11 may 2016

En la sala abundaban los colores blancos y amarillos


LAIA RECHAZA UN EMPLEO

Cierto día cuando Laia llegó a casa,
se sentía aún muy rara, un poco aturdida, muy cansada, con una especie de fragmentada y confusa vulnerabilidad que le hacía pensar en la conveniencia de estirarse en el sofá y no pensar en nada.

Cassia le preguntó
al verla tan desanimada cómo había ido la entrevista de aquella oferta de trabajo de la que había regresado en aquel estado de ánimo. ¡Ay Cassia, amiga! Cuando llegué a aquel castillo, porque era un auténtico castillo aquella casa, me hicieron pasar a una estancia en la que un fuego de leños ardía en una gran parrilla, susurrante, y a veces se desplomaba sobre sí mismo como si fuera nieve. Me preguntaba si podía sentarme en una de aquellas lujosas sillas escapadas de algún palacio rococó o si era conveniente permanecer de pie mientras esperaba.

Un viejo y familiar olor a tostadas
emanaba todavía del comedor. En las paredes había unas acuarelas al parecer bastante buenas quizá del siglo XVIII que debían de haber estado allí siempre. Estaba a punto de examinarlas, atentamente, de cerca cuando oí unas voces que procedían del otro lado de la puerta abierta de la sala de enfrente.

La sala, semejante a una lujosa biblioteca,
con tres altos ventanales enmarcados estaba orientada al sur desde la cual se veían todos los edificios del otro lado de la calle a través de los árboles desnudos. La panorámica urbana era limitada pero la luz entraba a raudales y había en aquel instante como una refulgencia, casi un resplandor solar, contra un cielo más oscuro del que se desprendía una fina lluvia que no alcanzaba los cristales.

En la sala abundaban los colores blancos y amarillos
y la distancia entre sillas era enorme y las consolas entre las ventanas se veían limpias y lustrosas. En el centro había una mesa de marquetería redonda y tuve la impresión de que en aquellas sillas pocas veces habían sido usadas. De las paredes colgaban algunas siluetas probablemente de la familia y un reloj barroco dorado sostenido por unas esfinges sobre el frente de la chimenea.

Estaba completamente distraída
cuando, con una voz esforzándose por parecer amable, hombre mayor, bien vestido y con una carpeta en la mano me saludó y sin ningún preámbulo me dijo: "Mire señorita, el trabajo, consiste en qué usted firme todos los proyectos que la empresa le diga. La remuneración es de seis mil euros al mes". Su trabajo consistiría solamente en firmar, nada de visitas de obra, ni planos a revisar, ni reuniones con funcionarios urbanísticos …".

Pero –respondí-
podré examinar lo que firmo ¿no? Veo señorita –me dijo con voz cansada- que no comprende cómo es el mundo. No la culpo, pero no voy a esperar a que usted madure. En la sala de al lado has tres personas más que vienen por el empleo y la única oportunidad que tienen de obtenerlo es que usted rechace nuestra oferta.

Me asustó
la expresión de aquellos ojos hundidos bajo unas cejas extremadamente pobladas y como una puritana aún no deflorada le dije que no. Hizo que me acompañaran a la puerta y deambulé por las calles de aquel lujoso 16è Arrondissement hasta coger frío.

                                                                               Johann R. Bach

Soñaba –según nos contaba- que recogía nasas alrededor de un faro


NIKO ERA VEGETARIANO

A Niko se le ponía la piel de gallina
con sólo oír el nombre de algún mar. De niño pasaba los veranos junto al mar en Sant Feliu de Guixols. Después de las dos primeras noches la voz se le ponía ronca hasta el punto de no hablar durante horas. Por la mañana su afonía mejoraba un poco y caminaba, siempre que podía, carretera arriba buscando refugiarse de la brisa marina.

Sin saber por qué
le gustaba el olor a gasolina de los coches y encontraba agradable el humo que se desprendía de los tubos de escape. Decía que olía a almendras amargas. Huía de los ambientes fríos, tenía alergia a toda clase de fruta y sólo tomaba caldos y bebidas calientes. Era muy escrupuloso y rechazaba la carne, con ascos, el pescado y los productos derivados de la leche. Se hinchaba su estómago por el exceso de verduras y legumbres. Se lavaba las manos continuamente.

Tenía pesadillas casi cada noche.
Soñaba –según nos contaba- que recogía nasas alrededor de un faro y dudaba de si era conveniente volverlas a situar en el mismo lugar, bajo el agua; sacaba con cuidado algas y más algas y con rapidez, aprovechando que el viento había amainado.

En esos sueños devolvía las algas al mar
como si estuviese prohibido descubrir en su conjunto un secreto cuerpo joven de mujer. Estaba convencido de que el olor de las algas y el de las mujeres era el mismo. Por lo menos –decía- eso es lo que me ha parecido el olor de las cabezas de las mujeres que se habían sucedido sobre sus hombros cuando dormía.

Él mismo reconocía sus miedos,
en especial el temor a estar solo. Esa era la causa de que tuviera siempre abierta la amplia puerta de dos hojas. A medianoche el miedo a no tener compañía alcanzaba cotas increíbles. Finalmente el sueño le vencía en la silla, en el sofá y con poca probabilidad en la cama. A las dos horas volvía a despertarse con la angustia de pensar que todos los demás dormíamos o leíamos en silencio con pocas ganas de que nos molestasen.

Cuando cierto día nos explicó
que su último trabajo fue el de administrativo en "Gas de France" empecé a unir piezas en el complejo puzle de una vida poco atractiva para una mente atormentada. Si además Niko se sentía que no había un compás ni vino para un loco enamorado como él, cuando la copa son precisamente los labios.

Apenas comprendió
que no era imposible que el hombre devore al hombre, empezó a hacer planes y a coleccionar nudos marineros.

                                                                                    Johann R. Bach

10 may 2016

esos nácares de hombros y esas nalgas que conservan su vello


EL CHAPOTEO DE LA OCA

Ya lo ves amor,
hemos vuelto a caer por la diabólica pendiente los labios entreabiertos de los niños haciendo ascos al pecho de las madres descarnadas.

Y esos nácares de hombros
y esas nalgas que conservan su vello se amalgaman en un solo bloque compacto y mate de espuma levantada por una oca que salta un hilillo de saliva.

                                                                            Johann R. Bach

9 may 2016

un amor como dedos que pelan la vaina de la neblina


APUNTES SOBRE LOS MUELLES DEL SENA

No està mal
que los conciertos de música estridente se realicen en el magnífico paisaje de las grúas junto al Sena. Aún no es demasiado tarde para que los ramos de fiebre recorran los muelles en zigzag.

Ninguna de las postales antiguas
que se ofrecen en el Pont de Siant Michel podría compararse con ese pequeño renacuajo de hielo que viaja a través de un cielo entre las ascuas de lo que fue el universo.

Otro día más de amor.
Sentadas en un banco de la Îlle de Saint Louis, admirando cómo la catedral de Nôtre Dame resiste el paso del tiempo, Cassia y yo, compadecemos a aquellos para quienes el amor se corrompe si no cambia de rostro.

Un nuevo día –me dice Cassia-;
cada día se puede ver el mismo paisaje con diferentes ojos. Especialmente, eso es verdad –le respondo- cuando he dormido toda la noche de un tirón a tu lado.

¿Somos acaso, tú y yo amor,
dos puntos homólogos de una transformación continua en un espacio geométrico no euclidiano de siete dimensiones? ¿Es posible que nuestros encuentros no se puedan materializar sin la proximidad de los muelles del Sena?

Las burbujas
que suben a la superficie bajo el Pont de La Concord huelen como el café después de haberle echado el azúcar como si fueran otros besos extraviados. Fíjate Ermessenda son minúsculos torbellinos que arrastran la mente de cualquier observador devolviéndoles la ilusión infantil.

De que todo está ahí por algo,
en ese paisaje del Sena, nos concierne. Copia lo que veas ahí escrito pues hay lo que está escrito en nosotras y lo que nosotras describimos con la palabra o el dibujo.

Todo lo que pasa en el entorno
de nuestra Casa de Huéspedes es de suma importancia para nosotras y para el resto de sus moradores. Sabes que no podemos volver; aunque tendríamos que tener el coraje de llamar a la puerta de aquellos a los que abandonamos. ¿Quién sabe si no nos acogerían con los brazos abiertos?

Pero no hay ninguna señal
que pruebe que ya no nos temen porque deben tener casi tanto miedo como nosotras. Y aún así estoy segura de que en el fondo del laberinto de relaciones personales cerrado definitivamente para nosotras con una llave que gira en estos momentos contra el cristal de la ventana,

se abre un único claro como un amor
esa promesa que nos sobrepasa,

un amor
como dedos que pelan la vaina de la neblina para extraer de ella ciudades desconocidas para los niños y, sin embargo, llamadas "Ciudad de la Luz",

un amor
como estos cables de teléfonos reptantes de paredes húmedas que transforman la luz insaciable en un brillante sin fin que se reabre con el mismo tamaño de nuestro dormitorio pues cuando me llamas, en tu voz hacen escala los trinos de los pájaros perdidos.

                                                                              Johann R. Bach

8 may 2016

Cierto día Dosmanos tomó agua bendita y se le pusieron frescos los ojos


DOSMANOS

No os olvidéis queridos amigos que soy yo, la narradora, una insignificante araña, cuya única habilidad es la de manejar con soltura mis patitas, la que, gracias a mi tamaño, tengo la capacidad de colarme por debajo de las puertas y ser testigo de todo lo que acontece.

Hoy os voy a explicar la historia de Dosmanos. Por aquel entonces yo me había trasladado a Barcelona dentro de un voluminoso paquete postal y fui a parar a la Oficina de Correos del Carrer Gran. Elegí aquel barrio porque me habían dicho que había, habitualmente, música por las calles y además abundaban los rincones tranquilos en casas de techos altos. Fue allí donde pude observar con todo detenimiento a Dosmanos y lo que fue mejor el poder leer todo lo que escribía desde lo alto de una antigua taquilla de madera.

Dosmanos, un modesto trabajador de Correos, dedicaba sus horas libres a escribir relatos breves en los que daba vida a cualquier objeto que tocara o viera. No bebía ni fumaba. Estaba lleno de entusiasmo y de un cierto humor alegre, contagioso, no exento de un espíritu crítico.

Cierto día Dosmanos tomó agua bendita y se le pusieron frescos los ojos. Abrió la boca y rió. Bajó una de sus manos y la hundió en la arena caliente.

Sacudió su carne al quedar en pie frente al horizonte y una leve cantidad de arena abrazada a su piel, cayó lenta, ondulada, en el viento. Con dos dedos alisó su frente y mirando sus pies descalzos, a ratos el cielo azul y duro, caminó erguido junto al mar revuelto.

Durante unos pocos minutos
el viento cedió el paso a Dosmanos dando un respiro al paisaje.

                                                                                                Johann R. Bach

Al leer estas líneas una lectora que dice haber conocido a Dosmanos quiere recordarme que, en efecto, no bebía ni fumaba; enjuto, rubicundo, se embriagaba de ira al oír las noticias en la radio; le gustaba observar, hacer examen de ingenios:

nunca la descripción adherida al ejemplar: explosiones o piel ceñida al hueso en la mejilla, venillas y áspera textura bajando no adaptable, olía la chaqueta de mezcla a la persona, la persona y el olor, no olía la persona, sí la chaqueta, la chaqueta de Dosmanos era el puro ser.

Algo tan inexplicable como un diamante, una estrella brilla sobre ti,


EL AUTORETRATO DE CASSIA

Vuelvo a verte, Cassia,
moldeada conforme a un escalofrío, con sólo los ojos al descubierto, en aquella calle helada. El cuello del abrigo levantado, la mano cubriéndote la boca con la bufanda, eras la imagen misma del secreto, de uno de los grandes secretos de la naturaleza justo cuando él se manifiesta, y en tus ojos de fin de tormenta pude ver como surgía un pálido arco iris.

Desde entonces,
cada vez que quiero hacerme una idea física de la clave de ese misterio se me aparece de nuevo la estructura de tu mirada bajo la altísima concha que orla tu ceja izquierda, coronada por una luna imperceptible que le permite extenderse trazando con su curva una o dos oscilaciones a la altura de ese pálido creciente que se pierde al inicio de la sien.

Ese signo misterioso,
que únicamente he visto en ti, preside una especie de interrogación palpitante que al mismo tiempo ofrece su respuesta y que me lleva cada día a la fuente misma de la vida espiritual.

La imagen de ese dibujo –tu autorretrato-
irradia tal luz que impulsa a adorar el fuego mismo en el que fue forjada. Sí, me bastó sólo con verte para convencerme de que la eterna juventud no es un mito. Fue su sello el que, de una vez por todas, delimitó para mí esa parte de tu rostro que acabo de describir tan torpemente.

Algo tan inexplicable como un diamante,
una estrella brilla sobre ti, aunque tú, forzosamente, lo ignores; una estrella cuya fuente tan sólo consigo localizar por aproximación. Tanto más que la sustancia de esa estrella trasciende lo orgánico: está hecha de la radiación que la vida espiritual, ya en el cenit de su intensidad, imprime a la expresión de tu rostro en su totalidad.

La estrella de tu rostro
ocupa de nuevo su lugar principal entre los siete planetas de la ventana cuyas luces se atenúan para imponerla a ella como la pura cristalización de la noche.

                                                                              Johann R. Bach

¿Quién eres tú Ángel Montserrat? ¡Que ya nos llegas!


CASA DE HUÉSPEDES

Cassia, en aquel llovioso mayo,
abrumada por tanto esplendor alzaba con desesperación las manos al cielo como intepelando al Ángel Montserrat.

"El tiempo –decía en voz alta-
del que estoy hecha se agota en segundos, horas, días y me gustaría comprender de dónde vienen esos dibujos que surgen de mis dedos".

"¿Por qué lucho conmigo misma
como el mar que se abalanza, se estrella contra las rocas, rompe y se da la vuelta, se golpea a sí mismo y se deshace?"

"¿Qué enfado tendrá
que echa espuma por la boca?"

"¿Qué persigue con su rabia blanca y verde
deshilachando el horizonte, sin preguntarse siquiera por qué se odia o qué no desea perdonarse?"

"Todos los Huéspedes de esta maravillosa Casa
saben que la luz es corpuscular, formada por fotones empaquetados y no atraviesa las paredes de plomo, que un puente se cruza o no es puente, que toda biografía necesita también empaquetar años".

"Pero dime, Ángel Montserrat
si crees que merezco tu palabra turquesa:

¿Quién hace menos confiados
cada vez a los seres vivos –abejas, hormigas, lobos o cuñados? ¿Qué diminuto rubor es estar vivo a pesar de una soledad de palmera? ¿Qué contiene el antídoto el alfiler del azúcar o la gota de café?

¿Quién perfuma los pocos paños?
Y… sobre todo ¿Quién eres tú Ángel Monserrat?

¡Que ya nos llegas!
Que ya hiendes nuestra costilla con alimento litúrgico, aplazas por minutos la condena

o la atenúas hasta eliminarla
a la manera de los vivos tuyos que diste a nacimiento, y nos ciernes, y alejas y aún remotamente nos llama tu voz negada y sólita!

¿Cómo se mide el tiempo en esta
Casa de Huéspedes espacio de nueve dimensiones del que forzosamente hemos de salir tarde o temprano?

                                          (fragmento de la novela "Dibujos y paisajes de Cassia")
                                                                             Johann R. Bach

“Esa sucesión de casas de lujo –denominadas con orgullo por los parisinos “batiments Hausmann”- no son más que murallas


AVES Y PLANTAS PARA LA VIDA

Aquella energía de Cassia "Novia de la Infancia",
incendio persistente que se transmitía a su cuaderno, mediante dibujos, a veces explícitos, era un chorro de luz inagotable.

A menudo, mientras paseábamos
por amplias avenidas o por "Les Grands Boulevards", se detenía, me cogía la mano y comenzaba un monólogo y como si estuviera entrando en éxtasis describía, a su manera, el paisaje urbano, pero como visto desde otro tiempo anterior, muy anterior a la reforma de Hausmann.

"Mira –me dijo en una ocasión-,
esa es una calle de caza donde se venden familias enteras de aves, gallinas, perdices, codornices, tórtolas, palomas, pajaritos, papagayos y loros de lujosos plumajes de colores, búhos, águilas domesticadas, falcones y gavilanes".

Al llegar al Boulevard Sebastopol
se detuvo otra vez y volvió a explicarme alucinada:

"Esa es. Sí, sí, esa es la calle de los herbolarios –me decía con los ojos bien abiertos-, donde hay toda clase de raíces y hierbas medicinales que la tierra nos regala… hay tanto que dibujar sobre ellas, que te aseguro que yo no sabría por dónde comenzar".

"Esa sucesión de casas de lujo
–denominadas con orgullo por los parisinos "batiments Hausmann"- no son más que murallas que con su bullicio, engendran y devoran vida y ocultan patios internos, patios de losas oscuras".

"Restemos unos momentos, Ermessenda, amor,
en cuclillas como lo hizo probablemente el Ángel Montserrat, y miremos lentamente el suelo gris como punto único sucio del planeta y grabemos sin límites la fuga del sol de este atardecer".

No podía sino estremecerme
ante esas palabras y agradecer al Dador de la vida el haberme enviado a aquel auténtico ángel de Cassia que, día a día, noche a noche, daba sentido a mi cuerpo.

                                                                           Johann R. Bach

7 may 2016

En aquellos momentos bajo aquella oscuridad todo me pareció dominado por el vicio


RONDA NOCTURNA A AGNÉS

Esta noche he tenido un extraño sueño.
Lo he atribuido a una larga conversación que tuve ayer, después cenar, en la que Agnés me explicó sus decepciones amorosas. Cassia se había retirado a dormir como todos los otros huéspedes.

Me afectó mucho
el ver cómo resbalaba, deslizándose por la mejilla, junto a la nariz, una lágrima de su ojo derecho y cómo brillaba reflejando la luz de una de las lámparas.

En el sueño, me hallaba yo mirando,
por la ventana, los cielos rosa-liliáceos, repletos de estrellas como jarrones de flores. Bajo aquellas estrellas la calle estaba llena de barro y la oscuridad era muy densa, a lo lejos se oían ladridos y las sombras de un par de cojos que se habían desecho de sus muletas se deslizaban calle abajo caminando bien derechos.

En aquellos momentos
bajo aquella oscuridad todo me pareció dominado por el vicio… y las casas se me presentaban como nidos de víboras. En un portal, al otro lado de la calle unas viejas como espantajos leían la buenaventura en el mango de una sartén. Únicamente en una ventana frente a la mía titilaba una luz. De repente, tres músicos se situaron bajo la ventana de Agnés. Se distinguían claramente bajo la farola que iluminaba sus rostros. Eran estudiantes, probablemente alumnos suyos, que le daban al arco del violín mientras se mordisqueaban los bigotes.

Uno de ellos, el más alto,
se cubría la coronilla con una capucha de terciopelo y lucía sobre los hombros unas cintas de colores. Un policía se acercó corriendo para pedir silencio a los estudiantes, pero al ver a Agnés en la ventana se alejó más rápido todavía: era policía, sí, pero no era tonto.

Con gran pesar me he despertado,
sin saber cómo acababa –si es que un sueño debe acabar- aquella secuencia capaz de mantenerme en vilo.

                                                                   Johann R. Bach

Callejeábamos, entrando y saliendo del metro como en un juego ciudad


EN EL INVIERNO DE PARÍS

Cassia y yo, en invierno,
salíamos a la calle con el mal tiempo a sentir el París, inalterado y melancólico por la nevisca que difuminaba un poco los edificios macizos, idénticos, y que brillaban a izquierda y derecha heridos por algún rayo de sol. Tomábamos un café, comprábamos varias baguettes de pan –la mitad llegaban a casa mordisqueadas cuando no consumidas totalmente- …

Nunca nos habíamos sentido tan libres
ni nos habíamos sentido tan asombradas por lo que nos rodeaba: hasta el aire helado en la cara lo recibíamos como una caricia. ¿Acaso habíamos soñado con ver alguna vez el Boulevard Saint Michel, la Place de La Concorde y El Louvre?

Callejeábamos,
entrando y saliendo del metro como en un juego ciudad, y descubriendo siempre algún lugar bien conocido por las novelas y los álbumes de fotos. Nombres como Porte d'Orléans, Billancourt, Pont de Sévres, Gare d'Austerlitz, Châtelet… se habían transformado como por arte de magia en realidades ante nuestros sentidos.

Durante meses salimos a diario
a cualquier hora del día y sólo los domingos eran melancólicos y aburridos en los que los viejos ponys de Les Jardins de Luxembourg paseaban, pacientemente, sobre sus lomos a unos niños sin sonrisa, pues en París escasean los niños.

                                                                     Johann R. Bach

6 may 2016

Los colmillos no eran de marfil, sino de plástico aunque su color estaba bien logrado;


PRIMER DÍA DE FIEBRE

Aquella fue una noche terrible.
La fiebre se había apoderado de mi hipotálamo. Los gases aprisionados en gran cantidad en mi vientre eran los responsables de la sensación de volar. Me desperté varias veces. En todas y cada una de ellas la angustia era patente; sólo la presencia de Clara en mitad de aquellos sueños alucinantes me tranquilizaba. Recuerdo perfectamente que, como si todo hubiera sucedido realmente, Clara y yo nos elevábamos a gran velocidad y París empequeñecía con la distancia y se iba difuminando tras una niebla gris.

Rápidamente, nuestras miradas abarcaban espacios mucho más bastos. Extensiones azules y verdes, rectángulos amarillos atravesados por los hilillos de los ríos, nubes de algodón cubrían pueblos del tamaño de una mano que de no ser por el dolor abdominal podría haber sido un sueño fantástico y en cierto modo placentero.

Para no marearme le pedí a Clara volver a la cama
como queriéndome asir a la tierra del planeta. Me retiró, distraída el termómetro de la axila y lo miró después de voltearlo varias veces para ver la rayita de mercurio. "Marca diecisiete grados –me dijo-, de seguir bajando pronto llegarás a la temperatura de solidificación del agua; es decir, a cuatro grados, pero no temas las sustancias alcohólicas de la sangre impedirán su congelación".

No pude pensar demasiado en aquella afirmación de Clara pues la habitación estalló en pedazos tras una explosión seca. Las paredes y el techo desaparecieron, y, la sensación era como si estuviéramos  rodeadas por el océano de aire gélido sobre una montaña del color del cadmio. Aún no había reflexionado sobre aquella situación cuando me vi sobre el lomo de un inmenso elefante de trapo, cosidas sus orejas con hilo de oro. "El paisaje –me decía Clara- se parece al pirenaico, concretamente a la Pica d'Estats". La montaña, en efecto, un pico rocoso afilado como una cuchilla y en sus laderas las tarteras abundaban. Un poco más debajo de la cumbre unos pequeños lagos alegraban el paisaje sobre unas mesetas que verdeaban junto al gris pizarra de las rocas.

Alucinante, inaccesible para alguien que no fuera Clara, el elefante en la cima se alzaba sobre un mundo plano, adivinándose a través del aire transparente como si estuviéramos metidas en una botella azul. Los colmillos no eran de marfil, sino de plástico aunque su color estaba bien logrado; la trompa enhiesta le daba al animal de textura blanda un aspecto belicoso y real.

Arremolinadas sobre la cama, con las manos entrelazadas, no nos cansábamos de contemplar el mundo. Porque desde las alturas veíamos con una claridad absoluta, a pesar de la distancia todo lo que deseábamos ver en la tierra. Contemplábamos un pueblo entre olivos y veíamos su iglesia blanca, antigua, con un campanario de hojalata y sobre la hojalata veíamos un gato que dormía hecho un ovillo. En otro lado, junto al mar, en una taberna, veíamos una mesa con cuatro jugadores de cartas como escapándose del calor del verano y apreciábamos incluso los hilillos de tabaco quemado que escapaba de la pipa que un marinero –con el mandil, pues había ido allí solo a fisgar- fumaba lentamente. Era como si quisiéramos volver a Cadaqués.

Veíamos barcos, como naves helénicas detenidas sobre el mar esmeralda como si estuvieran descansando ante un horizonte interrogativo. En la cubierta de uno de ellos, dos marineros zurcían sus calcetines de algodón. En la playa un cura que acariciaba la pierna de una feligresa, mientras una urraca contemplaba, entre las blancas gaviotas, desde el borde de su cochecito a un bebé y a una mujer pintándose los labios. Cerca de aquella urraca distinguíamos a un juez que miraba sardónicamente al acusado y a un cirujano que le extirpaba un diente a un caballo con ayuda de unas vulgares tenazas. Mirando la escena con curiosidad unos niños se compadecían del caballo.

Aquella fue una noche terrible. La fiebre se había apoderado de mi hipotálamo. Los gases aprisionados en gran cantidad en mi vientre eran los responsables de la sensación de volar.
                                                                                                                                                                                                                             Johann R. Bach

5 may 2016

El tiempo “muerde” y deja la marca de su diente.


LO BREVE

Lo breve aunque no sea bueno...
se agradece.

El tiempo "muerde"
y deja la marca de su diente.

La carcajada es un terremoto
que viene después del silencio después del chiste.

El hombre se cree obligado
a simular que es distinto del que es.

El alma de las cosas
no tiene en cuenta el tiempo.

No hablo solo,
hablo conmigo mismo.

La inmortalidad
haría muy desgraciados a los suicidas.

Nada es más exagerado que la soledad.

Resumiendo: No entiendo nada.

En el espejo habita alguien de quien reírme.

Escribo por la tarde
lo que debería haber pensado por la mañana.

Creía que tenía madera de poeta:
era sólo una astilla.

Ansiedad por volver a echar los dados,
herida que no cicatriza.

Lo breve aunque no sea bueno...
se agradece.

                                                      Johann R. Bach

sólo las letras de las canciones y su música son capaces de escribir la noche eterna del Universo en el diccionario de las verdades.


LAS RAICES DEL MANZANO

Buenos días amiga. Has madrugado mucho hoy –me dijo amablemente el lagarto- y no tienes muy buena cara a pesar de que el tiempo de este otoño es menos frío que en otras ocasiones por esta fechas.

No he dormido en toda la noche –contesté al viejo lagarto que se iba acomodando sobre el muro-, he paseado de un lado a otro para aplacar mis nervios y ya ves: la luz de la luna no me ha hecho más joven. En otoño mis sienes se blanqueaban y luego en primavera se oscurecían un poco aunque yo a eso no le daba importancia. Estoy un poco triste porque el manzano que planté el año pasado no ha echado raíces. Ya sabes que no espero a nadie y mucho menos a los hombres, esos salvajes que pelean lejos, en la frontera. Cuando vuelvan encontrarán en mi lugar a una anciana, peinando los cabellos de alguna niña que quiera aprender a manejar su rostro. ¿Quién deseará mi cuerpo? ¿Quién leerá mis poemas? ¿Quién recordará mis diálogos contigo?

¿Qué puede decirte un simple lagarto para disminuir tu pena? Sólo puedo hacer que me escuches un minuto. Lo justo para señalar que en el calor que nos llega del sol no todo es de polvo, soledad y ausencia. No todo es niebla, oscuridad y miedo. En el balanceo sutil del aire, sobre la tierra suena una melodía. Tus manos dejan de estar vacías al acariciar el viento y tus ojos miran y lo ven todo.

Somos y somos lo que no sabemos y es que hay en nosotros una llama viva o su reflejo que es casi lo mismo. Caen los días en un otoño que parece eterno y pasan las cosas entre sueño y sueño. Llega la noche con sus bellos sueños y calla nuestro silencio. ¡Ah! ¡Qué sol tan precioso! Amarillo y mate como un membrillo. Siento mucho lo de tu arbolillo, pero ya hace tiempo que abandonamos el Paraíso del manzano. Déja que te diga cómo lo veo yo:

Todo empezó cuando las inquietas manos del Alfarero crearon un mundo de barro, luego vendría la era del aluminio rojo, la del platino desprendido de las estrellas moribundas y la del grafeno limpiando la mala fama de la negritud del carbón y de las razas. Pasamos del Paraíso del manzano al vientre del desierto donde las gacelas corretean contra el viento para refrescarse; del mar y la luz reflejada en sus olas al espacio exterior sin ruidos y sin aromas, exento del viejo olor del lápiz y sólo las letras de las canciones y su música son capaces de

escribir la noche eterna del Universo
en el diccionario de las verdades.

Pasamos casi sin continuidad de los saberes intranscendentes a los conocimientos tardíos. ¿Es posible que el Alfarero se haya tomado una copa de Calvados?

Lo cierto es que ahora urge pasar de los esfuerzos por calmar la angustia, el miedo y las lágrimas del niño a vivir la ternura de la madurez para reescribirnos aunque sea en el refrito de un nuevo disco duro.

                                                                                                       Johann R. Bach

4 may 2016

No me asustó el Ángel Montserrat al pintarse a sí mismo en sí mismo


EL MISTERIO DEL ÁNGEL MONTSERRAT

El dios antiguo
en su montón de estiércol no despertó mi miedo.

No me asustó el Ángel Montserrat
al pintarse a sí mismo en sí mismo. Al contrario, noté que salía fuego de mis dedos y comencé a dibujar.

Desconfiada,
yo me volví salvaje al conocer el mundo de los hombres.

Delante de nosotras, Ermessenda, amor…,
todo lo que la nostalgia tiene de duradero en el misterio desea ser descrito con poemas y dibujos.

                                                                                                 Cassia

pechos que abandonaron bocas conocidas por besos desconocidos


LA METÁFORA TIENE NOMBRE DE MUJER

La noche y su eterno futuro,
de hito en hito incita a lo mismo con lo mismo: de pronto el recuerdo meridiano en la leche de la mujer, brotada del horror ante la muda perversión rojiza del entornado ojo del gallo.

¿Qué mujer no sintió alguna vez el sexo
como un corte sin compasión
en la rama fundamental del Árbol de la Ciencia?

Chirría por su columna arriba
un destello de hierba o de hombre maduro y ella, espléndida, con las cejas pintadas con un trozo de costilla quemada del último animal achicharrado por un rayo

con los pechos que abandonaron bocas conocidas
por besos desconocidos, y los muslos en camino por los calvarios de la tentación, se estrecha contra sí como dentro de una almendra: esquiva, estremecedora, astuta, inconstante y compasiva…

¿Qué mujer no sintió alguna vez el sexo
como un corte sin compasión
en la rama fundamental del Árbol de la Ciencia?

Las estrellas y las palabras no carecen de relación…
Son las alas de los pies, como las del dios Mercurio, las que sirven al amante, pero es la serpiente la que está al servicio de los genios…

                                                                             Johann R. Bach

2 may 2016

París era, en sí mismo, una realidad que parecía someterse al mito del eterno retorno


PORT VENDRÉS

Envuelta en frío
caminé ayer por la playa, los árboles del paseo marítimo y los mástiles del puerto temblaban con el viento.

Hubo momentos
en que tuve que caminar de espaldas al viento y me guiaba en medio de la desnudez hacia la añoranza cerca del fuego.

Desde la ventana del hotel vi,
al otro lado de la calle, unos hombres agazapados detrás de un camión, como fabulosas estatuas, sin lucha, inmóviles, como árboles abatidos por el viento y por el fuego.

Siempre ha sido así en Port Vendrés.

Está lejos de mí
toda fragancia de naranjales en fruto, pero nada temo a la noche, ni al viento.

El sueño, junto a Cassia,
esconde una nostalgia desgarradora; sólo su compañía me libra al amanecer, de un alba engañosa de fríos y oscuros pensamientos.

Cuando me despierto
alargo mi mano hasta tocar la suya.

Siempre ha sido así en Port Vendrés.
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París era, en sí mismo,
una realidad que parecía someterse al mito del eterno retorno como la necesidad de un baño esa necesidad de volver al agua, al lugar de donde hemos partido.

Fuéramos donde fuéramos,
al final siempre volvíamos a Paris, siempre al número 13 del Boulevard Raspail, siempre a la casa de huéspedes de Clementine, siempre a aquellas habitaciones rojizas para tener un sitio del que partir de nuevo.

Para aquellos que se obsesionen o simplemente se pregunten quién fue Raspail les diré que yo me topé con ese nombre mientras leía un libro sobre ecuaciones cuánticas. Raspail, joven revolucionario implantó la teoría celular en biología. Además del Boulevard Raspail, su nombre se encuentra en multitud de ciudades, entre las cuales no podía faltar una plaza en el contestatario barrio de Gracia en Barcelona.

La misma casa, sin embargo, no sería la misma sin aquella dulce dama, a veces callada, a veces parlanchina sobre cosas que no tenían nada que ver con la conversación: eran viejos recuerdos, deformados por la lógica de la nostalgia y del sueño, tan rotundos y coherentes que bien podrían ser poemas ensartados como perlas en fino hilo de platino del silencio.


Sus ojos se abrían de par en par como si hubieran descubierto un misterio y en ellos brillaban las lucecitas de las velas que, después de pasarse el fuego unas a otras, adornaban la mesa todas las noches.

                                                                                    Johann R. Bach

1 may 2016

los alguaciles ya no hablarán la lengua de esos sacrificados lugares.


EL MONÓLOGO DE PAUL LAFITTE

Pocas noches de lunas me gustaron
durante mi encierro en ese humilde cobertizo. El alfabeto de las estrellas que silabeaba cuanto me permitía el cansancio del día y del que sacaba otros conceptos y otras esperanzas me indujeron a escribir.

Pocas noches de lunas me gustaron,
sin embargo, fueron suficientes para grabar en mi memoria la conjunción, como en un eclipse de sol, la tristeza, la soledad y la esperanza.

¡Suba abuelo! ¡Suba al camión!

Comprendo muy bien que no quiera abandonar su querido pedazo de tierra, pero piense que gane quien gane esta guerra su jardín de alfalfa y trigo será confiscado; gane quien gane esta guerra le enviarán a un campo de concentración el tiempo suficiente para debilitar su vigor y los nuevos propietarios de su hacienda se habrán consolidado como personas honestas.

¡Suba abuelo¡!Suba al camión!
Su verdadero tesoro son esas tres orgullosas margaritas que lamen sus propias heridas para que cicatricen pronto. Derrochan amor porque es su única oportunidad de sobrevivir.

Lo peor de la guerra está aún por llegar:
las fuerzas de ocupación violaran a millones de mujeres; encarcelarán  y torturarán a millones de hombres por el sólo placer de verlos sufrir;

En los países vencedores la vida no será mejor:
en las calles de París, por haber dado amor a soldados enemigos, se arrastrará a miles de mujeres desnudas, rapadas e insultadas; se les duchará en pleno invierno con los hidrantes públicos a los que sólo tienen acceso los bomberos.

Los pequeños países
serán borrados de los mapas y sus lenguas prohibidas durante decenas de años o quizá siglos y las bocas de sus habitantes serán tapadas con la palabra libertad; en nombre de la democracia se les condenarán a ser ciudadanos de tercera y miles de funcionarios serán expulsados de sus puestos: los alguaciles ya no hablarán la lengua de esos sacrificados lugares.

¡Suba abuelo!¡Suba al camión!
¿Quién enseñará a sus hijas, aunque sea de forma parcial, a regar los campos?¿Quién les enseñará a sortear las dificultades que se le vienen encima?

¡Suba abuelo!¡Suba al camión!
Se hace tarde y las princesas no deberían ver el infierno que nos va a caer encima. Le necesitamos para que nos conduzca por los caminos que sólo Vd. conoce palmo a palmo; le necesitamos para que nos aliente con su sabiduría; para que con sus palabras crezca nuestra esperanza; le necesitamos para sobrevivir.

¡Suba abuelo! ¡Suba al camión!
¡Coja el volante y no pare hasta sacarnos de este mar de fuego y odio!

                                                                  Johann R. Bach

Poseidón, sonriendo, trabaja en las playas llenas de cuerpos impregnados de cremas,


LA HIJA DE CLEMENTINE

No està:
Poseidón se la llevó en una de sus mareas –me comentaba Clementine.

Cada vez que voy al mar
miro hacia el agua y cada vez más me entra miedo de las grandes rocas, de la raya del horizonte, roja de tan azul, de la infinita, para mí, lejanía inmóvil.

Poseidón, sonriendo,
trabaja en las playas llenas de cuerpos impregnados de cremas, ante un sol que gotea sangre.

Después de que el sol se apague
y nuestra galaxia La Vía Láctea se desintegre y se produzca la muerte térmica de los infinitos sistemas solares, sin duda volverá mi hija a recitar versos, con ritmo elegíaco, sobre los rizos de las damas elegantes y sus cajitas de marfil con esencias de lavanda.

Por supuesto que sí Clementina,
por supuesto que sí. Volverá cuando el Caballo de Platino haya resurgido en un espacio distinto al del polvo y el olvido.

                                                     (de la novela "Dibujos y paisajes de Cassia")
                                                                                 Johann R. Bach

Custodio de noche y día mi conjunto histórico de muebles


CLEMENTINe SIEMPRE VIGILA

Soy como el vigilante de la viña, siempre despierta:
Custodio de noche y día
mi conjunto histórico de muebles

que con su reposo, sin moverse de sus rincones

miran, como yo la noche, en silencio,
el suave resbalar de las aguas del Sena,
que reverberan con las luces del Pont de La Concorde.

Afortunadamente ha regresado
a la casa la alegría durante el día…
y la paz bajo las estrellas.

Miro de noche el firmamento.
Bien abrigada desde la ventana abierta,
no tardaré nada en dormir.

                                                           Johann R. Bach