16 nov. 2014

En la gran pantalla, como un jinete de platino, aparece por fin ese esperado amasijo de átomos helados

JINETE DE PLATINO

Misión Rosetta 28:

Philae 27, como todos los robots enviados en misiones anteriores, murió, sin remedio, de frío y

 

Eugenio, preparado durante 28 años,

espera nervioso su primer asalto al cometa. Se ha entrenado con toda clase de técnicas de abordaje de barcos, con tecnología de repostar aviones en vuelo, incluso con ejercicios de subir en marcha a un tranvía.

 

De repente se estremece.

Una luz cruel, de tonalidad magenta, le desentela las telarañas acumuladas en su cerebro durante el largo viaje hacia el punto de encuentro con el cometa.

 

En la gran pantalla,

como un jinete de platino, aparece por fin ese esperado amasijo de átomos helados de hidrogeno y oxigeno soldados bajo un primitivo arco de argón,

 

nitrógeno y azufre

vigilados por el diamantino carbono y litio metal humano en menor proporción mezclado con aluminio y senecio envejecidos.

 

Empieza su primer reconocimiento

de un lugar donde el Diluvio nunca pudo abalanzarse, donde las voraces olas de los embravecidos mares

 

revolviéndose rabiosas contra la vida

no pudieron con esa Masa Crítica del Universo que cabalga sobre una silla de platino.

 

Eugenio empieza a reconocer en los cielos

las correspondientes casas de leones, cangrejos, osos… en el cielo y sobre todo a aquel que imperturbable se alza:

 

Pegaso: el caballo alado

que le puede permitir abordar al cometa en el lugar preciso de su elíptica trayectoria.

 

No importa que ese jinete de platino

se esconda en la oscuridad del Cosmos. Los ultrasonidos le indican a Eugenio la superficie hacia donde dirigir a Philea 28 el sofisticado y humanizado robot.

 

La dificultad de embridar

a un caballo desbocado no es algo desconocido para la Ciencia de la Naturaleza, pero la emoción domina las manos de Eugenio.

 

Para dominar su temblor

se toma una gota de café -la ración de una semana- y piensa en su amada que al igual que Penélope estará bordando una tela de colores con los hilos de plata de su propia cabellera.

 

Piensa en Aquél

cuya voluntad fatídica permitió el nacimiento de aquel pequeño pueblo de pescadores de casas blancas a la orilla de un mar… uno especial entre tantos y tantos.

 

¡Qué terrible y brillante emerge

el cometa en la penumbra!

 

¡Qué pensamiento lleva escrito en su frente!

¡Qué fuerza se esconde en su figura!

¡Qué fuego anima su caballo!

 

Corsario orgulloso

–se dice a sí mismo Eugenio- ¿hacia dónde galopas jinete errante y donde reposarás esas pezuñas si no logro desentrañar tus secretos alcanzando tu superficie?

 

¡Señor poderoso del destino!

¿No es así como embridas con mano férrea la Ciencia de la Naturaleza al borde mismo del abismo, subyugándola

 

como a una yegua desbocada?

 

                                                              Johann R. Bach

 

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