3 sept. 2014

gorgoteos de sed de justicia radical, frutos de mar y flores de olas,

UNA EDAD CRÍTICA

 

En cierto modo

no tuve más remedio que seguir sus dictados ¡y qué profunda entonces, qué profunda la pasión de sus sueños!

 

Descubrí el día.

Conocí gentes que, formalmente, eran superiores a mi condición, oí conversaciones de palabras lentas y aquilatadas.

 

Hablo de aquella edad

que me otorgó la sensación de verme en un mundo inmediato, la gran ciudad que nos llama, en los mismos lugares,

 

en las mismas penumbras

donde hay ojos que siguen el deseo desnudo de los míos, amor que pide crédito a largo plazo,

 

razones que parecen buenas razones.

 

Pero de pronto

cambia el mundo en la gran ciudad: huelgas que muestran desequilibrios y humillaciones hasta el punto de desencajar las mandíbulas de los contenedores de basura;

 

luego, hacia las doce

en el reloj de la luna, la más vaporosa de las lunas, baja, sigue bajando, y baja con su centro

 

sobre la corona de la eminencia

de la montaña de Montserrat mientras su amplia circunferencia en gratas colgaduras cae sobre la ciudad, sobre aposentos,

 

sobre todo ser somnoliento,

y los entierra por completo en un laberinto de luz.

 

Los átomos de esa luz se deshacen en chubascos, de los que esas mariposas terrestres, que el cielo buscan y que descienden de nuevo

 

(¡seres nunca satisfechos!),

una muestra se han traído en sus alas temblorosa.

 

Sí, sí; hablo de aquella edad

en que no tuve más remedio que aceptar globos de esperanza, estrellas de locura -como ya he escrito sobre ello en alguna otra ocasión-,

 

zarzas de odio, pompas de arcoíris,

 

orquídeas de amor,

lianas de traición, gorgoteos de sed de justicia radical, frutos de mar y flores de olas,

 

palomas diáfanas,

pájaros en un cielo de agua; y, en definitiva hablo de una edad en que esos querubines acróbatas de nácar

 

pintaron para mí una aurora

en el fondo del mar.

 

                                                         Johann R. Bach

 

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