15 sept. 2015

"Tú sabes escuchar, pero depende de que sepas también soñar"


EL OLOR A BOSQUE SAGRADO

Cierto día que estábamos de visita en casa de Tío Arturo, mi primo Arturito había vuelto de jugar un partido de fútbol con el equipo de los guardias y a pesar de que jugó de portero llegó más sucio que un gorrino y no se llevó una paliza porque estaba yo presente, pero la bronca fue mayúscula. Cuando se fue mi primo le dije a Tío Arturo que aquella noche tendría pesadillas porque no me había gustado oír aquellas palabras tan duras para un hijo.

Tio Arturo me miró con una ternura infinita, totalmente transformado y me sorprendió al decirme: "Tú sabes escuchar, pero depende de que sepas también soñar. Mira te regalo esta bola de cristal tallada icosaédricamente. Colócala debajo de la almohada y cuéntame cuando nos volvamos a ver qué has soñado esta noche".

Yo no atinaba a ver si Tío Arturo era un ángel o un demonio, pero aquella noche puse la bola de cristal bajo la almohada y aquella noche soñé con un bosque. Un bosque verde-ocre en el que el aire de después de la lluvia brillaba como el sol. Un bosque matinal, cargado de rocío, llenos de mosquitas doradas recién nacidas, con miles de hojas transparentes y temblonas.

Yo caminaba por aquel bosque que olía a leña rojiza, a taninos, a hongos, entre troncos jóvenes y largos, delgados, combados hacia el sol, tallos esmeraldas y dorados, ¡sin embargo, tan vivo! A través de las amplias cúpulas de las ramas se abrían ojos de cielo azul. De allí parecían brotar los silbidos de los pájaros que abolían el silencio... Por los cientos de senderos que atravesaban el bosque infinito se escurrían los erizos y correteaban las comadrejas. En los claros, las ortigas y las campanillas violetas daban sombra al bullicio de los escarabajos peloteros. El bosque me parecía a mí, una niña perdida en sus senderos arrastrando una extraña enfermedad hipoendocrínica, la única realidad posible. Intentaba, sin lograrlo, recordar alguna cosa más, pero tampoco me lamentaba estar perdida. Encantada con el color de las mariposas, con el sabor de las frambuesas que me habían embadurnado la cara, avanzaba feliz, saltando, tumbándome para beber el agua ligera de algún diminuto arroyo cristalino.

Aquel era mi mundo y deseaba no tener que abandonarlo jamás. Bajo una hoja manchada de barro encontré una criatura como yo: un caracol con el caparazón roto. Entre los árboles, una araña extendía su tela llena de gotitas de rocío. Una rama seca me arañó el brazo desnudo. No buscaba la salida, los caminos no eran caminos hacia algo, hacia otro sitio, sino la pura alegría de caminar a través de un milagro.

Cuando me desperté me alegré de haber aprendido a soñar. Deseé en aquel momento volver a Manresa para que mi primo Arturito me paseara en bicicleta.

                                                               Johann R. Bach

4 comentarios:

  1. ¡Precioso y profundo escrito!
    Le felicito Johann.
    Abrazos.

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  2. COMENTARIO DE XANA

    Sabias palabras de tío Arturo para la prima de Clara!!La inmersión en este bosque sagrado lleva al lector a su propio mundo onírico y el sentir del olor la brisa de sus deseos.

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  3. El rocio mañanero, los arboles, los caracoles, el zorro, los arañones, las flores silvestres, los trinos, los pájaros, objeto de los sueños, es la maravilla de la naturaleza.Bonito relato.Julio.

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  4. Maria Odiaga20:34

    Me ha gustado.

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