momentos era más que el de una persona. Su rostro se reblandecía un poco, los labios se le hinchaban: eróticos y rojos.

Pero los ojos le temblaban
debajo de los párpados como diablillos inquietos, olía a sueño, afeado el pobre de una manera conmovedora por un hilillo de saliva que brillaba sospechosamente sobre una de las comisuras.

Le decías entonces,
como en una musitación monjil, cosas sencillas, cosas que no habrían sido posibles a la luz neutra del mediodía o de la tarde,

un Sí cierto y desprotegido
mientras deslizabas un dedo enredado en tu pubis. Sí, sí, sí… Era como si tu cuerpo, duro al principio, se reblandeciera como el suyo.

Hacía tres meses que vivíais juntos
y las costumbres aún no cicatrizaban del todo. La realidad se imponía: de forma sorprendente vuestros cuerpos parecían no poder acostumbrarse el uno al otro, como si

cada uno por separado
tuviese en el interior los restos de una alegría mal enterrada que nada tenía que ver con las frustraciones en el amor.

Él era entusiasta durante el día,
tú durante la noche, sólo al verle dormir. Se parecía a un aprendizaje: esperabas hasta que su respiración se volvía pausada y entonces

te colocabas boca arriba,
acercabas tu rostro al suyo, justo para sentir su aliento sobre el oído y dejabas que aquella excitación hiciera el resto.

Había en realidad tan poco en común…
Nada que no supieras ya y nada que no pudieras hacer sola. Y a veces, sin saber por qué,

tenías la sensación de que reía con tus suspiros.

                                                             Johann R. Bach

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