12 nov. 2014

“el más negro y corrosivo de los malditos cuervos verdes”.

SOFISTICADO JOHANN

Marta Guillamon está convencida

de que empezó a enloquecer, no a los veinticuatro como era de esperar, sino a los treintainueve.

 

El primer aviso de locura textual

–recordemos aquí que Marta heredó un negocio editorial- se hizo patente con la pérdida parcial de sus capacidades olfativas.

 

En efecto,

durante el proceso de una afección gripal todas las sustancias le daban la sensación que olían a café tostado.

 

Y, por otro lado, le producían náuseas

todos aquellos textos en que un torrente de imágenes tópicas de la literatura de terror se vuelve insustancial y naïf por haberse extraído de

 

un discurso donde pudieron haber sido necesarias:

oscuridad, ratas, casas abandonadas, pasadizos secretos, monstruos de origen humano habitando minas abandonadas e instalaciones militares subterráneas…

 

Ante el peso de los años,

se refugia en los poemas de Johann y, a pesar de que nunca diría que su amigo es "un buen poeta", "el más grande poeta de L'Empordá heredero de Edgar A. Poe" o, en sentido contrario

 

"el más negro y corrosivo

de los malditos cuervos verdes".

 

Marta sabe que otros lo dirán,

pero no será ella –según sus propias palabras quien lo diga-, porque todas esas etiquetas ridículas sobran a la hora de hablar de cualquier escritor.

 

O, más bien, a la hora de hablar de cualquiera.

 

Sabe Marta, eso sí,

que Johann escribe poesía en prosa. Eso es un hecho. Sencillo –dice-, tal vez, pero verdadero.

 

Haciendo esas declaraciones

la exime de adelantar un juicio de valor, de hacer una aseveración sin fundamento.

 

Parece estúpido, pero no lo es.

 

Es más: a partir de un determinado momento

–según declaró Marta, en cierta ocasión al periódico La Vanguardia- de su trayectoria, Johann se empeñó en escribir "un definitivo y único poema" y para hacerlo, ha probado con numerosas variaciones,

 

ensayos de aproximación seriada

que terminan por no tener otro marco de referencia que ellos mismos.

 

El poema es la guarida

del animal poético que no existe, del hombre modelado por la lectura hecha con filtros muy finos.

 

El único relato válido para Johann R. Bach

–según el concepto de Marta- es, al final, el que construye la literatura, superpuesta y convertida en segunda piel para quien ha perdido contacto con

 

aquello que se suele llamar "mundo",

que ha huido de él a través del ciervo de la locura.

 

La paradoja es que lo que existe

–como los poemas de Johann R. Bach en palabras de Marta- está radicado, al final, en lo que no existe.

 

"El poema se anuda

al sufrimiento que no existe,

en la página

que no existe".

 

La poética de Johann R. Bach es, así,

paradójica, contrahecha. El poema es, en él, propiamente lo que existe frente al espectro de

 

lo imaginario que es lo inexistente.

Es algo atroz: algo que tiene vida, pero no tiene mirada.

 

                                                         Leo P. Hermes

 

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