8 abr. 2015

Las niñas se reúnen en el patio de la escuela con vestiditos de una pobreza que rompe el corazón.


Hay una vela
que el viento ha apagado y una taberna de donde surge un embriagado a media tarde;

también hay una parra quemada
y negra con agujeros llenos de arañas mientras que dentro de la casa se ha blanqueado con leche una habitación.

Quizá haya una isla –no lo sabes-
en los mares del sur para recibir a Febus dios del sol, pero a lo lejos se oye un ruido de sables y tambores.

Los hombres, nerviosos,
interpretan danzas de guerra y la mujeres mueven las caderas entre lianas y flores de fuego al compás del mar que canta.

¡Oh nuestro paraíso perdido!

Las ninfas han dejado los bosques sagrados
y se les culpa de ello a los extranjeros. La lluvia centelleante ha empezado y se espera que sus aguas sacien la sed de las setas.




A pesar de ello aún cantan a coro con alegría.

Las sombras se abrazan
ante un espejo ciego y tras los cristales de las ventanas del hospital los convalecientes aprovechan las últimas calorías del aire calentado por los radiadores.

Un barco cargado de alimentos
que pretendía llevar ayuda a miles de personas cargados a su vez de epidemias sangrantes ha sido tiroteado y asaltado con el resultado de una decena de marineros muertos en la "escaramuza".

¡Oh nuestro paraíso perdido!

Las hermanas extranjeras
reaparecen en las pesadillas de los gobernantes como un presagio; agachadas bajo los avellanos, juegan con las estrellas de los que sueñan.

                                                             Johann R. Bach

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