19 nov. 2014

Después de un séptimo viaje a Marte me siento como un ángel experto

EL RETORNO DEL ÁNGEL

 

El día que vuelva a la tierra

intentaré que mi regreso se haga con método. Nada que se parezca al caos me va a interesar;

 

no estoy enfadado;

nunca he estado tan tranquilo.

 

Mi estado anímico actual

no es más que sensatez y completa asepsia, para emplear su término exacto.

 

Después de un séptimo viaje a Marte

de veinticinco meses de duración me siento como un ángel experto situado en uno de los puntos cardinales:

 

un veterano,

uno a la antigua usanza, no un novato;

 

que no venga nadie a contarme

que me he vuelto blando por un simple espectáculo a lo Miguel Ángel. Reto a viajar a esos críticos de todo lo que existe, encerrado en este amasijo de tubos y pantallas

 

sin enloquecer más de lo que se necesita

para emprender esta aventura de la vida.

 

Esta vez entraré en la atmósfera despacio.

Sin ruido. No se trata de dirigir los ojos por adelantado hacia ese mar de recuerdos de la infancia y de la juventud.

 

Esta vez intentaré amerizar

–cayendo como la lluvia en una mañana color miel- y mecerme con el vaivén de las olas antes de que me recojan.

 

Esperan de mí

que corrobore sus teorías con los datos acumulados en un minúsculo chip de platino y níquel.

 

Me han confiado esta misión

porque no acabé de demostrarles que su física y química me importan un bledo. Acepté el empleo por pura necesidad económica.

 

Quisiera que cualquiera de esos

que se llaman a sí mismos científicos pasase una temporada como el ángel del horizonte:

 

Solo y sólo con el azimut de la estrella Vega.

 

Ya sé que no es difícil,

pero me gustaría ver sus caras al oír sólo su propia voz rotunda hablando de Ícaro.

 

No son ratas de laboratorio –lo sé-

y creo por ello que no les gustaría después de uno de estos viajes que les preguntasen si han visto a los querubines implantarse en sus cráneos la cabellera de los cometas.

 

No quiero a mi regreso nada de trompetas,

ni trompas en las puntas de la rosa de los vientos. Nada de fanfarrias, ni por otro lado, amenazas para que no cuente lo que he visto en los cielos de la Noche Eterna.

 

Ni siquiera admito las indicaciones

de buena fe dirigidas a que manifieste melancolía, ternura o lamentos. Por cierto,

 

me gustaría escuchar, eso sí,

la música del viento, mojar mi frente con gotas de fina lluvia y sentir mi mano tomada por unos dedos amorosos mientras una delicada voz me susurra al oído.

 

Soy fácil de contentar,

pero en cambio quiero milagros. Y no sólo de esos que se llaman milagros ahí abajo sino los que aquí arriba llaman maravillas.

 

Lo que yo llamo un buen trabajo.

 

Es un sencillo ejercicio de memoria

lo que les pido a todos los implicados en el proyecto. Les pido que recuerden

 

todas las combinaciones de la materia,

la maraña de todas las variaciones posibles de los elementos de la Tabla Periódica,

 

los infinitos espacios métricos

surgidos de una simple familia de geometrías de Minkowski y que compongan con esos elementos

 

pequeños mosaicos que se mantengan de pie.

 

No les pido imposible.

Pero nada de ramplonerías ni cursiladas, o tendré que implicarme.

 

                                                                            Johann R. Bach

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