22 mar. 2016

Estaba de muy buen ver la chica –pensaba Jotapé.


JOTAPÉ DE SOBRENOMBRE

Al parecer Emilia tenía un ojo especial
a la hora de escoger amistades.

En cierta ocasión
acogió en su casa a J.P. un muchacho de dieciocho años hijo de una profesora de metafísica de una academia clandestina de la época.

¿Queréis que os explique la historia de Jotapé?

¡Oh sí Tía Mygale! –dijeron a coro todas aquellas arañitas que se reunían por las tardes para aprender a tejer.

Le llamaban Jotapé
–reanudó su relato la vieja araña narradora- porque firmaba las postales que enviaba a sus amigos desde los lugares que visitaba con las siglas J.P. ocultando así su verdadera identidad al igual que lo hacían los jóvenes revolucionarios de la época. Cuando se le preguntaba sobre el significado de aquellas siglas respondía que eran las iniciales de Janos Petrovich un pseudónimo que pensaba utilizar en sus escritos futuros pues era muy romántico.

Una de aquellas tardes
Jotapé había puesto una música bailona, ya sabéis, de esas salsas caribeñas que sólo oírlas cualquier araña empieza a mover el culo, cuando, de repente, sonó el timbre. Al abrir la puerta se encontró Jotapé a una joven ataviada como una antigua deshollinadora con sus instrumentos de limpieza.

Aquello, os lo juro chicas, me hizo abrir los ojos. Inmediatamente me descolgué del techo y me situé sobre un cuadro en el que Emilia llevaba un vestido de blonda blanco, largo hasta los pies, de primera comunión con un misal blanco biselado en oro en una mano y un rosario oscuro en la otra. Sobre su cabeza lucía una diadema orlada de brillantes.

Desde aquella posición
lo podía ver todo perfectamente. Sabía que estaba a punto de pasar algo y saqué de mi bolsillo mi cuaderno de notas y me dispuse a describir todo aquello que pasara.

Aquella muchacha
llevaba una gorra de esas llamadas apaches, la visión de la cual dejó a Jotapé totalmente desconcertado. Ella le dice que la escritora Emilia la había llamado para hacer la limpieza. Sin más preámbulo extendió un plástico junto al fuego a tierra y comenzó a sacar la ceniza. Llevaba unos pantalones negros, camisa azul marino y zapatos botines con cordones y calcetines negros. El color oscuro le estilizaba la figura y disimulaba aceptablemente sus voluminosas tetas. Cuando Jotapé estaba seguro de que ella no podía verle miraba descaradamente aquellas caderas bien puestas y que se balanceaban de vez en cuando al ritmo de la música caribeña. Con el dorso de la mano se limpiaba el exceso de saliva que se desbordaba por las comisuras de sus labios como si estuviera viendo a alguien comer un limón.

Estaba de muy buen ver la chica –pensaba Jotapé.
Cuando acabó la faena el muchacho, temblorosamente, le dio un cheque que Emilia había dejado en el mueble del recibidor. Ella enrolló en una manta sus instrumentos de limpieza y al ver lo azaroso que estaba, y divertida, le preguntó si no iba a darle un beso. Dicen que trae buena suerte –dijo ella.

Aquello era demasiado para Jotapé;
sus ojos estaban más abiertos que los míos os lo aseguro. Unas décimas de segundo después se puso colorado como un tomate. La besó en la mejilla y se estremeció al sentir aquella piel tan suave exenta de todo vello masculino. Ella rio y sujetando la cara de Jotapé, dirigió sus ojos hacia los labios de él y le dio un pico. Sí sí, un beso en todos los morros. Luego le dijo tranquilamente: Me llamo Rosita. Luego se giró para marcharse.

Jotapé la acompañó hasta la puerta y la acompañó escaleras abajo. Sentía el beso quemándole los labios; no sabía qué le pasaba. Estaba su cuerpo lleno de sensaciones que lo conducían hacia aquello que él desconocía. Estirando las orejas me pareció oír cómo le decía que le gustaría verla otra vez. Se debía preguntar si a ella le gustaría ir al cine con él alguna vez. Por primera vez Jotapé supo qué quería hacer de su vida. Pero en aquel momento no se lo dijo.

Rosita poniéndose las manos sobre las caderas
se lo miró de arriba abajo y un silencio denso se interpuso entre los dos, pero finalmente ella le dio una tarjeta de la empresa de limpieza en la que trabajaba.

Llama a este número esta noche
–dijo Rosita- después de las diez. Entonces hablaremos. Ahora me tengo que ir. Volvió a mirar a Jotapé otra vez a los ojos y sonrió.

¿Y después qué? Las arañitas estaban inquietas.
¿Nos vas a contar Tia Mygale el resto de la historia? No te pares ahora.

Mañana os contaré el resto.
                                                                     Johann R. Bach

2 comentarios:

  1. ale_cuelebre@hotmail.com
    23:26 (fa 50 minuts)

    Jotapé,el chico romántico (que no quería que le dijeran cuando debía reír) se turba y se le enciende el poder del deseo ante la voluptuosidad alegre ,sensual y directa Rosita .Un buen comienzo para querer saber mucho más "después de las diez",por qué J.P supo por primera vez lo que quería hacer con su vida,y sus futuros escritos como Janos Petrovich.Cómo dabes atrapar,poeta***!!!!!****

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  2. Obvio,posiblemente me interesarían los pensamientos de un revolucionario romántico,utópico..¿Queda alguno hoy?

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