13 ago. 2014

¿Quiénes son? ¿qué hacían allí? No lo sé. Pero gracias a ellos sobreviví. No hablaban, me alimentaron, curaron mis heridas...

AGUA Y DÁTILES

Acabada el agua
que me supo a sangre, espesa y caliente, me desmayé o dormí. Al poco rato, despierto, me pareció ver un caballo inmóvil, sin sudor, reseco.

Hubiera montado sobre él,
pero estaba muy débil. Por otra parte sin rumbo, en aquel desierto no podría llegar muy lejos.

A pesar de mi aturdimiento oía como un rumor el mar.

Todo iba y venía
en medio de una cristalina niebla, y, no podría afirmar que no fuera fruto de mi propia debilidad.

Por momentos
el sol era enorme aunque se volvía pequeño cuando lo tenía frente a mí. Se agrandaba al darle la espalda.

De los compañeros
que hasta aquellos había obtenido una vida sociable aceptable, ni el más leve rastro.

El aire era sonoro
y el caminar se me hacía pesado pues a cada paso mis pies se hundían en la arena hasta alcanzar las rodillas: Aquellas dunas parecían infinitas.

Tenía la impresión
de que vagaría por aquel desierto sin hallar a mi gente hasta hundirme del todo. El caballo aquel era incapaz de llevarme a otra parte:

se deshacía de sed.

Lo abandoné –creo- a su suerte.
A partir de aquel momento sólo pensaba en mi espalda y en mi cuerpo seco como la arena:

mi garganta era puro cuero
y los ojos dos dedos en carne viva.

Creo que si hubiera encontrado a alguien
no me hubiera atrevido a decir siquiera que me ahogaba. Hasta ese punto había alcanzado la sequedad mi lengua.

El sol se había detenido
en aquel eterno mediodía y me comía la carne a través de las grietas que él mismo me había producido en la piel.

De repente aparecieron ante mí sombras
como de cuevas frescas y húmedas. Había varías, pero sin pensarlo, me metí en la primera.

Del techo caía el agua goteando.

Bebí gota a gota aquella vida.
Algo recuperado intenté chillar y pedir ayuda, pero de mi garganta sólo salieron chasquidos de lona vieja.

Me tumbé bajo aquella gota incesante
y volví a dormirme al sentir el frescor sobre mi pecho.

Debía ser ya de noche cuando vi unos bultos.

Entre mantas,
cántaros en forma de animales y armas antiguas enmohecidas, había figuras que parecían momias o estatuas.

Asustado salí afuera de la cueva.
Ante la espantosa visión del desierto, retrocedí. Una figura humana parecida a un anciano se acercó a mí.

Sin mediar palabra me ofreció agua.
Si hubiera sido un veneno me lo hubiera tragado igualmente. El sol estaba a punto de desaparecer detrás de una duna.

Aquellos ojos
bajo blancas y pobladas cejas me miraban. Descansaré entre esta gente pensé, comeré los frutos que me ofrezcan.

¿Quiénes son? ¿qué hacían allí?
No lo sé. Pero gracias a ellos sobreviví. No hablaban, me alimentaron, curaron mis heridas...

No tuve tiempo de aprender
siquiera cuatro palabras de su idioma, pero su generosidad estaba fuera de duda.

Pasadas algunas semanas
Registré, en la biblioteca municipal, todos los libros que pude buscando vestigios de algún pueblo de la zona, de algunas gentes que hubieran sobrevivido al gran tsunami.

La falta de fiestas
en la zona junto al mar me llevó a la conclusión de que también las instituciones perecieron o bien se las llevaron aquellas gentes a otros lugares.

La única institución
de la que puedo dar fe es la de la hospitalidad generalizada de aquellas gentes que en medio del desierto obtienen agua, higos y dátiles.

Cuando mis hijos me preguntan
si aquella historia es cierta, miro al cielo como haciéndome yo mismo la pregunta y callo.

                                                                    Johann R. Bach

5 comentarios:

  1. Uno lo lee y haces sentir tu sed , la desolación de caerse al precipicio de la nada con la herida de la muerte pisando los talones .Esa gota que cae devuelve a la vida junto los higos y dátiles.Y miras a cielo y callas ante la certeza o no de esta historia....Sabemos que somos supervivientes al igual que necesitamos de los demás en este engranaje vital,y muchas veces esa ayuda viene se seres anónimos,desconocidos....Todo un canto a la esperanza,en un mundo cada día más inhumano .Cordial saludo!!!

    ResponderEliminar
  2. bueno, muy bien logrado el efecto que quieres conseguir!

    un abrazoooo

    ResponderEliminar
  3. Miles de personas atraviesan los desiertos en estos días de calor y de sus sufrimientos casi nada se deja traslucir a través de los medios de comunicación. Sólo su problemática política - no humana - parece interesar a los gobiernos.

    En este escrito he querido meterme en la piel de alguno de esas personas que se juegan la vida al dejarse seducir por los cantos de sirena de un mundo más justo. Gracias por vuestras palabras Xana, Julio, América Rojas.

    ResponderEliminar
  4. COMENTARIO DE BÁRBARA (vía mail johannboss@gmail.com)

    Wooow! He acabado sedienta entre dunas y desierto. Una calor impresionante se ha apoderado de mi cuerpo.
    Arrastrándome me he visto recorriendo tu sol incandescente hasta sentírme húmeda con gusto en la cueva de las gotas.
    Fuera o no un espejismo, mis huesos se hallan igual de cansados que los tuyos en la realidad. >_<

    ResponderEliminar