17 sept 2015

Al alejarme de su atractivo mortalmente femenino, ya no soportaba pasear sola


MERCHE Y EL ESTIGMA DE LA BELLEZA FEMENINA



Escribir por fin,
que tras el enfado con Merche, tras aquella escena horrible del Jardín de la Sagrada Familia, no volvimos a hablar en tres semanas, puede que incluso en un mes entero. Fue para mí una época negra de la que ni siquiera hoy sé como salí. No podía leer ni estudiar, precisamente entonces, cuando se acercaba la reválida de bachillerato -aún sin su carácter obligatorio. Había perdido el norte, no sabía qué hacer para sobrevivir.

Acostumbrada a estar continuamente junto a ella, a soñar con ella, a admirar de cerca su belleza, su atractivo mortalmente femenino, ya no soportaba pasear sola por las calles de una Barcelona gris, como solía hacer antiguamente para remediar mi soledad; tampoco me gustaba ya jugar al ping-pong o sentarme en una butaca del cine de las Galerías Maldá a ver una película de una sesión matinal. Sólo Clara percibió mi llamada de ayuda y se esforzó por sacarme de aquella erotopatía.

Merche se iba volviendo más y más opaca ante mis ojos, como si, indescifrable, se revistiera de una coraza de nácar. Ya no me hacía el menor caso en la clase. Tras las primeras semanas del segundo trimestre, me cambié de pupitre y ella no mostró ninguna reacción en absoluto. Estaba muy cambiada, como si hubiera madurado de repente unos cuantos años. Su actitud había adquirido una especie de orgullo desafiante mientras yo iba comprendiendo poco a poco que ya no me necesitaba.

Merche empezó a mostrar que ya no titubeaba, que, por fin, sabía lo que quería, que era madura y fuerte (en tanto que yo no lograba abandonar la niñez a causa de mi extraña enfermedad hipoendocrínica). Ya no se hacía la melindrosa cuando hablaba con las compañeras de clase sino que, en todo lo que decía, mostraba una cierta suficiencia enunciativa -una señal de la experiencia, según su propia opinión-: Era una mujer, no tenía tiempo de hacerse preguntas, de meditar, ella ya sabía.

Debido a ese "estilo elevado" que se había arrogado, es posible que no viera en mí más que una niña prendada de ella la diosa. Merche creía en ese momento que había dado el salto y se situaba entre los fuertes, mientras que yo seguía boqueando perpleja en el agua estancada de aquella prolongada adolescencia. Si hubiera tenido más fuerza para soportarlo, es probable que, al finalizar el bachillerato y dejar de verla hubiera conseguido olvidarla, aunque no podía imaginar cómo iba a ser mi mundo sin Merche.

Desgraciadamente, no fui capaz de quedarme quietecita y una noche me senté y empecé a escribirle una carta. Le escribí dieciseis páginas y fui rápidamente a echar el sobre en el buzón de su casa en la Avenida Gaudí. No había vuelto a entrar en aquel portal de escalones de piedra blanca desde hacía un tiempo indecible. Nuestra ruta -la calle Asturias hasta la plaza de la Virreina por donde la acompañaba bajando por el Torrent de'n Vidalet y encauzar nuestros pasos por la Travessera de Gracia hasta su cas para luego continuar yo sola- me parecía una zona viva, psíquica, diferente al resto de calles de la telaraña del Barrio de Gracia.

Porque allí había estado al acecho la propia araña y los hilos conservaban aún la vibración de sus miembros peludos y el calor de su pálido y cálido vientre. Sé que hice una estupidez al escribirle, pero fue un gesto que nació de una lógica subliminal, afectiva y, por tanto, muy poderosa. Hice lo que se imponía en aquella situación. No era una carta lacrimógena; cierto que el tono era triste pero también era seco, contenido, cínico en ciertos pasajes.

Ya no recuerdo una sola línea de aquella carta, pero lo que sí que sé es que, a grandes rasgos, le señalaba lo mal que me sentía por no haber podido seguir siendo amigas y cuánto me habría gustado penetrar en su cerebro, en sus nervios, en sus venas, en todas las células de su cuerpo, para comprender por fin quién era ella, para poder comunicarme con ella, de un modo completo, de una vez por todas. Dos noches después, ya sería casi de madrugada, me llamó por teléfono. Se la oía muy emocionada. Me dijo que había leído mi "cartita de amor". "Si hubieras sabido como tratarme, si hubieras sabido jugar un poco conmigo... Yo te he querido mucho, pero no había nada qué hacer, tú no entendías nada... Pero ahora haría cualquier cosa por ti, pídeme CUALQUIER COSA... "

Le dije que no quería pedirle nada y que aquella carta no tenía nada que ver con ella, que tenía que ver sólo conmigo, ni siquiera llegó a interesarme -al escribirla- que la leyera. Comprobé, con cierta alarma, que estaba temblando mientras hablaba con ella, pero conseguí mostrarme fría porque ahora ya la conocía.

La conocía bien.

                                                          Johann R. Bach

15 sept 2015

CONVERSACIONES CON MI AMIGO EL LAGARTO


POESÍA EN UN ENTIERRO DE LAGARTOS

Aquellos ratitos de reposo al sol
junto a mi amigo el viejo lagarto en el jardín del hospital eran los mejores del día. Aquellos ojos saltones y estrábicos se habían convertido en algo cotidiano y familiarmente natural.

Un día que había llovido
tardó bastante en volver a aparecer aquella sabia criatura, pero llegó en el preciso momento en que ya había comenzado a mover mi silla de ruedas.

"Creía -le dije en tono quejumbroso-
que esta tarde ya no vendrías".

"He ido al entierro
-contestó pausadamente el lagarto- de la lagarta más vieja del jardín. Tenía buen corazón y siempre había ayudado en los partos de lagartijas jóvenes y juguetonas".

"Ha sido muy emocionante
-continuaba diciéndome mi sabio amigo- ver todo el séquito de lagartos cubriéndose de la lluvia con tiernas hojas de nenúfar. Es, ya sabes, una obviedad decir que nada es duradero excepto el cambio".

"Cada latido del corazón
nos causa una herida, microscópica, sí, pero herida al fin y al cabo: La vida sería un eterno desangrarse si no existiera la poesía,

pues ella nos concede
aquello que la naturaleza nos deniega:

una edad de platino
que no se oxida, una primavera que no se marchita, un cielo de felicidad sin nubes y una juventud eterna.

                                                                 Johann R. Bach

"Tú sabes escuchar, pero depende de que sepas también soñar"


EL OLOR A BOSQUE SAGRADO

Cierto día que estábamos de visita en casa de Tío Arturo, mi primo Arturito había vuelto de jugar un partido de fútbol con el equipo de los guardias y a pesar de que jugó de portero llegó más sucio que un gorrino y no se llevó una paliza porque estaba yo presente, pero la bronca fue mayúscula. Cuando se fue mi primo le dije a Tío Arturo que aquella noche tendría pesadillas porque no me había gustado oír aquellas palabras tan duras para un hijo.

Tio Arturo me miró con una ternura infinita, totalmente transformado y me sorprendió al decirme: "Tú sabes escuchar, pero depende de que sepas también soñar. Mira te regalo esta bola de cristal tallada icosaédricamente. Colócala debajo de la almohada y cuéntame cuando nos volvamos a ver qué has soñado esta noche".

Yo no atinaba a ver si Tío Arturo era un ángel o un demonio, pero aquella noche puse la bola de cristal bajo la almohada y aquella noche soñé con un bosque. Un bosque verde-ocre en el que el aire de después de la lluvia brillaba como el sol. Un bosque matinal, cargado de rocío, llenos de mosquitas doradas recién nacidas, con miles de hojas transparentes y temblonas.

Yo caminaba por aquel bosque que olía a leña rojiza, a taninos, a hongos, entre troncos jóvenes y largos, delgados, combados hacia el sol, tallos esmeraldas y dorados, ¡sin embargo, tan vivo! A través de las amplias cúpulas de las ramas se abrían ojos de cielo azul. De allí parecían brotar los silbidos de los pájaros que abolían el silencio... Por los cientos de senderos que atravesaban el bosque infinito se escurrían los erizos y correteaban las comadrejas. En los claros, las ortigas y las campanillas violetas daban sombra al bullicio de los escarabajos peloteros. El bosque me parecía a mí, una niña perdida en sus senderos arrastrando una extraña enfermedad hipoendocrínica, la única realidad posible. Intentaba, sin lograrlo, recordar alguna cosa más, pero tampoco me lamentaba estar perdida. Encantada con el color de las mariposas, con el sabor de las frambuesas que me habían embadurnado la cara, avanzaba feliz, saltando, tumbándome para beber el agua ligera de algún diminuto arroyo cristalino.

Aquel era mi mundo y deseaba no tener que abandonarlo jamás. Bajo una hoja manchada de barro encontré una criatura como yo: un caracol con el caparazón roto. Entre los árboles, una araña extendía su tela llena de gotitas de rocío. Una rama seca me arañó el brazo desnudo. No buscaba la salida, los caminos no eran caminos hacia algo, hacia otro sitio, sino la pura alegría de caminar a través de un milagro.

Cuando me desperté me alegré de haber aprendido a soñar. Deseé en aquel momento volver a Manresa para que mi primo Arturito me paseara en bicicleta.

                                                               Johann R. Bach

13 sept 2015

NUEVO POEMARIO ENTRANDO EN LA IMPRENTA

Se trata de una selección de poemas y fragmentos que describen UN PEQUEÑO RINCÓN DEL ÁPEX. Pronto podréis tenerlo en formato libro en papel

Saludos a tod@s

EN UN RINCÓN DEL ÁPEX


                                                              Johann R. Bach

12 sept 2015

Era un torbellino bailando charlestón o montando en bicicleta


NOTAS PARA MI PRIMA LIBERTA (fragmento)

Cada vez que íbamos a casa de Tía Alicia, yo me ponía muy contenta pues sabía que me esperaba una buena merienda y un buen racimo de uvas recién cogido de la parra. Y además Liberta me explicaba historias de sus amigas de baile del Salón Venus, pero aquel día recién salida del hospital me pareció todo muy diferente: Los árboles de la avenida que moría en el manicomio ya no los vi tan grandes, ni la caminata desde la Plaza Virrey Amat final de la línea del tranvía 47 hasta aquel frenopático no se me hizo tan larga.

La prima Liberta no sólo ponía color a aquel barrio gris de calles llenas de polvo ardiente sino que era una auténtica referencia en la familia. Era atrevida y divertida: Aún recuerdo como perseguía al primo Arturito, comiéndoselo a besos y colocando su mano entre las piernas de un esquivo muchacho. ¡Venga, venga, no seas tonto que soy tu prima! Era un torbellino bailando charlestón o montando en bicicleta

Como otras veces, Liberta salió a recibirnos con brillo en su rostro, con  sonrisa encantadora, con calor en sus labios, con fuertes abrazos. La merienda consistió en una rebanada de pan regada con leche condensada y una pastilla de chocolate Torras -el sucedáneo chocolate de algarroba ya no existía-, sin embargo, aún era pronto para las uvas. Cuando le dije a Liberta que había escrito, tal como me lo había dicho, cosas que había visto en el hospital abrió los ojos como naranjas y se puso a temblar como un flan: no podía sostener mi cuaderno en las manos. Me propuso que le leyera yo misma con mi voz las anotaciones:

Martes

hoy he visto a la enfermera más corpulenta
-que lucía unas sombras verdosas bajo la bata que me permitían imaginar su combinación- agarrar la jeringa y acercar la larga aguja hacia el hueco entre las vértebras, reluciente de yodo como si lo hubieran escupido encima, y clavarla empujando a través de la piel. He visto cómo se detenía  un instante y luego empujaba de nuevo hasta que se ha oído un crujido audible incluso desde la cama contigua donde esperaba yo mi turno. He oído como Elisa -mi compañera de la cama contigua- ha lanzado un gemido de dolor e impotencia y he visto como sus lágrimas caían a chorro desde su rostro.

La han mantenido arqueada unos cuantos minutos más, con un algodón húmedo apretado sobre la zona de la punción, luego la han tumbado lentamente de espaldas y le han vuelto a poner el pijama.

Miércoles

Hoy Elisa no podía mover la cabeza y no ha podido ver cómo Paula ha estado llorando bajo las sábanas casi sin interrupción, Carmela no quería ver nada de lo que pasaba y se ha puesto de cara a la pared, y allí, al parecer, se ha sentido más tranquila. Únicamente yo y una señora -la única enferma adulta de la sala- aquejada de una parálisis facial aguda presenciábamos todo, yo jugando nerviosa con uno de mis rizos, ella, con una expresión de arlequín, sonriendo con la mitad del rostro, parpadeando con un solo ojo. Así me he entretenido toda la mañana; por la tarde mientras todos dormían la siesta yo he escrito en mi cuaderno.

Jueves

El médico ha pasado hace un rato por mi cama y me ha preguntado si ya había terminado de escribir. Todavía no -le he contestado. ¿Qué contienen esas páginas -ha insistido él- que has colocado en la mesilla y encima de las sábanas? Como yo no decía nada, él me ha dicho quizá para tranquilizarme: "no te preocupes que no voy a leer lo que has escrito". "Son notas para mi prima. Ella me dice que escribo bien y eso me gusta.

¿Eran obra mía aquellas palabras que escribía o de ella? ¿Podía distinguir acaso qué palabras eran suyas y cuáles eran mías? Vuelvo a tener miedo. Cuando cierro los ojos y pienso en ella, en su olor a almidón, me pierdo en el paisaje de su alegre cerebro, como si pisara arenas movedizas, zonas rosas y marfileñas; me hundo en el valle de la circunvolución de su hipotálamo, en sus cisuras laterales. Tengo la sensación de avanzar por senderos estrechos en el bosque oscuro de su paleoencéfalo (arqueocerebro tan querido por Laborit), me siento reflejada en las aguas del lóbulo posterior hipofisario. Siento purificarme al subir al mesencéfalo lleno de alegorías de reptiles y pájaros dentados, perdida allí, entre helechos arborescentes. A veces, incluso me parece explorar las seis capas extasiadas del neocórtex sobre el que hay una imagen parecida al cuadro Guernika. frentes planas, boca de labios gruesos y lengua desmesurada, el cuerpo proporcionado con manos dotadas de finos y largos dedos preparados para acariciar las teclas de un piano.

Me recreo a menudo, con sumo placer, por el laberinto de la mente de mi prima Liberta, piso los pedales que mueven sus rodillas. Miro mis dedos pequeños y blandos, con el esmalte de uñas levantado que me regaló Tía Rosita. Con ellos he sujetado el bolígrafo. Así que ¿quién ha sido el que ha escrito esto?¿Ella o yo?

                                                                                 Johann R. Bach

10 sept 2015

La despreocupación de la prima Liberta


LA MÚSICA DE CHARLESTÓN
DE LA PRIMA LIBERTA (fragmento)

Antes de conocer a Clara
recuerdo vagamente que vivíamos en otro planeta y que dábamos muchas vueltas por callejuelas desconocidas, y que después de pasar junto a escuelas ocres y achaparradas con planchas "Pegaso", con bastidores verdes en las ventanas y otros tejados marrones, junto a centros de distribución de aceite, queso anaranjado americano y leche en polvo, en los que siempre había cola, y un taller de herrero abierto, sin puertas ni fachada vallada con hierro al rojo sobre un viejo yunque, nos adentrábamos por fin en la calle donde vivía Tía Alicia.

Era una calle larga y recta, con cercas de madera y muretes bajos de ladrillo a modo de fechada alineada con la última casa de un lugar polvoriento y aire demasiado denso para mis pulmones. Si la recorría en verano, la reconocía siempre por los fragmentos de cometas de papel enredada en los hilos de la luz, entre los postes de madera grasienta por haber sido pintados con creosota de fuerte olor acre. Muchos de aquellos cometas habían sido elaborados con papel azul de envolver. Otras, en cambio, estaban pintadas con tizas de colores, así que parecían manchas de un cielo arlequinado.

Teníamos que atravesar un gran huerto para llegar a la casa de ladrillo la penúltima de lo que entonces se llamaba barrio. Detrás de la casa se extendían los campos llenos de malas hierbas. ¡Qué raro me parecía que una calle -sin asfalto y sin aceras, aunque sí había en ella tapas metálicas de fundición que indicaban la existencia de cloacas- acabara en el vacío en lugar de dar a otras calles. En cuanto llegábamos a la puerta teníamos que andar con cuidado para no despertar la ira de las abejas que con sus enjambres completos se habían apoderado de un viejo carro ya inutilizado por la falta de uso.

A la izquierda de la puerta un viejo camión con sus llantas desprovistas de neumáticos y rodeado de cebollinos y geranios, de crisantemos y dos rosales. Detrás se alzaba aún con fuerza la casa roja de la enviudada Tía Alicia, cuadrada, con tejado de zinc. La prima Liberta, bastante mayor que su hermana Trinidad, venía a recibirnos a toda velocidad. A mí gustaba su figura. Sonriendo de oreja a oreja con una alegría exagerada, nos invitaba a entrar. Esperaba que, como siempre, me diera un plátano manjar inolvidable de la infancia.

Un pasillo largo, siempre fresco, pues daba a un patio en el centro geométrico de la casa como en las construcciones romanas. Al otro lado del patio se hallaba el comedor. Mientras allí charlaban todos Liberta me enseñaba los peces del pequeño estanque, pero lo que más me llamaba la atención era la vieja máquina de coser cargada con dos cubos metálicos con blancas margaritas.

Liberta era todo lo contrario de Trinidad. De su rostro huía el sombrío aspecto y su frente despejada daba paso a un aspecto despreocupado. Sus ojos, cuidadosamente pintados, añadían brillo al paisaje. Tía Alicia le echaba en cara su despreocupación y no veía con buenos ojos que fuera los sábados a bailar, pero la verdad es que bailaba el charlestón con garbo y a mí me hacía reír con sus requiebros de brazos y piernas con un aire que llenaba la casa de sonrisas. En invierno no íbamos a visitar la casa de Tía Alicia porque la calle estaba completamente embarrada. Así que a cada verano el paisaje era distinto porque de año en año la calle se iba llenando de nuevas construcciones.

                                                        Johann R. Bach

9 sept 2015

“Nada en el mundo desea retroceder”


CONVERSACIONES CON UN VIEJO LAGARTO

Me extrañó mucho, la verdad,
oír en boca de un viejo lagarto el Segundo Principio de la Termodinámica: la irreversibilidad de todo proceso en la naturaleza.

"Nada en el mundo desea retroceder"
–me dijo aquel viejo lagarto que se quejaba de necesitar los baños de sol sobre el muro de piedra y al mismo tiempo sentir que el calor formaba parte de su envejecimiento.

"Todo tiende hacia adelante
–añadió el sabio lagarto- y, finalmente, tendrá lugar un gran avance de la naturaleza":

"Las piedras, se harán plantas,
las plantas se convertirán en animales, los animales se transformarán en hombres y los hombres se transfigurarán en dioses".

Después de meditar
un poco sus palabras le objeté: ¿qué será entonces de las buenas personas, de los pobres que ya se cuentan por miles de millones y de los viejos dioses de El Olimpo?

"Eso ya se verá, querido Johann
-me contestó el estrábico lagarto- es probable que abdiquen o se jubilen de alguna forma honorable.

Mi filósofo natural de piel jeroglífica
me contó algunos otros Principios de La Teoría de Cuerdas aún por establecer, pero di mi palabra de que nada revelaría hasta el día de Año Nuevo.

                                                                         Johann R. Bach

8 sept 2015

Que las águilas se disuelvan como el azúcar homeopática en la boca de los años.


SIETE DESEOS ANTE UNA ESTRELLA FUGAZ

Que ante la nieve enfurecida
la hora haga erupción de remordimientos y tortura.

Que en ti brote la sangre
de la boca más nueva la astronomía y se expanda en cada célula de prisiones anatómicas.

Que los minutos hormigueando
en la flora de los pulmones siembre los céspedes de los asilos de ancianos de varias filas de bolas de billar.

Que florezca por fin la crítica fresca y joven
en lucidas guirnaldas por las casas y abone con sangre las nuevas aventuras cosechas de generaciones futuras.

Que las águilas se disuelvan
como el azúcar homeopática en la boca de los años.

Que los ácidos sueños arrastren
como bestias de carga la corteza de nuestros hombros y

que se arrastren hacia ellos
colgados del sueño arrastrado en la grúa del puerto celeste.
                                                                                                                                                    Johann R. Bach

7 sept 2015

Es mediodía y ya he leído el periódico.


NO PUEDO HACER OTRA COSA QUE ESCRIBIR

Hoy, definitivamente,
no va a ser un buen día.

He abierto el correo
y recibo la noticia que un alma gemela de Sabadell nos ha abandonado y sumido en una profunda tristeza

He hablado por teléfono
y me he apercibido de que hablar no es lo mío... y escuchar me entristece:

cuando intento
que la conversación tenga un rumbo interesante me tildan de chulesco,

cuando me retraigo
y me dispongo pasivamente a escuchar me acusan de manipulador.

El espejo nunca fue tan cruel conmigo.

Hoy, definitivamente,
no va a ser un buen día.

Es mediodía y ya he leído el periódico.
La foto en primera plana es elocuente:

la estación del tren
se espesa aún más con los silbatos; tantas voluntades nadan en la amarga densidad que

el timbre se lleva la ola corrosiva
con las largas y fétidas indignaciones entrañas espumosas de la tierra,

a las superficies aterciopeladas del norte.

¿Hacia qué fines bebedores de esperanzas se dirigen
al precio de semillas lentas y que se pagan  con transferencias hechas con teléfonos móviles?

Es mediodía y ya he leído el periódico.
Veo que hoy, definitivamente,
no va a ser un buen día.

                                                                Johann R. Bach

5 sept 2015

Canto ... a tu prolongada juventud aunque creas que mi canto es chulesco

FLORDENEU DE NOMBRE,  

Debieron haberte puesto por nombre Flordeneu
la esperanza de llenar de oxígeno la incipiente biosfera de muchos planetas que esperan convertir su hielo en suaves copos de nieve

Canto por ello a tu prolongada juventud.

Escribo con admiración
sobre tu casa donde la vida se mide como el grano, por litros y donde abunda la ternura como en los campos de algodón.

Te escribo a ti mujer sensible,
como yo, como tú lectora montón de carnes ruidosas y de ecos de conciencia, completo en el único fragmento de voluntad:

tu nombre portátil Flordeneu,
-desde mucho antes de que existieran los actuales teléfonos y/u ordenadores- es asimilable, pulido por las dóciles inflexiones de las mujeres,

incomprendido
a pesar de haber sido repetido cientos de miles de veces -incluso al oído-, vario, según el goce de las corrientes sociales y culturales.

Te escribo a ti mujer
en tu prolongada juventud; a ti mujer sensible como yo, a ti hombre también sensible como lector;

entre tus manos tienes
dispuesta para lanzarla, una bola de cristal cifra luminosa como tu cabeza llena de poesía.

Te escribo a tí mi dulce Flordeneu,
a ti que te espera el amor en el rumor -a pesar de los años acumulados- de un asombroso torbellino en mil brazos explosivos.

Mantente despierta Flordeneu.
No hagas caso de esas gentes que conciben la vida tan sólo en ejemplos demostrados mientras envejecen sin saber por qué enmohecen los goznes de sus cabezas.

Lee, pasea por la calle como siempre,
viendo cómo trepa la vida por los árboles, ama, pues siempre está fresca el agua donde confluyen tus amores.

Deja que la muerte te sorprenda
amando apasionadamente en tu dilatada juventud.

                                                             Johann R. Bach

Salí, no obstante, vibrante


UNA VOZ DESCOLGADA DE LAS CORTINAS

Entré en el hospital
con el ánimo por los suelos.

Un negro túnel cruzaba mi cabeza cocida
en un horno microondas retorcido

y agitado contra los metales de sus paredes,
tirado, barrido en un montón como la basura.

Salí, no obstante, vibrante
y vendados mis huesos con anchos surcos de crepúsculo

una palabra: convalecencia obligatoria y

una palabra seca y mate 
abrigada en las llagas de invierno

una voz descolgada de las cortinas
como único consuelo 

                                       Johann R. Bach

3 sept 2015

Me replegué sobre mí misma.


LLEGANDO A LA CUMBRE DEL TURÓ DE L'HOME


En algún momento pensé
si Corinne esperaba que me abalanzase sobre su boca, si esperaba mis caricias o simplemente lo que quería era no estar sola, pero al mirarle los ojos sólo veía un vacío indescriptible y en sus labios una ligera línea blanca como si hubiera bebido leche que no eran precisamente algo erótico. Con esa pobre compañía de Corinne como vecina se acababan mis relaciones con otras personas del poblado edificio de París.

La invité a visitar Barcelona. Pero su silencio me indicó que nada esperaba de mí. Me preocupó durante algún tiempo aquella sensación de mostrarte dispuesta, útil, sentirte necesaria en contraposición al menosprecio por no colmar las expectativas de personas de ambiciones superficiales.

Me replegué sobre mí misma. Al principio intenté apuntarme a un centro excursionista, pero mi carácter retraído me alejaba de todos los grupos -muy cerrados, por cierto- y decidí ir haciendo excursiones en solitario. Fue así que un viernes a la tarde tomé el tren que me llevó hasta Sant Celoni. Desde allí cargada como una mula con exceso de alimentos en la mochila me dirigí caminando hacia Santa Fe.

A mitad de camino la noche cayó sobre mis hombros despiadadamente y me alejé un poco de la carretera, coloqué mi saco de dormir entre los pinos, miré al cielo para ver si había luna y estrellas, pero las nubes tapaban por completo el firmamento. Me quedé dormida sin darme cuenta. Me desperté un par de veces durante la noche y al amanecer mis ojos estaban abiertos como platos. El hambre me obligó a desperezarme y desayunar.

El sol salió temprano y las nieblas huyeron como fantasmas al tercer canto del gallo. Caminé de nuevo montaña arriba y detrás mío se cernía espléndido el sol, iluminando una y otra vez nuevas hermosuras. Evidentemente, el espíritu de la montaña del Montseny me era benévolo. Probablemente sabía que el poeta, o poetisa en su caso, es capaz de narrar la belleza; y, aquella mañana me dejó ver su Ápex respirando por el Turó de l'Home como estoy segura de que no todos lo han visto.

Pero también el Ápex me vio a mí como sólo Clara me ha visto: en mis pestañas centelleaban perlas preciosas como en la hierba del valle. El rocío matutino del amor humedeció mis mejillas, los susurrantes chopos, plantados en hilera junto al camino, me entendían, sus ramas se apartaban unas de otras, se movían arriba y abajo al igual que los mudos que expresan su alegría con las manos y a lo lejos se escuchaba un sonido milagroso y enigmático, como el tañido de las campanas de una iglesia. Se dice que son las campanillas de los rebaños, que en el Ápex están afinadas con amor y pureza sin igual.

En un recodo del camino me senté con la intención de comer algo y descansar y, sorprendentemente, me volví a dormir. Cuando abrí los ojos el sol había subido ya muchos peldaños de su marcha diaria. Por su posición juzgué que sería mediodía cuando me tropecé con uno de esos rebaños, cuyo pastor, un joven pelirrojo y amable, me informó sobre el camino que debía tomar para ir al lago de Santa Fe. Estábamos en una zona sin casas cercanas y por ello me alegró bastante que el pastor me invitara a comer con él. Nos sentamos para tomar un ligero bocado consistente en queso y pan. Las ovejillas atrapaban las migajas, las adorables terneras blancas saltaban a nuestro alrededor y hacían sonar traviesas sus cencerros mirándonos sonrientes con sus grandes ojos risueños. Disfrutamos de aquel banquete como reyes e, incluso, mi anfitrión me pareció un rey en toda regla y si me hubiera pedido desnudarme para que me entregara a él, lo habría hecho sin dudar.

En lugar de realizar mi deseo, nos despedimos amistosamente y, alegremente comencé a caminar montaña arriba. Pronto me recibió un boscaje de altos abetos que apuntaban al cielo mientras que sus coníferas colgaban cerca de mi cabeza. Un poco más arriba me topé con las enormes secuoyas, árboles por los que siento respeto desde todo punto de vista. Y, es que en mi imaginación me parecía comprender que su crecimiento no fue nada fácil y que en su juventud las habrían pasado moradas.

Mirando los árboles, apretándose unos con otros, alrededor del lago pienso en el trabajo que sus raíces tuvieron que realizar para romper la tierra granítica para absorber el óxido silícico base de la consistencia de sus tejidos y sus frutos las piñas, organizadas de tal forma que su estructura les permitiera sobrevivir a los incendios provocados por el rayo sobre los rastrojos del bosque.

A pesar de todas las dificultades meteorológicas, las secuoyas se han elevado hasta esa  imponente altura. Y abrazadas a las piedras, como si estuvieran soldadas a ellas, se yerguen con mayor firmeza que sus cómodos compañeros en el manso suelo forestal de la parte baja de la montaña los prolíficos castaños de La Batllòria.

El satisfactorio crecimiento de esos árboles era una gran esperanza para mí y mis problemas endocrinos: la esperanza en la propia naturaleza de la vida.

Lo más delicioso era ver cómo la dorada luz solar penetraba en la verde espesura de los abetos, las raíces de los árboles formaban una escalera natural por la que yo ascendía jadeante hacia el Turó de l'Home acortando así el sinuoso camino que conducía al observatorio. Por todas partes había mullidos bancos musgosos, pues las piedras estaban cubiertas de las más bellas variedades de musgo de siete u ocho centímetros de espesor, como si fueran almohadones aterciopelados de color verde claro. Por todas partes, un delicioso frescor y un ensoñador murmullo del agua de aquel minúsculo torrente. Aquí y allá veía cómo el agua goteaba bajo las piedras con brillo plateado, bañando las desnudas raíces y las fibras de los árboles.

Ante aquella fuerza natural yo me inclinaba escuchando a un tiempo las secretas historias de la creación de las plantas y los tranquilos latidos del corazón del Montseny. En algunos lugares, el agua brota de piedras y raíces con mayor fuerza formando minúsculas cascadas creando entornos idílicos para reposar. El murmullo y el susurro mezclados con los trinos de las numerosas especies de aves sonaban maravillosos; la nostalgia quebraba con el canto de los pájaros, los árboles musitaban a mi paso como mil lenguas de muchachas; como con mil ojos de novicias me miraban las extrañas flores silvestres que extendían hacia mí sus sépalos, de singular anchura y graciosamente dentados; juguetones centelleaban aquí y allá los divertidos rayos del sol; todo estaba como hechizado, todo resultaba cada vez más y más misterioso; un sueño milenario cobrando vida y ... el amante aún sin aparecer.

Después de un largo reposo en el observatorio y una exploración ocular de un mapa orográfico en relieve en una de sus pequeñas estancias me despedí del famoso y solitario meteorólogo padre de diez hijos emprendiendo el camino hacia Sant Marçal con la intención de subir a Les Agudes.

                                                         Johann R. Bach

entre árboles de oro


EN UN JARDÍN DESHECHO POR LA LUNA

Jamás vi su espalda,
jamás vi su frente excepto en sus fotos. Sólo sé que camina en mí con sus ojos de té, sedienta.

Recuerdo -la Noche Cósmica vigila eternamente-
que en un lugar parecido a un jardín deshecho por la luna entre árboles de oro, ella entró en mi alma callada,

como una Diosa del Amor.

Desde entonces camino
pensativo por bosques de eucaliptus como si pudiera llegar hasta ella Península del Amanecer Primero, Mañana del Recuerdo.

¿Me darà el mar el cóncavo vacío que no olvide?
¿Me hará puro de pura inocencia?
                                                                                                                                                     Johann R. Bach


2 sept 2015

El Plà de la Calma era un auténtico y bucólico escenario


EN EL SILENCIO DEL PLÀ DE LA CALMA (fragmento)

Nadie hubiera creído lo que vi
cuando, insomne en aquel Pla de la Calma, salí fuera de la borda donde nos habíamos refugiado de la tormenta de granizo.

De explicarlo
me hubieran tomado por el mismísimo Diablo ya que las sospechas nunca significan para los humanos un designio positivo.

Abandoné el calor de mi saco
y el blando colchón de paja de aquél refugio de piedras hábilmente colocadas por algún providencial pastor, salí como la aurora al campo completamente blanco. El granizo lo cubría todo con sus granos esféricos llenos de gotitas de aire, caminé ligeramente para no enfriarme.

Junto al camino
había una enorme encina que parecía haber sobrevivido a los vientos de aquella meseta que parecía rozar el cielo. Me apoyé en ella y vi aquello que nadie hubiera creído que vi: Sintiendo que la temperatura del aire mejoraba todo parecía como si de repente hubiera entrado en los confines del Edén, en donde un deleitoso paraíso, en aquel momento más cercano, coronaba con su verde vallado como un rural baluarte la planicie de un erial escarpado -limpio ya del granizo caído-, cuyos bordes hirsutos de crecidos matorrales y espesa salvajez, negaban la entrada.

Pensé si estaba soñando
con el Valle del Silencio situado a los pies del pico Aquiana, en los Montes Aquilanos de la Comarca de El Bierzo en León. En la cima de aquel paisaje crecía insuperable una umbría de gran elevación. En ella estaban situados casi geométricamente cedros, pinos, abetos y copudas palmeras combinadas con castaños, cerezos, almendros, granados y naranjos.

Era un auténtico y bucólico escenario
y a medida que sus ramas subían superpuestas, de sombra sobre sombra, se ofrecía un boscoso anfiteatro de una majestuosa visión. Con todo –seguí grabando en mi retina-, por encima de sus copas surgían unos muros secos de piedra que parecían proteger bancales de dorados olivos, de verdor y de belleza llenos.

Y por encima de aquellos muros
se veía una hilera circular de los mejores árboles, cargados de los más bellos y desconocidos frutos, flor y fruto a un tiempo de doradas tintas, mezcla esmaltada de alegres y diversos colores; en los que el risueño sol imprimía sus rayos con más gusto que sobre nubes de una hermosa tarde en aquella meseta del Plà de la Calma,o sobre el arco iris cuando Dios ha rociado la tierra con la lluvia.

Tan hermoso el paisaje parecía
que casi me olvido de mis compañeros empeñados en la prolongación de sus sueños en un campo helado por el granizo en aquel gris amanecer. Si les hubiera contado lo que vi…

Si les hubiera contado
que me topé, frente a frente, con una dama que, con tan sólo un velo turquesa cubría su cuerpo; si les hubiera contado que, acercándome a ella sentí en el pecho una suave oleada de calor y unas corrientes eléctricas que partiendo de mi bajo vientre alcanzaban mis pezones; y, que llegué incluso tan cerca de ella que sus labios rozaron los míos…

¿Cómo explicarles que me dijo
"buenos días, que Dios te bendiga querida"; y, que así se borró de mi retina o del paisaje? ¿Qué hubieran pensado si les hubiera relatado que tan cerca había estado de su cálida respiración –suave boca, manos y cabello-, que sentí por primera vez en mi cuerpo aquella sensación en la que una mujer cree que ha tocado el cielo con la mano?

                                                                    Johann R. Bach

cómo su boca se abría para llamar a alguien


EL NUEVO AMOR DE TÍA ALICIA (fragmento)

El sombrío rostro de Tía Alicia
era lo contrario de la risueña cara de la prima Trinidad. Su semblante, lleno, de mejillas y párpados caídos es el que me viene a la memoria cuando alguien emplea la expresión "como manzana agria" su aire de un cierto disgusto.

Recuerdo que un día mientras miraba por la ventana la vi cómo bajaba a la cancela de la casa en aquel espeso atardecer de septiembre -de palmeras solitarias y violento sol contra los muros- y ya en la calle movía su cabeza como mirando a un lado y a otro, como buscando a alguien que no alcanzaba a ver, quizá el rostro de algún niño que se alejara entre el escaso tráfico de las últimas esquinas o que pudiera regresar de la escuela.

La vi cómo hacía gestos como de saludos que pronto se desvanecen pues nadie acude; cómo su boca se abría para llamar a alguien, despacio al principio, con inquietud después, por encima de la lluvia, pero de su garganta no parecía salir palabra alguna. Daba la impresión de que el paso de los años por encima de su rostro no eran la causa del borrado de la alegría de la juventud.

Vi algunos coches enormes con su antigua carrocería de madera circular por la calle. Ella continuaba aguardando, aunque se hacía tarde y la lluvia seguía. Pensé años más tarde que quizá sólo querría sentir la lluvia sobre su rostro, levantar los ojos y ver cómo se encendían las luces en los balcones de las casas vecinas desdibujadas tras la fina cortina de las gotitas de agua. Vi cómo aguardaba un poco más deseando que la noche se cerrara. Un autobús rojo se detuvo a tan sólo unos metros de ella y parecía que escuchaba a su lado animadas despedidas de gentes que regresaban animadas del trabajo. Y, sin embargo aguardaba -al parecer sólo para oír aquellas voces que eran la única alegría que recibían las puertas quemadas por el sol y los pasamanos donde crecía la herrumbre- sobre la acera de aquella calle que estaba sola, aún sin asfaltar no lejos del manicomio del barrio de Verdún.

Días después pude comprobar que

en el segundo en que un nuevo amor
se mostró como un meteoro,

su corazón tuvo al cielo entero
para recibir lumbre.

Fue mediodía en su poema,
supo que la angustia dormía

que no le bastaba
el optimismo de las filosofías

                                                                                          Johann R. Bach